Parte 2: Sublime

Sublime.


 

“Siempre el más fuerte, siempre el mejor”. Después de tanto tiempo, esas palabras volvían a rebotar en la cabeza de Jürgen.

La noche estaba más cálida de lo que parecía, la brisa que corría por el jardín del Barón podía resultar incluso reconfortante, pero, para Jürgen, ese tipo de percepciones no eran más que pasajeras en ese momento. Mientras caminaba, el zumbido en sus oídos era lo único que captaba su atención, no había brisa que pudiera distraerlo de él, y creía que sus nervios estaban demasiado ocupados con el cosquilleo en la nuca y el vacío en el pecho.

Como la mayoría de veces, se preguntó en qué momento empezó a escucharlo, y una vez más falló. Lo único que podía recordar, como siempre, era que en un principio lo confundió con el sonido de los insectos nocturnos. Pero no hay insectos nocturnos a medio día, ni en la mañana, ni en la tarde…

Echó un vistazo a su temblorosa mano izquierda, la cortada en la palma ya no manchaba la venda de sangre. Una preocupación menos, aunque el verdadero dolor estaba en la derecha, se miró los nudillos, como si pudiera notar algo más que la venda  cubriendo la hinchazón. Tendría que hacerse revisar de nuevo en la mañana, pues la enfermera se enfocó en la cortada, y la mano derecha pasó desapercibida.

“La cortada fue totalmente innecesaria” pensó Jürgen. Pudo haberlo desarmado sin necesidad de parar la espada con su mano. Los nudillos desechos también eran innecesarios, y de hecho le preocupaban más, era la primera vez que reaccionaba de esa forma.

Se suponía que debía ser un combate reglamentario, manos desnudas y al primer derribo. Aquel chico, Wagner, se decía que llevaba cinco semanas seguidas ganado los torneos de lucha del Sargento Weiss, derrotando incluso a cadetes de grados superiores.

“Tú eres Brandt, ¿no?”. Aquel saludo pretencioso seguía irritando a Jürgen. Estaba entrenando con Armin, cuando el muchacho llegó a retarlo, acompañado de un grupo lo suficientemente grande como para avergonzarlo si decía que no. Era un niño presumido, no podía tener más de 15.

En realidad, terminó bastante rápido, los movimientos de aquel chico eran bastante predecibles. Salidos del manual de novatos de Weiss, y aunque muy bien aplicados, Jürgen los conocía de memoria. El tal Wagner era ligeramente más alto que él, y de brazos más largos. Podía sentir una fuerza inusual en los golpes que bloqueaba, pero, cuando halló el espacio suficiente, sólo un golpe bien aplicado al pecho se requirió para tirarlo al piso.

Jürgen simplemente miró hacia abajo y soltó aire con decepción, luego se dio la vuelta y caminó lentamente, sólo quería volver a lo que estaba haciendo, ni siquiera le importaba el vitoreo de los presentes.

El intento de tajo que Wagner hizo por su espalda tal vez le costaría por el resto de su vida. Lo detuvo con su mano izquierda, y con los pies tiró al chico al suelo. Se requirieron tres de los presentes para separarlo, mientras terminaba de desfigurarle la cara a puños con su mano derecha. “Si hubiera usado las dos manos, de seguro lo mato”.

El zumbido que neutralizó las voces de la gente en aquel momento, fue el mismo que lo devolvió a aquel jardín. Mientras caminaba en línea recta hacia aquella reja, observaba las esculturas barrocas con las que el Barón había plagado el área, de verdad era un tipo ostentoso.

En la reja estaba apostado un cadete, rifle en mano, creía haberlo visto en algún momento. El muchacho, parado en medio de la reja abierta, lo miró de reojo, y tras unos segundos se hizo a un lado de forma solemne. A Jürgen le pareció una estupidez, pero continuó su camino.

La entrada se bifurcaba en escaleras descendentes que daban al mismo lugar, mientras las recorría, mil pensamientos rondaban su cabeza, era como si entre más saturada estuviera, el zumbido se hiciera peor. Cruzó otra reja que se hallaba desprotegida y medio abierta, y llegó ahí.

La piscina era otra muestra de suntuosidad, de forma rectangular y con las inscripciones en el fondo de un tamaño exagerado: “Schwarzenberg”, y el blasón de la familia. Estaba iluminada desde el fondo y en sus paredes, tenía tiempo que Jürgen no visitaba aquel lugar. La última vez que lo había hecho, había sido por invitación del Barón, tras lucirse en una expedición de entrenamiento.

Aturdido, buscó entre los cómodos muebles que rodeaban la piscina, y ahí estaba la figura que buscaba. Cuando la detalló, soltó un suspiro con expresión sorpresiva. Anna estaba recostada leyendo un libro, con una pierna sobre la otra. Llevaba un vestido azul un tanto elegante, y un par de zapatos elegantes del mismo color. Jürgen rodeó la piscina para ir hacia ella.

Se agachó para besarla en la boca, ella correspondió con un acercamiento, casi sin quitar la mirada del libro, era un gesto que se sabían de memoria.

Anna: Bonjour.

Jürgen: ¿Bonjour?

­ Jürgen rió suavemente, mientras, de pie, se recostó sobre el muro detrás de los muebles y cruzó los brazos.

Anna: Estoy aprendiendo el lenguaje franco, después de todo, mi tierra natal era una colonia franca… hasta hace no mucho.

En efecto, el libro estaba escrito en franco, aunque la vista de Jürgen estaba en todo menos en eso.

Jürgen: ¿Y el vestido? ¿De dónde salió?

De verdad era una grata sorpresa, en el centro de acoplamiento del Barón Von Schwarzenberg sólo se portaba el uniforme reglamentario y sus variantes según la actividad del día. Jürgen llevaba uniforme deportivo en aquel momento, y por alguna extraña razón, sintió que desentonaba con la ocasión, pero dejó de importarle en un pequeño instante.

Anna cerró su libro con un gesto brusco, lo dejó en el mueble, y se puso de pie, en frente de Jürgen. Tomó con delicadeza los bordes de la falda del vestido para abrirla un poco, y con delicadeza, cruzó una pierna hacia atrás, mirando a Jürgen con picardía.

Anna: ¿Cómo me veo?

El azul oscuro del vestido combinaba con su piel blanca, las pecas en su cara y la melena cobriza, o al menos eso pensaba Jürgen, que no tenía idea de la estética del vestir. Tenía una trenza que le colgaba sobre el hombro izquierdo, el resto del cabello daba hasta su cintura. El cadete miró de arriba abajo, desde los zapatos hasta sus azules ojos, fijándose en cómo el largo de la falda y el ajuste del escote le parecían perfectos, incluso el par de cordones que colgaban de este último. El zumbido seguía ahí, pero ya no importaba. El vacío en el pecho pasó a latidos agresivos en el corazón, no sabía si eso era bueno o malo.

Anna: ¡Ey!

Jürgen se había tomado más tiempo del debido en su apreciación, y al final, respondió con lo que el pensó fue una sonrisa estúpida.

Jürgen: Sublime.

Anna: Awww…

Anna se acercó y lo besó, apenas pudo reaccionar. Continuó, ahora acercando la boca al oído de Jürgen.

Anna: ¿Eso le dices a todas?

Jürgen rió. Anna se alejó un poco, aún de pie, empezó a quitarse los zapatos con la delicadeza que la caracterizaba.

Anna: ¿Y a Angelika Kruse? Ayer hablaste con ella.

Anna le dio la espalda para dirigirse a la piscina. Jürgen se preguntó por un momento cómo supo eso, pero no era la primera vez que pasaba.

Jürgen: Ehmm… tenía preguntas de historia colonial.

Anna: Sí, claro.

Jürgen: Entonces ¿Me trajiste aquí para nadar? La cortada…

Anna: No, quiero remojar mis piecitos. No todo se trata de ti ¿ok?

Jürgen ya era familiar con sus diminutivos, y formas de dar y retirar afecto. Tal delicadeza y femineidad lo volvían loco, de eso era bastante consciente, y amaba esa idea. De no ser porque conocía los dones de Anna, esa sería la única sensación que le generaba.

La chica se sentó sobre el borde de la piscina, con los pies en el agua, y empezó a chapotear de forma infantil. Jürgen se limitó a observarla.

Jürgen: Tu amigo, allá arriba… Se veía molesto.

Anna: Sí, es bastante cercano a Wagner, estaba ahí cuando pasó todo.

Jürgen: ¿Él te contó?

Anna: En realidad todo el mundo lo sabe. Cuando escuché “el novio de Anna Green mató a golpes a Wagner”, enterarme de los detalles fue más fácil.

Jürgen:

Anna: Va a estar bien, pero creo que sus días de galán se acabaron.

Jürgen: Lo había visto hablando contigo ¿es amigo tuyo?

Anna: Ehmm no… conocido, está en mi clase.

Jürgen: ¿Estás molesta?

Anna: No, ya te dije, supe cómo pasó… tus manos ¿están bien?

Jürgen: Nada grave.

No le sorprendía que Anna no mostrara mayor preocupación, lo conocía tan bien que sabía que no corrió peligro en ningún momento.

Anna: Brigitte me dijo que te atacó por la espalda… que por un momento estuvo segura de que te iba a decapitar, luego no se explicó cómo lo derribaste… eso… ¿tiene que ver con tus dones?

Jürgen: Sí… algo así.

Anna: ¿Me explicas?

Jürgen suspiró por un momento, en realidad el tema lo seguía irritando, sólo podía recordar la mirada de todos posada en él. Cuando tuvo conciencia de lo que estaba haciendo, tenía a Armin en frente suyo tratando de calmarlo, y al público anonadado. Trató de ignorar los cosquilleos para responderle a Anna.

Jürgen: Verás… piensa en el espacio, la realidad, todo… como algo que se estira y se contrae… cada movimiento, cada cambio en el ambiente causa pequeños estiramientos y contracciones. Es como si yo pudiera sentirlos, con cada cosa que veo, escucho… siento. En ese momento, el cambio en el aire y el grito que emitió ese imbécil, fueron suficientes para saber incluso en qué ángulo empuñó la espada.

Anna: Vale… pero no te me pongas nerd.

Anna volteó para mirarlo con picardía, Jürgen respondió con una sonrisa.

Jürgen: A veces pienso que podría hacerlo con cualquier fenómeno físico o químico… ya sabes… controlarlo a partir de cómo lo percibo. Pero es una idea que aún no he desarrollado.

Anna: Desarróllala.

Anna no puso mayor atención, y eso le molestó un poco.

Jürgen: Allá pasó algo… en realidad, no sé por qué le puse la mano a la espada, y no recuerdo el momento en que me ensañé golpeándolo. Armin dice que perdí la cabeza.

Anna: ¿Y tú qué dices?

Jürgen: No lo sé… tal vez quería desahogar algo.

Anna: ¿Y te desahogaste?

Jürgen: Hmm… no exactamente.

Ahora Anna dejó el chapoteo, y parecía entretenerse con sus uñas.

Jürgen: Bueno, ahora es tu turno.

Anna: ¿Turno de qué?

Jürgen: ¿Cómo funcionan tus dones?

Anna: ¿De verdad quieres saber eso?

Jürgen: Si no fuera así, no sería la enésima vez que pregunto.

Anna: Eeehhmmm… está bien.

Anna recogió sus piernas del agua, y lentamente se puso de pie para dirigirse hacia Jürgen, que no podía evitar observar cada uno de sus pasos, hasta que tomó sus manos, como fijándose en las heridas. Con la mirada en las vendas continuó.

Anna: Todo lo que necesito es captar la atención de alguna forma… cualquier cosa… una mirada, un saludo, incluso un ruido.

Lentamente soltó las manos de Jürgen, y empezó a recorrerlo con sus dedos, desde los brazos.

Anna: Las miradas denotan gestos… los gestos me dicen cómo responden a una conversación, y en el más difícil de los casos, a una interacción cualquiera. Desde niña he venido aprendiendo qué significa cada gesto, se quedan en mi memoria mejor que cualquier otra cosa.

El recorrido de sus dedos terminó en rodearle el cuello, levantando su mirada hasta quedar fija con la de Jürgen.

Anna: Lo demás se logra con pequeñas acciones, según el caso… una sonrisa, una caricia… un beso.

Cuando intentó besar a Jürgen, éste alejó su cara, mirándola con desdén. El cosquilleo parecía querer quemarle la cabeza. Anna empezó a reír estruendosamente.

Anna: Hacerte enojar es demasiado fácil.

Jürgen:

Anna: Está bien, está bien… pero la parte de atraer la atención y los gestos sí es real… el punto es que… llegas a un momento donde todo se halla en el filo… de si hacen lo que quieres o no… y pues… terminan haciendo lo que quiero… bueno, la mayoría del tiempo.

Jürgen: ¿En serio? ¿Eso es todo?

Anna volvió a reír.

Anna: Perdón… te juro que suena mejor en mi cabeza.

Jürgen soltó un suspiro, y miró a Anna con una sonrisa entre la alegría y la exasperación.

Anna: Funciona muy bien con animales y con hombres. Con mujeres… requiere un poco más de esfuerzo.

Jürgen: Entonces… así fue como convenciste al fracasado de arriba para que nos dejara estar aquí.

Anna: Ehmm… eso fue más fácil. Danny es un buen amigo, y el Barón está fuera de casa, con casi todos sus sirvientes.

Jürgen: Bueno, todos sabemos que eres la favorita del Barón.

Jürgen volvió a recostarse sobre la pared, cruzando los brazos y poniendo un pie sobre ésta.

Anna: Ha ha… creo que no lo has escuchado hablar de ti.

Jürgen: Al final todos somos sus mascotas. Pero no me quejo, los otros Centros de Acoplamiento son peores. Hay quienes dicen que te tratan como basura.

Anna: Tal vez… si hubiéramos terminado en uno de esos, lo nuestro no habría sido posible.

Anna lo besó, y esta vez no alejó su boca. Luego se volteó, y se recostó sobre el pecho de Jürgen, que la rodeó con sus brazos. Podía sentir el olor de su cabello, que siempre había sido dulce, muy dulce.

Anna: ¿Te cuento un secreto? ¿Algo que nunca le conté a nadie?

Jürgen: Dime.

Anna: La razón del cariño del Barón por mí va más allá de mis dones.

Jürgen: ¿Y eso qué quiere decir?

Anna: El viene siendo… algo así como mi padre.

Jürgen: ¿Qué? ¿Pero tus padres no te habían enviado aquí?

Anna: No… eso es lo que le cuento a todos.

Jürgen: ¿Entonces?

Anna: El Barón encabezó la invasión a mi isla, cuando tenía unos 5 años… unos soldados me encontraron antes de quemar mi casa, a mis padres ya los habían ejecutado. Me llevaron con ellos hasta que me vio el Barón. Entonces, él me trajo a Germania y me adoptó como hija suya.

Jürgen: ¿Y cómo terminaste aquí?

Anna: Un día me llevó al zoológico de la capital, y decidí deambular sola… tres horas más tarde, me encontraron tomando una siesta en el lecho de unos leones.

Jürgen adoptó una expresión incrédula.

Jürgen: ¿En serio?

Anna: Es problema tuyo si no me crees… te sorprendería lo abrazable que puede ser una leona.

Ambos rieron.

Anna: En fin… nadie sabía cómo sacarme de ahí. Luego, vieron que acaricié a los leoncitos para despedirme y volver con mi padre con toda tranquilidad, ahí se supo de mis dones. El Barón me puso aquí, dijo que algún día sería un alto mando del ejército, pero que necesitaba entrenarme primero.

Jürgen: ¿Y por qué no quieres que nadie lo sepa?

Anna: Bueno… creo que tengo suficiente con el resentimiento que causan mis dones, y ser la más linda de este Centro, tal vez de Germania.

De nuevo hizo reír a Jürgen, que se separó de ella y caminó hacia el borde de la piscina.

Jürgen: ¿No lo resientes? ¿Por tus verdaderos padres?

Anna: No lo sé… me dio hogar y comodidades, y no sé qué tanto tuvo que ver en la masacre. Supongo que algún día lo sabré.

Jürgen: Lo dices con demasiada ligereza.

Anna: Tal vez… ¿Sabes? Anna Green ni siquiera es mi nombre de nacimiento.

Jürgen: ¿En serio? ¿Cuál es?

Anna: Algún día lo sabrás… digamos que todavía no mereces saberlo.

Jürgen le dedicó a su comentario una sonrisa no tan animada. Luego, se quedó en silencio un rato, mirando el agua moverse, y preguntándose para sus adentros cómo funcionaba.

Anna: ¿Pasa algo?

Jürgen: Hablé con Weiss.

Anna: ¿Te van a penalizar? Pero, él vio todo.

Jürgen: No… me dijo que, para mi nivel, las pruebas de certificación sólo serían un trámite.

Anna: Pero… te falta un curso por terminar.

Jürgen: Sí… no sé si fue un halago o un aviso por lo de hoy.

Anna: Entonces… ¿te vas?

Jürgen: No lo sé.

Anna: Bueno… eventualmente iba a pasar.

El zumbido era más terrorífico que nunca, Jürgen se volteó para acercarse a Anna, quien rodeó de nuevo su cuello con los brazos, como si pudiera saber lo que pasaba por su cabeza.

Anna: Jürgen… ¿tú me amas?... yo sí te amo.

Jürgen no podía más, sentía llamas en cuello, y el vacío más presente que nunca. Lentamente, sus piernas fueron cediendo, hasta que terminó de rodillas, abrazando las piernas de Anna. Ella se limitó a acariciarle el cabello, definitivamente sabía que algo pasaba.

Jürgen: ¿Recuerdas nuestra primera expedición?

Anna no pudo evitar reír.

Anna: ¿En la que enfermé y tuviste que lidiar conmigo hasta que pudimos salir de ahí?... Nos ofrecimos para poder pasar más tiempo juntos por primera vez, pero salió mal.

Jürgen: Estuviste inconsciente por dos días, el agua se acabó al primero.

Anna: ¿Qué tiene? ¿Qué pasó ese día?

Jürgen: Ese día te dejé en la carpa, con precauciones por si algún animal se acercaba. Cuando volví con el agua, yacías ahí, inconsciente, indefensa… creo que nunca te había visto así.

Anna:

Jürgen: Llegué a la conclusión de que quería protegerte todo el tiempo, que, en adelante, no me importaría lo que me pasara, si lograba que estuvieras bien. Incluso llegué a pensar que, si muriera protegiéndote, valdría la pena. Creo que eso es amar a alguien ¿no?

Jürgen cerró los ojos y tomó una larga inhalación. El aire era dulce, era el olor de Anna. Cuando terminó de exhalar, el zumbido se apagó, el cosquilleo ya no estaba. Abrió los ojos y la escuchó sollozar.

Anna: … idiota.

Jürgen se puso de pie, y con cuidado le quitó las pocas lágrimas en sus mejillas. Tras unos instantes en silencio, besó a Anna de forma brusca. La tomó con fuerza y la arrinconó contra la pared. Y empezó a subir su vestido con ambas manos.

Jürgen: Espera.

Anna: ¿Qué?

Anna no quería hablar más, seguía besándolo.

Jürgen: ¿Cómo voy a saber si de verdad es amor, o si son tus dones?

Anna rió por un momento, mientras besaba el cuello de Jürgen. Con la falda arriba, empezó a bajarle las bragas.

Anna: Nunca lo sabrás.

 

 

 

 

 


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