Parte 14: Aposentos en el cielo
Aposentos en el cielo.
Despertar mareado y en la oscuridad podía ser algo familiar, pero
definitivamente, se trataría de un recuerdo bastante lejano, casi perdido. Los
ruidos de los hombres francos abriendo aquel portentoso baúl, hacían la situación
aún más confusa. Le tomó un par de minutos incorporarse a la realidad, después
de que dos presuntos soldados lo tomaron, cada uno de un brazo, para ponerlo de
pie.
Benedikt: Mi…
mi bastón.
La habitación donde lo habían descargado, como a cualquier equipaje, estaba
casi tan oscura como aquel viejo y enorme baúl, por lo que sintió unas manos
ubicando su derecha, para poner el bastón en su lugar. Cuando se sintió listo
para erguir su espalda y mirar al frente, noto llegar a un conjunto de figuras
oscuras, portando lámparas de combustible. La voz que escuchó le mostró al
único personaje que lograba distinguir de entre todos.
Strauss: Su Excelencia…
por favor, acompáñenos.
Dominaba a la perfección el lenguaje galo, los años en compañía de su abuela
le habían dejado aquella experticia, entre otras pocas. Se dispuso a avanzar,
forcejeando la dificultad de su paso con la prisa que parecía llevar la
comitiva que lo acompañaba, a juzgar por el eco que generaba el golpe de su
bastón con el suelo, se encontraban en una amplia edificación.
Tras cruzar un par de pasillos, llegó el momento de subir escaleras en
espiral, y fue ahí cuando el entorno comenzó a iluminarse poco a poco,
denotando los detalles refinados del recinto. El mareo se había disipado por
completo, lo que le permitió a Benedikt retornar a su hábito de curiosear sobre
todo lo que le rodea.
Benedikt: Coronel…
¿dónde estamos? ¿a dónde nos dirigimos?
Strauss: Su
Excelencia… estamos prontos a llegar al destino, sus preguntas serán
respondidas en breve… paciencia.
Cuando el coronel Strauss se presentó en su morada, con los acompañantes
que ahora caminaban junto a él, por supuesto, sin vestimenta que denotara su
condición militar, le comunicó la urgencia con que necesitaba reunirse con él
fuera de Germania. Ante todas las molestias que el coronel y sus compañeros se
tomaron, a Benedikt le fue prácticamente imposible negarse a la solicitud. La
petición incluía el meterse en aquel baúl, y aspirar de aquel pañuelo cubierto
con un líquido extraño, para hacer más “cómodo” su viaje. Ahora, las
condiciones del recorrido lo llevaron a sospechar el destino a donde se
dirigía, sospechas que se hacían más asertivas conforme observaba los muros por
los que ascendía, y las caras frías de los guardias que lo acompañaban.
El último escalón los llevó a pisar una fina alfombra de color rojo,
iluminada ahora por lámparas de luz eléctrica, tan lujosas como se pueden
imaginar, definitivamente estaban en algún castillo del Reino de Galia. La
ausencia de sirvientes en los pasillos y de luz en las ventanas, indicaba que
aún eran altas horas de la madrugada, su transporte había sido lo más rápido
posible. Y con toda razón, las recientes hostilidades en Anglia y las colonias
no permitirían un encuentro como el que estaba sucediendo.
El sonido del bastón era neutralizado por la tela de la alfombra, al igual
que el resto de los pasos, en un silencio espectral apenas perturbado por
Benedikt y sus acompañantes. Así, cruzaron un par de enormes puertas hasta que,
al pasar por la última, se encontró con un modesto comedor, donde su aparente
anfitrión lo esperaba.
Strauss detuvo a la comitiva un par de metros antes de llegar a aquel
personaje, que se hallaba sentado en su comodidad, preparándose para desayunar.
Las esquinas de aquella habitación estaban rodeadas de lo que parecían ser
guardias reales, vestidos con anticuado uniforme formal militar color celeste.
Sin duda esperaba reunirse con alguien importante, pero Benedikt empezaba a
sorprenderse cada vez más.
Strauss se acercó al hombre del comedor, y dio una reverencia solemne.
Strauss: Su Majestad,
el Barón Benedikt von Schwarzenberg.
Ahora Strauss le hizo un ademán, como invitándolo a acercarse. Los hombres
que lo rodeaban se hicieron a un lado, y Benedikt se acercó al hombre del
comedor, era difícil distinguir quién era por poca luz del lugar, como si
intencionalmente todo hubiera sido puesto de esa manera.
Strauss: Su Majestad
Pierre V de la Casa de Blanchard-Liechtenstein, Rey de Galia y sus dominios en
Ultramar, Prefecto de los Antiguos Dominios Latinos, y estandarte de la
Voluntad Divina.
La sorpresa de Benedikt no pudo ocultarse, por lo que su reacción fue una
especie de reverencia improvisada, tratando de imitar el gesto anterior del
coronel. Por más que esperara una reunión clandestina con algún miembro del
alto mando militar galo, se salía de su imaginación encontrarse con la cabeza
de tal ejército, por todas las razones e inconvenientes que aquello implicaba.
El Rey optó por ponerse de pie para invitarlo a sentarse en su mesa, a lo
que Benedikt accedió. Tras ponerse en sus lugares, y mientras sus acompañantes
dejaban la habitación, Benedikt no pudo hacer más que tratar de entrar en
confianza revelando una apreciación bastante sincera.
Benedikt: Su
Majestad, debo decir que no luce para nada como en los retratos y monedas.
El Rey reaccionó al comentario con una pequeña risa.
Rey Pierre: Tomaré eso como un grato cumplido.
El hombre sentando frente a Benedikt en aquel comedor, con traje mañanero
bastante simple para un Rey, distaba mucho de aquel hombre de los retratos de
propaganda nacionalista franca. En aquellos retratos, surgía un hombre canoso y
de prominente bigote, con rostro un poco más afilado que quien Benedikt veía
ahora. Un hombre de rostro afeitado y ojos verdes de mayor brillo,
definitivamente con semblante más saludable, al igual que su cabello, que no se
hallaba cubierto completamente de canas.
En realidad, era algo confuso, pues los retratos oficiales de la Familia
Real se hallaban bastante desactualizados. La drástica disminución de las
apariciones públicas del Rey galo y su familia, como consecuencia del
fallecimiento del Príncipe Olivier en la batalla de Coupet, habían dejado tal imagen
de años pasados sobre la cabeza de Estado de los francos. Pero eso era lo
atípico, dadas las circunstancias y el paso de tiempo, la imagen que debía
esperarse del Rey Pierre, era de mayor decadencia, no de recomposición.
Aquel hombre recompuesto lo invitaba a compartir el desayuno, mientras los
sirvientes lo suplían de alimentos, Benedikt se vio obligado a irrumpir con más
preguntas, temiendo que esto rayara con el irrespeto.
Benedikt: Su
Majestad… ¿dónde nos encontramos?
El Rey se dispuso a responder con tranquilidad, mientras ponía una especie
de mermelada sobre panes tajados. Benedikt se limitaba a tomar un puñado de
uvas.
Rey Pierre: Áurea, por supuesto.
Benedikt: ¿Áurea?
Rey Pierre: ¿Dónde más encontraría usted al Rey de Galia, que en la capital de Galia?
Benedikt: Entonces…
¿nos encontramos en el Castillo de Blanchard?
Rey Pierre: Así es.
Benedikt: Ya
veo.
Habían pasado bastantes años desde la última visita de Benedikt a Áurea, y
muchos más desde su última visita al Castillo de Blanchard, morada natural de
la Casa Real franca, era predecible no distinguir el lugar.
Rey Pierre: Veo que su dominio del franco es exquisito.
Benedikt: Gracias,
Su Majestad. Me fue impartido desde temprana edad.
Rey Pierre: En efecto… es de mi conocimiento que estamos emparentados.
Benedikt se limitó a presentar un signo de afirmación con su cara para
continuar con el desayuno, por alguna razón, la presencia del Rey le resultaba
un poco intimidante.
Rey Pierre: Barón von Schwarzenberg… ha sido traído a mi hogar para discutir un par de
asuntos urgentes, me disculpo por las condiciones de su llegada, fue algo…
súbito.
Benedikt: Entiendo,
Su Majestad.
Rey Pierre: Amigos, eso sería todo.
Inmediatamente, cada sirviente y guardia procedió a dejar la habitación, no
sin antes otorgar una reverencia al Rey.
Rey Pierre: Como usted sabe muy bien, una guerra está próxima a ocurrir, una guerra que
costará muchas vidas y recursos… para todas las naciones implicadas.
Benedikt: ¿Qué
tanta credibilidad tendría decir que trabajo cada día para evitar ese hecho?
Rey Pierre: Si fuera su compatriota, y supiera de nuestro trabajo conjunto… ninguna.
Benedikt sonrió.
Benedikt: Veo
nuestra colaboración como una forma de restablecer el equilibrio del poder
militar de las naciones.
Rey Pierre: ¿Insinúa usted que Galia está en desventaja?
Benedikt: Claramente.
El alzamiento de cejas en el rostro del Rey fue exactamente la reacción que
Benedikt esperaba.
Benedikt: La
superioridad económica y tecnológica en el plano militar por parte del Reino de
Galia, está fuera de discusión… por ahora. Pero, el voto ferviente de prohibir
la vinculación de los no comunes a la rama militar… no les ha hecho ningún
favor.
Rey Pierre: Es cierto… tal vez el caos causado por la señorita Lagarde fue una señal
temprana… bastante temprana… pero, estoy seguro de que el tiempo nos dará la
razón.
Benedikt: ¿A
qué se refiere?
Rey Pierre: Tal vez usted y yo detentemos las más altas esferas de poder, pero nuestros
espíritus son tan comunes como los del ciudadano de a pie… por esa misma razón,
nuestra iniciativa y temple nos permiten asumir deberes, de los cuales depende
el destino de muchos… no es el caso de los no comunes… mucho menos de los más
fuertes.
Benedikt: Tiene
usted razón, en la mayoría de los casos… no olvidemos la historia del Último.
El Rey sonrió.
Rey Pierre: El coronel Strauss me advirtió sobre su tendencia a la controversia. Me
encantaría contribuir con la discusión… pero no podemos olvidar que soy el
estandarte y protector de la Voluntad Divina.
Benedikt lanzó una media reverencia moviendo su cuello.
Rey Pierre: Volviendo a lo que nos compete… tiene usted toda la razón, no veo una forma
viable en que podamos asumir una guerra sin la intervención de los elegidos…
por más cañones, rifles, acorazados e infraestructura que podamos poner en el
campo de batalla, el poder militar basado en el alistamiento de no comunes nos
deja por debajo de las otras potencias… especialmente de Germania.
El Rey terminó su desayuno, y procedió a utilizar una servilleta. La luz
empezaba a entrar gradualmente por las ventanas, el naciente amanecer empezaba
a dejar ver los finos detalles y retratos en aquella habitación del palacio.
Rey Pierre: Sin embargo, no me es posible institucionalizar la integración de no
comunes a las ramas militares, no por ahora… como bien sabe usted, no tendría
nada de legítimo, y sería un insulto a las cabezas del ejército como
institución, un insulto que no puedo permitirme si quiero preservar la
estabilidad de mi nación.
Benedikt: Supongo
que la Legión Extranjera permanece como la única solución al problema.
Rey Pierre: Respecto a eso, veo que tuvimos un problema con la teniente Green.
Benedikt: Así
es, Anna debía encargarse de la ubicación y reclutamiento de nuestras personas
de interés… pero es un problema que podemos solucionar, incluso si yo debo
asumir el papel.
Rey Pierre: Mis condolencias, Su Excelencia… entiendo que la teniente Green era como
una hija para usted.
Benedikt: Anna
es mi hija… los restos hallados en la escena del Bosque Oscuro no pudieron
confirmar que murió… la fe y mi certeza de sus capacidades me permiten estar
seguro de que sigue con vida.
Rey Pierre: Rezaré porque sea así.
Benedikt: Lo
agradezco, Su Majestad… Muy bien, supongo que quiere discutir el cambio en el
despliegue de nuestro plan.
Rey Pierre: Así es.
Benedikt: Muy
bien, en tanto no tuve el tiempo ni el espacio para traer los documentos
correspondientes, puedo presentarle un resum-
Rey Pierre: Su Excelencia… ¿por qué hace esto?
Benedikt: ¿Su
Majestad?
Rey Pierre: ¿Por qué debería confiar en usted? ¿Por qué deberíamos confiarle el destino
de esta guerra?
Benedikt: Mi
intención principal es evitar una guerra… una guerra que no beneficia a nadie,
que no beneficia a nada más que los instintos imperialistas de cada monarca y
cabeza de Estado… incluyéndolo a usted.
Rey Pierre: ¿A mí?
Benedikt: Así
es, para nadie es un secreto el éxito de sus políticas a nivel interno, pero
todos sabemos que parten de su afianzamiento a las colonias obtenidas en
guerras y pactos que ya pueden ser considerados… anacrónicos. Si bien, las
demás potencias siguen por detrás en esta extraña carrera armamentista, si así
le podemos llamar, ya se han puesto al tanto lo suficiente como para demandar
de manera legítima los recursos de aquellas colonias que usted no puede
sostener… Sílica fue un claro ejemplo de ello… respecto a mis compatriotas y al
Emperador, entiendo sus iniciativas, aunque me parece apresurada la intención
de ocupar territorios hasta llevarnos al borde de una guerra continental.
Benedikt tomó un sorbo final de suave jugo de naranjas para terminar con su
merienda.
Benedikt: A
este paso, lo único que quedará para repartir es ceniza y escombros.
Rey Pierre: Supongo que para usted sería muy difícil negociar con ceniza y escombros
¿cierto?
Benedikt sonrió, se sentía ahora un poco más en confianza.
Benedikt: La
vida económica produce, casi todo el tiempo, la vida cotidiana. No puedo
sentirme culpable por proteger mis intereses y los de los míos.
El Rey dio un largo suspiro, para luego ponerse de pie.
Rey Pierre: Supongo que sólo tengo una manera de averiguarlo.
Benedikt: ¿A
qué se ref-
Rey Pierre: Vamos.
Benedikt se puso de pie, mientras el Rey avanzaba a abrir de par en par las
puertas de la habitación. Comenzaron a caminar a través del famoso castillo de
Blanchard. Cruzaron de nuevo uno que otro par de lujosas puertas, todas
vigiladas por guardias que honraban al Rey a su paso, la luz creciente y el
inicio de la actividad del día comenzaban a darle vida al establecimiento. Llegó
de nuevo el momento de subir escaleras, lo cual Benedikt halló lo
suficientemente fatídico como para preguntar de nuevo a dónde se dirigían.
Benedikt: Su
Majestad, ¿a dónde me lleva? ¿debería temer por mi vida?
El Rey soltó una discreta carcajada, unos cuantos escalones por encima de
él.
Rey Pierre: Ya lo verá, Su Excelencia.
El cansancio se hizo notorio conforme continuaba el ascenso, esta vez se
trataba de escaleras en diagonal, pero su condición era una clara restricción.
Rey Pierre: Me disculpo por el trayecto, un hombre de su edad-
Benedikt: Temo
que nuestra edad es similar, Su Majestad. El uso del bastón es producto de una
herida de guerra.
Rey Pierre: Oh… ya veo.
Finalmente, llegaron a una enorme salida del castillo, lo cuál Benedikt
hallaba curioso, pues sólo se habían dedicado a ascender. Sólo podía seguir un
destino tras esa puerta, si sus recuerdos se mantenían intactos.
Las enormes puertas de tinte dorado, estaban coronadas por el icónico Sol
de doce puntas de la Casa de Blanchard, y custodiadas por otro par de guardias,
con rifles en mano y espadas en el cinto. El Rey hizo un gesto, y los hombres
se apartaron para abrir las puertas, acto seguido, Benedikt fue invitado a
avanzar.
El frío viento golpeó los cuerpos de todos los presentes, Benedikt debió
recostar el peso de su cuerpo en el bastón para no caer al suelo, a lo que el
Rey reaccionó con una especie de gesto de emergencia. En efecto, era lo que
Benedikt había pensado.
Benedikt: Más…
escaleras.
Benedikt había recorrido aquellas enormes escaleras en su infancia, en una
de aquellas gratas visitas a su abuela. Marie Dupont-Blanchard sentía cierto
orgullo por el legado de sus ancestros, incluso para otorgar credibilidad a los
relatos sobre el lugar más famoso de Áurea: el Bastión del Cielo.
Una monstruosidad cuadrada que se alzaba hasta donde daba la vista, con
figuras que, según se decía, relataban las batallas de los ángeles en el Libro
Solar. Eso se consideraba aquel edificio, la morada de los ángeles, el punto
más alto de la adoración a Dios. En tiempos de infancia de Benedikt, la entrada
al Bastión del Cielo era una atracción lucrativa para el Castillo de Blanchard,
turistas y peregrinos de todo el mundo visitaban aquella torre de inigualable
altura, que podía verse claramente desde cualquier rincón de Áurea, incluso de
Galia. El asentamiento de la Casa de Blanchard junto al Bastión del Cielo, era
un recuerdo de su descendencia del extinto imperio latino, del cual se decía
provenía su construcción. Aunque, para Benedikt, resultaba un completo misterio
el cómo erigir tal edificación colosal.
Al final del ascenso, Benedikt se dio un momento para descansar, el golpe
del viento y la inclinación del camino habían hecho total efecto en su cuerpo.
Sin embargo, sintió total gratificación al mirar hacia atrás. Yacía ante él el
paisaje del amanecer Galo, las edificaciones brillaban ante el toque que el
ascendente Sol de la mañana dejaba, mientras el sonido de la torre del reloj
del Castillo de Blanchard indicaba que eran las seis de la mañana. La
arquitectura de su país no tenía comparación para Benedikt, pero la forma en
que la salida del Sol por el este iluminaba Áurea le parecía algo casi mágico,
una especie de corredor dorado de ensueño. La impresión fue suficiente para
olvidarse del frío viento que lamía sus figuras, y la altura que parecía
presionar sus pulmones. La voz del Rey interrumpió su fantasía.
Rey Pierre: Su Excelencia, ¿podemos avanzar?
Benedikt: Por
supuesto.
Esta vez la entrada no tenía puertas, justo como lo recordaba, aquel arco
coronado por otro sol de doce puntas, tendría unas 4 veces la altura del Rey,
cuya estatura era ligeramente mayor a la de Benedikt.
Al entrar al recinto, Benedikt se encontró con la misma decepción que
obtuvo de niño. Era como entrar a un enorme salón, desde el cuál podía verse
hacia arriba la inmensidad hueca del Bastión del Cielo, y el pensamiento de
obtuvo Benedikt también fue igual al de su infancia. Por más alto que fuera,
aquel inhabitado edificio sólo se relegaba a ser un enorme monumento, colosal,
pero inhabitado, sin sentido.
Rey Pierre: Por favor, avancemos.
Confundido, Benedikt se limitó a seguir al Rey. Continuaron caminando hasta
el centro del enorme salón, el viento aún golpeaba sus humanidades. Al mirar
hacia arriba, la simetría que producía el ascenso de la construcción era exquisita,
una enorme cavidad rectangular, que se ennegrecía en el límite de la vista.
Benedikt miró hacia la figura del Rey, quien mostraba una expresión de
paciente espera, como si se hallara tan desorientado como él.
Benedikt: Su
Majestad, ¿qué esperamos?
El Rey miró hacia arriba, sin poner atención a Benedikt.
Benedikt: Su
M-
Un estruendo seco se esparció por todo el recinto, el perímetro circular de
mármol que los rodeaba en aquel momento pareció sacudirse bruscamente. El Rey
había tomado del brazo a Benedikt, como sabiendo que aquella agitación
ocurriría. Cuando Benedikt optó por mirar a su alrededor, sus sospechas no eran
falsas, aquella especie de plataforma circular se había desprendido del suelo,
y empezaba a ascender por el monstruoso edificio.
Rey Pierre: Muy bien… parece que podemos confiar en usted.
Benedikt: Esto
es…
Rey Pierre: Sí… mi reacción fue similar la primera vez que vi esto.
La plataforma ascendía en una especie de giro, dejando ver los pilares y
formaciones que sostenían la enorme estructura, así transcurrió por un par de
minutos, como si avanzaran a través de un inhóspito monumento, que en cada uno
de sus pisos se veía similar al recinto de donde arrancaron.
Rey Pierre: Cuando hablaba de una guerra inminente, no me refería precisamente al
predicamento que sostengo en este momento con mi primo, el Emperador. Algo más
grande se aproxima, el compromiso de nuestras voluntades no se resume sólo en
una disputa por territorios coloniales.
Benedikt: ¿A
qué se refiere?
Rey Pierre: Si esta disputa se resolviera en mi favor, o en el de Germania, o Anglia… o
como quiera usted que se resuelva… nada de eso cambiaría la naturaleza del
conflicto que enfrentamos… es el conflicto mismo el problema principal aquí.
Benedikt: …
Rey Pierre: Piense en su caso y en el mío. El título nobiliario que usted heredó,
difícilmente se relaciona con el poder que detenta… con las personas que
influye. Podríamos decir que, bajo ciertas circunstancias, su capacidad de
influir en este mundo está por encima de la del Emperador germano… todo a
partir de su iniciativa de cambiar nuestra realidad, sólo en función de su…
trayectoria.
Rey Pierre: Por mi parte… podría decirse que mi
poder ha sido heredado, pero… ha sido una especie de trayectoria de más a
menos… ganarme el favor de la corte y los órganos gubernamentales y militares,
sólo en busca de conservar un poder que me fue dado, no ha sido una tarea
fácil… exitosa, pero nada fácil.
Benedikt: ¿Incluso
cuando esto le implicó morder más de lo que puede masticar?
Rey Pierre: Exactamente… en otro tiempo, la conservación del poder era un derecho
divino otorgado a las Casas Reales… ahora, está dejando de funcionar de esa
forma… es como si el ejercicio del poder empezara a sentarse en cada vez más
manos, aquellas manos que puedan moldear la realidad de la mejor forma.
Benedikt: ¿No
cree usted que esto último suena más justo?
Rey Pierre: Por supuesto… bajo la esencia participativa de la organización social, la
distribución cada vez más horizontal del poder suena como el camino correcto, y
en teoría lo es… bueno, aparentemente.
Benedikt: ¿Aparentemente?
La conversación fue interrumpida cuando el paisaje se llevó toda la
atención de Benedikt. La plataforma ahora los ascendía a través de la forma más
irreal que pudo imaginarse para un palacio. Escaleras en espiral parecían
recorrer la enorme estructura de mármol, dejando ver pisos y recámaras en lo
que ahora parecía ser una estructura cilíndrica. Todo adornado por
distribuciones de flores, ventanas de cristal y estatuas angelicales.
Naturalmente, cada vez que el giro de la plataforma daba hacia el este, la luz
dorada del Sol convertía el entorno en algo más irreal.
Rey Pierre: Cuando se habla de la organización social, la cuestión participativa no
tiene mucho que ver en la conversación… la idea de las monarquías fue legar la
Voluntad Divina a unos pocos, porque es la forma en cómo accedemos al orden
natural de las cosas… todos y cada uno de nosotros, desde nuestros papeles
correspondientes. La pérdida de ese orden significaría un panorama caótico, no
por la desaparición de una clase regente, sino por el desconocimiento de lo que
viene… imagine quitar el Sol del centro del sistema planetario.
Benedikt: Tiene
usted una curiosa forma de interpretar el Libro Solar.
El Rey rio.
Rey Pierre: El fluir del poder cada vez más
entre aquellos que no fueron destinados para éste según la designación natural,
representa el peligro, pues es difícil saber qué voluntad proveerá este nuevo
juego.
Benedikt: …
Rey Pierre: Mire nada más nuestra crisis colonial… Galia se aferra a sus pertenencias
tratando de darles la mejor función posible, a su mejor precio, pero sabemos
que los precios pueden mejorarse… Germania se fortalece en su expansión con el
aliciente de los no comunes, pero por dentro, la autoridad imperial se ve
seriamente cuestionada por sus formas de proceder.
Benedikt: El
señor Effenberg se ha encargado de eso.
Rey Pierre: El Rus de Oriente se resquebrajó por las pugnas internas de la realeza, y
las inconformidades de los colectivistas, cuyo eco empieza a resonar en Anglia…
y cada vez más en el continente… El sultanato pierde cada vez más apoyo, y una
guerra racial en Oriente está a punto de comenzar… ¿quiere que siga?
Benedikt optó por seguir mirando la hermosa estructura que recorrían, hasta
que la plataforma se detuvo. Cada recámara parecía tener una entrada en forma
de arco, similar a aquel que vieron en el principio del ascenso. Curiosamente,
Benedikt no encontró un techo o cúpula final al mirar hacia arriba.
Rey Pierre: Naturalmente, la decadencia de nuestro reinado recae en nosotros mismos
como clase, tal vez por culpa de la era hacia la que nos encaminamos, o por las
pobres decisiones de algunos de los nuestros… tal vez ambas… lo que queda claro
es que, esta puja de voluntades terminará en algo… un conflicto mayor, y creo
que no soy el único que lo sabe, tampoco es algo que usted ignorara antes de
venir aquí.
Benedikt: Mi
abuela solía decir que de la mezcla de todos los colores sólo queda una
mezcolanza opaca.
Rey Pierre: Y nuestro mundo se pone cada vez más opaco… por favor, avancemos.
El recinto donde encajó aquella plataforma redonda, estaba rodeado de guardias,
que portaban extrañas armaduras y alabardas brillantes, ninguno poseía algún
tipo de arma de fuego. En cuanto se hicieron a un lado, comenzaron avanzar por
unas escaleras en espiral, hasta entrar por el arco que tenían al final.
A medida que avanzaban entre aquella extraña recamara decorada con hermosas
flores, el sonido del cántico de un coro se hacía más fuerte. El recorrido
terminó en una especie de santuario, donde los canticos venían de un par de
pequeños niños vestidos de túnicas blancas. Sin duda, amenizaban el Ritual de
la Mañana, esto era predecible para Benedikt. El fuerte vínculo de la Casa Real
gala con el Libro Solar, era lo que le daba al Rey de Galia el título de
“estandarte de la Voluntad Divina”, lo cual, según la conversación que venían
teniendo, tal vez significaba algo más que ser la cabeza de la Iglesia del Sol.
Coro:
“Venit lumen, quod lumen est
hymnum laetus quia lux venit
Venit lumen, quod lumen est
hymnum laetus quia lux venit”
El altar del clérigo se hallaba coronado por un hermoso detalle, una
especie de ventanal en la pared, que dejaba ver el diseño en cristal del Sol de
doce puntas. La hora y la obvia ubicación oriental del santuario, dejaban ver
la luz matinal a través del cristal, iluminando a todos los presentes, una comitiva
relativamente pequeña. Benedikt estaba maravillado por la situación, el Rey
optó por detenerse detrás de los presentes, juntar sus manos y bajar la cabeza,
el Barón imitó el gesto.
Benedikt conocía aquellas palabras y cantos, era el final del ritual.
Cuando éste terminó, uno de los guardias presentes, al lado del altar del
clérigo, retumbó con su voz.
Guardia: Saludar
todos a Su Majestad, el Rey Pierre V.
Inmediatamente, todos los presentes voltearon su mirada hacia él, mostrando
una reverencia. Mientras todos procedían a retirarse, junto al guardia se
quedaron dos mujeres de vestimenta similar a la de los niños, a las cuales se
acercó el Rey, Benedikt lo siguió por instinto.
El monarca saludó con un beso en la mejilla a una, de mayor edad, cabello
oscuro y ojos de color similares a los del Rey. Con un beso en la frente,
saludó a la de menor edad y estatura, de cabello castaño claro, ojos y
expresión facial bastante similares a los del Rey.
Rey Pierre: Su Excelencia, le presento a mi esposa,
la Reina Ellaria, y a mi hija y heredera, la Princesa Joanna.
El Rey dirigió su brazo en señal de presentación al Barón.
Rey Pierre: El Barón Benedikt von Schwarzenberg.
La reverencia fue compartida por ambas partes.
Benedikt: No
hay forma de que pudiera prever el conocer hoy a la Familia Real de Galia, sin
duda, es la más grata de las sorpresas.
Reina Ellaria: Es un placer conocerlo, Su Excelencia… el hecho de que esté aquí arriba
significa que es usted un hombre muy especial.
La Reina Ellaria, definitivamente, proyectaba todo lo que representa su
cargo, excepto por su vestimenta, aquella túnica blanca de cintas celestes, era
un detalle en exceso humilde, en comparación con los vestidos y adornos que
llevaban las Damas Reales del resto del continente. En cuanto a la Princesa,
podía ver los rasgos de su padre, sin embargo, la presencia cabizbaja y
temerosa que otorgaba su figura, pudieron perfectamente hacerla pasar
desapercibida.
Reina Ellaria: Estoy segura de que tienen asuntos apremiantes, nos retiraremos… oh…
Pierre, los niños están en su habitación.
Tras el signo afirmativo del Rey, el par de Damas Reales procedieron a
retirarse.
Benedikt: ¿Niños?
Rey Pierre: Así es, mis hijos, ellos esperan su llegada.
Benedikt: ¿Mi
llegada?
Rey Pierre: De hecho, ellos lo trajeron aquí.
La confusión de Benedikt no pudo ser mayor, simplemente se limitó a seguir
a su guía. Accedieron a otro juego de escaleras en espiral, esta vez, la cima
se bifurcaba en dos pasillos, accedieron al de la derecha, lo cual los llevó a
recorrer el edificio en semicírculo, culminando en otra entrada adornada cual
jardín. Ahora, se veían entrando a una recámara amplia, adornada con retratos y
pinturas por doquier. Un par de camas se veían instaladas de forma opuesta, y
seguido de ellas, un enorme balcón que otorgaba la luz matinal con toda su
fuerza.
En recámara podía apreciarse a un pequeño niño de cabello rubio un tanto
oscuro, vestido con traje mañanero al igual que el Rey, pintando con
concentración una especie de retrato de considerable tamaño, al acercarse a él,
el Rey hizo las presentaciones.
Rey Pierre: Su Excelencia, mi hijo, el Príncipe Ludovic… hijo mío, el Barón-
Ludovic: Benedikt
Johannes Klaus von Schwarzenberg, hijo de Tobías Ernst von Schwarzenberg y Maria Alexandra Dupont.
El muchacho hablaba sin voltear a ver a su padre o a Benedikt, nada más
parecía importarle que el imponente retrato. Aún más confundido, el Barón trato
de alivianar el ambiente formalizándose por cuenta propia.
Benedikt: Es
un plac-
Ludovic: También
es un placer conocerlo, Su Excelencia, nos alegra tenerlo en nuestros aposentos
en el cielo. Los cuales, según veo, son muy de su agrado… no, le aseguro que no
se trata de un sueño.
Benedikt se quedó atónito, su manía en poner en lista sus curiosidades para
la conversación casual había quedado completamente predicha por el niño.
Ludovic: Así
es, pinto el retrato de Yvette Lagarde quemando el Parlamento Nacional. Sé que
puede lucir como un gesto antinacionalista… pero me gusta pintar las cosas como
sucedieron… después de todo, nuestra historia es nuestra historia, por más
oscura que se vea.
Benedikt se acercó para poder ver mejor aquel retrato, la expresión de
júbilo de la señorita Lagarde, sentada en el centro del Parlamento en llamas,
de verdad proyectaba una violencia sin igual.
Ludovic: Su
Excelencia, ¿puede, por favor, acercarse más?
Benedikt miró con inseguridad hacia el Rey, quien aprobó el acercamiento.
Estando más cerca, el muchacho lo atrajo con el dedo índice, como buscando
hablarle al oído. Le susurró con la mayor suavidad.
Ludovic: Por
favor, bajo ninguna circunstancia deje que mi padre vea lo que mi hermana va a
entregarle.
Benedikt quedó aún más confundido, esta vez trató de hablarle al Rey.
Benedikt: Su
hijo… él posee-
Rey Pierre: Su Excelencia, estoy seguro de que su amplia trayectoria en su Centro de
Acoplamiento, le ha permitido distinguir fácilmente los dones de los no
comunes, estoy seguro de que puede distinguir los dones de mi hijo.
Benedikt: En
todos mis años ejerciendo como Cuidador de los elegidos, no he podido
encontrarme con alguien como su hijo, de sus dones sólo he sabido por libros y
relatos… se le llama-
Ludovic: Don
de la Visión, Don de la Anticipación… aunque este último nombre no me agrada
mucho, no solo se me permite ver hacia adelante. De hecho, disfruto más viendo
hacia atrás.
Rey Pierre: También estoy seguro de que, en sus amplios estudios, ha leído sobre la
existencia de no comunes en mi Casa.
Benedikt se detuvo a analizar completamente la situación, para poder
responder con seguridad.
Benedikt: Tal
existencia… en toda la historia de la Casa de Blanchard, es más, se sospecha
que para todo el linaje de reyes galos… la aparición de dones en sus miembros
ha sido-
Ludovic: Nula.
Benedikt se sentía un poco intimidado por las intromisiones del niño.
Benedikt: Algunos
historiadores relacionan esto con relatos sobre maldiciones de antiguas edades-
Ludovic: Otros
lo relacionan con bendiciones, que presuntamente ayudaron a preservar la
estabilidad en los gobiernos de nuestros antepasados… sin embargo, aquí
estamos.
Un silencio se apoderó del lugar por un momento.
Ludovic: Lamento
las deliberadas intromisiones, Su Excelencia, pienso que es la mejor forma de
poner al tanto a quienes me conocen… prometo no volver a interferir sus
palabras.
El niño quitó la vista por un momento de la pintura, para dedicar una
reverencia al Barón.
Rey Pierre: Creo que ahora me será más fácil convencerlo de mi argumento, Su
Excelencia. Todas las señales apuntan a que este es el momento de cumplir con
el rol impuesto a mi Casa, y defender hasta el final la Voluntad Divina.
Ludovic: Mi
padre tiende a exagerar en sus palabras, pero no niego que tiempos
pesadumbrosos vienen para todos. Afortunadamente, nuestros caminos se cruzan,
porque nuestros objetivos son similares, tal vez el mismo… por eso nos tomamos
la molestia de convocarlo.
Rey Pierre: Como puede apreciar, Su Excelencia, si bien poseemos una fuerte desventaja,
puede que no todo esté perdido.
Benedikt: Puede
que tenga usted la razón, Su Majestad. Pero debemos ser cautos, los obstáculos
son fuertes.
Ludovic: ¿Obstáculos
como la Decuria 44?
Benedikt: Temo
que el asunto de la 44 es un poco más complejo que eso, tal vez sea muy pronto
para considerarlos como enemigos.
Rey Pierre: El estandarte militar de Germania.
Benedikt: Puedo
atreverme a decir que conozco a Brandt bastante bien, y he seguido de cerca sus
movimientos como mercenario. Nada asegura su afiliación a Germania.
Ludovic: El
Barón tiene razón, desde que Jürgen Brandt quemara el bosque de su familia para
darse cuenta del alcance de sus habilidades, no ha podido someterse a más que
una sola voluntad ¿cierto, Su Excelencia?
Benedikt: Así
es, Su Alteza.
Ludovic: Sin
embargo, aquel lamentable personaje no deja de ser una fuerte preocupación, especialmente
para mi hermana.
Benedikt estaba completamente impresionado por la visión de aquel niño, y
su seguimiento del panorama que tenían encima. De verdad, el Reino de Galia se
estaba mostrando mucho más preparado de lo que pensaba.
Rey Pierre: Hijo mío, ¿dónde está Lilia?
Ludovic: En
el balcón, al igual que todos los días a esta hora.
El Rey empezó a dirigirse al balcón, hasta que fue detenido por su hijo.
Ludovic: Padre,
creo que es mejor que el Barón conozca a Lilia por su cuenta.
El Rey hizo un ademán para invitar a Benedikt al balcón. El Barón se
dirigió lentamente, previendo que se encontraría con un fuerte viento de nuevo,
lo cual halló contradictorio en términos de seguridad para quien estuviera
allí. No encontró nada de eso a medida que avanzaba, fue recibido por un aire
cálido, como el de una mañana en el campo.
No se topó con nadie en aquel balcón, de hecho, no vio más que una especie
de reja abierta, conectada a los barandales dorados de la edificación. Sin
importarle quien buscaba, simplemente se dejó cautivar por la vista dorada del
cielo y el amanecer, y el enorme y redondo Sol que comenzaba a alzarse en el
este, que hacía ver como algodones dorados a las nubes que rodeaban el Bastión
del Cielo hasta acariciarlo. No pasó mucho tiempo hasta que pudo notar la
irregularidad en el paisaje, una pequeña figura inerte, levitando en el vacío.
Era la hermana de Ludovic, vestida de blanco al igual que su madre, posaba
de cara al Sol con total complacencia. La primera impresión del Barón fue de
total preocupación, hasta que pudo notar que la niña se hallaba más segura en el cielo, que él en aquel balcón, por lo que optó por agarrarse del barandal. La brusquedad
de este movimiento le costó perder su bastón, que chocó con la reja y cayó al
vacío.
Aquel ruido atrajo la atención de la niña, que volteó hacia él y empezó a
acercarse lentamente. Cuando estuvo frente a él, la sensación de plenitud y
magnificencia que proyectaba la princesa, fue lo más inusual de aquel día lleno
de cosas inusuales. Si bien poseía rasgos que indicaban que era melliza del
niño, irradiaba una belleza y serenidad que Benedikt no pudo localizar en
ninguno de sus familiares. La niña lo tomó del brazo del bastón para ayudarlo a
equilibrarse, hasta que ambos se vieron de pie en el balcón.
Lilia: Si
bien no es el más fuerte, el Sol del amanecer es el más grato. Es el inicio de
las cosas lo que mayor felicidad nos otorga ¿no lo cree, Su Excelencia?
Benedikt no pudo hacer más que responder con una reverencia.
Benedikt: Su
Alteza.
No podía ni empezar a tratar de deducir los dones de la niña, era un
espíritu completamente inusual, a pesar de notarse de lejos la magnitud de su
poder, éste no inspiraba ningún tipo de terror. La niña tomó la mano de
Benedikt, y puso en ella lo que él notaría eran pétalos negros. Completó la
entrega con un susurro a su oído.
Lilia: Salidos
del más colorido de los sueños de Anna.
Su corazón latió como nunca antes, pero eso no evitó que siguiera las
instrucciones del Príncipe al pie de la letra, guardando aquel regalo en uno de
sus bolsillos ocultos. Acto seguido, la niña lo tomó del brazo para regresarlo
a la habitación, allí los esperaban el Rey y el Príncipe.
Rey Pierre: Su Excelencia, es de conocimiento general el atentado ocurrido ayer en
Férrea.
Benedikt se dio un momento para contener el cúmulo de emociones que acababa
de experimentar.
Benedikt: L-lamentable
hecho.
Rey Pierre: En efecto… aquellos terroristas robaron algo de gran importancia, no sólo
para Anglia, y lo hicieron en nuestro nombre.
Ludovic: “El
amanecer ya viene… y su brillo quemará los ojos de los indignos”.
Benedikt: ¿A
caso Su Alteza tiene una idea de los perpetradores del hecho?
Ludovic: Lamentablemente
no, Su Excelencia.
Benedikt: Eso
dificulta un poco nuestro trabajo… es sin duda un hecho que acelerará las
hostilidades.
Ludovic: Su
Excelencia, quien haya robado aquellas joyas quería iniciar una guerra, y temo
que lo ha logrado.
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