Parte 13: Hugh y Claire

 

Hugh y Claire.

 

 

El olor del humo fue devolviéndolo a su estado consciente, al igual que la sensación pegajosa que la piel de Claire generaba en su mejilla, a medida que abría los ojos, la primera visión que tuvo del mundo fue la de una pierna doblada de la chica, pues se hallaba con la cabeza recostada sobre la otra.

Claire:

“Canto cinco: La única alegría de todos los corazones.

 

¡Oh! ¡Mis hermanos! ¡Qué hermoso espécimen he visto hoy!

Musa de negros cabellos y azules ojos

Caminaba, con la armonía más alegre de la tierra

Moviéndose astuta entre las vicisitudes de nuestro mundo

Única ante mis ojos y los ojos de todos los presentes.

 

Belleza atípica que movió todo sin ser movida

Que pasó, ligera y desapercibida,

Ante la suciedad de nuestros pensamientos

E iluminó nuestras almas,

Sólo con su dulce presencia.

 

Esencia palpable,

Esencia etérea,

Esencia efímera,

Esencia eterna,

Dama de mis clamores, alegría de mi corazón.”

 

Hugh: ¿De verdad crees que Lyanna valía la pena?

Hugh fue incorporándose lentamente, mientras se despegaba de la humanidad de su chica, que yacía desnuda, al igual que él, recostada sobre un par de almohadas, con un cigarrillo en una mano, y aquel irritable libro en la otra.

Claire: Hmm… me pregunto cómo habrán sido sus tetas… ¿crees que eran más grandes que éstas?

Claire bajó su mirada, apuntando a su propio busto.

Hugh: Yo sólo sé que este par sí valen la pena.

Mientras Hugh se separaba de la cama, apretó con ternura uno de los pechos de Claire, a lo cual la chica respondió con una sonrisa. Sus ojos aún se sentían pegajosos, y un pequeño mareo recorría su cabeza. Se dirigió al baño dentro de la pequeña habitación para lavarse la cara.

Hugh: ¿Qué hora es?

Claire respondió desde la cama, mientras Hugh miraba su rostro mojado en el espejo.

Claire: Ocho de la mañana.

Hugh: Mierda, es tarde.

Claire: Así es ¿podemos hacerlo mañana?... Quedémonos en cama, hace mucho frío afuera.

Tras secarse con una pequeña toalla, Hugh se dirigió a la habitación, en busca de una de las maletas al lado de la cama.

Hugh: Hemos estado en cama por 4 días, no podemos retrasarlo más.

Con las prendas que iba sacando de aquella maleta, Hugh se fue ataviando. Traje citadino como cualquier otro, finiquitado por un enorme gabán negro y una máscara de tela negra comprimida alrededor del cuello. Al ver que hablaba en serio, Claire procedió a sentarse sobre la cama con disgusto, recogiendo su cabello alrededor de una enorme aguja que recogió de la mesa de noche.

Claire: Está bien… había tomado esto como unas pequeñas vacaciones… supongo que la diversión terminó.

Hugh: La diversión apenas comienza… revisa tu maleta.

Con una expresión pícara en su rostro, Claire lanzó su cuerpo desnudo bocabajo sobre la cama, para buscar dentro de la maleta, extrajo una pequeña caja de madera, que apenas era más grande que su mano.

Claire: Hugh… ¿es en serio?

Hugh: Haha… definitivamente no es lo que crees… ábrela.

Claire se encontró con la pequeña figura de arcilla escarlata que Hugh había preparado para ella. Regordeta, de cuatro extremidades, un llamativo par de cuernos y una enorme sonrisa debajo de desafiantes ojos, diseñada cuidadosamente por Hugh, obviamente a escondidas de la chica.

Hugh: Dos minutos y medio.

Claire: Aawww… ¿en qué momento la hiciste? Hemos estado juntos todo el tiempo.

Hugh: Llegué a donde estoy por hacer muchas cosas pasando desapercibido, incluso para ti.

Las palabras que Hugh expresó con una sonrisa pícara no fueron correspondidas de la misma forma por Claire, quien levantó sus brillantes ojos verdes con algún tipo de desconfianza. El disgusto de la chica fue remediado con un beso.

Hugh: Feliz cumpleaños.

Claire: Idiota.

Al terminar de vestirse, Hugh tomó la pesada maleta para llevarla sobre uno de sus hombros.

Hugh: El Banco está a 30 minutos a pie, te veré allí en una hora y media… en tu maleta está todo lo necesario por si te detienen los policías para preguntar cualquier cosa.

La chica detuvo el discurso de Hugh para rodearlo con sus brazos.

Claire: ¿Estás seguro de que quieres hacerlo? Yo puedo ir sola.

Hugh: No digas tonterías… recuerda, si esa puerta se cierra… probablemente moriremos.

Claire: Lo tengo todo resuelto.

Hugh: Está bien… Solve et coagula.

Claire: Solve et coagula.

Tras besarla una última vez, Hugh se dispuso a salir de la pequeña casucha que los hospedaba. Pequeños copos de nieve determinaban el frío aire, que golpeó sus mejillas apenas abrió la puerta. Se puso el par de guantes de piel que había guardado en los bolsillos del gabán, y se dispuso a caminar con paso regular por las calles de aquel suburbio marginal de Férrea.

Era un día como cualquier otro en la capital de los anglos, se encontró con personas apuradas a moverse por sus trabajos, otros martillando piezas de metal en sus talleres, o moviendo los fuelles de los enormes hornos, todo en medio del ambiente gris que formaban la fúnebre atmósfera de la ciudad y el humo de las chimeneas fabriles No podía evitar pensar en si aquellos incautos pagarían las consecuencias de lo que iba a pasar aquel día, o más precisamente, quiénes de entre todos ellos.

“Todas las ratas están en la cueva.” El recuerdo de tantas capturas en las que escuchó aquella frase vino a su cabeza, lo gritos de las madres en llanto, al ver cómo los policías rompían las puertas de sus casas para llevarse a sus traviesos muchachos, educados por la simple desesperación de la cloaca en la que los reyes británicos decidieron forjar su imperio, todo se repetiría, pero Hugh no iba a estar ahí para contemplarlo.

Su vida había cambiado para siempre, ahora su talento para el pillaje y la revuelta parecían tomar sentido, y sus dones ardían más que nunca, sobre todo cuando Claire estaba cerca. Podría pensar que era invencible si ella estaba ahí, pero le preocupaba ser débil de nuevo si se iba. El temperamento de la chica le había enseñado a centrarse en algo por primera vez en su vida, y eso le daba sentido a sus días más que cualquier otra cosa, sin importarle que ese “algo” fuera un propósito ajeno.

Cualquier cosa era mejor que robar en los muelles, o hacer favores desagradables para los mafiosos. Para nada se arrepentía del camino de su vida, incluso se sentía agradecido de cómo el ser atrapado en una de sus incursiones le había costado la peor reclusión de su vida, pues eso lo llevó al Monje Mensajero que le enseñó a explotar sus dones a través del antiguo arte de la alquimia, y el antiguo arte de la alquimia lo llevó a conocer a Claire.

Sin embargo, volver a Férrea le causaba repulsión, todos sus seres queridos perecieron allí, tal vez por culpa suya o por circunstancias del destino. Lo curioso es que el origen de la repulsión, muy probablemente, podría provenir de su ausencia de arrepentimiento.

Su caminata de reflexión terminó al sentarse en la mesa de un café, justo en frente de su objetivo: el Banco del Rey y de Todos los Anglos. El nombre completo de lo que sus coterráneos llamaban Banco Real siempre le había parecido una abierta hipocresía, considerando que hubo un momento en el que, mientras un tercio de la población de Anglia moría de hambre y frío, millones y millones de libras eran acumuladas ahí, para las cuentas de los pocos capitanes de la industria que, junto a la Familia Real, determinaban el destino de la isla.

Mesero: ¿En qué puedo ayudarlo, señor?

Hugh: Café, por favor. Y whisky.

Mesero: En seguida, señor.

La mesa en la que se ubicó se hallaba por fuera del local, lo cual le permitía tener plena vista de la única entrada del Banco, por lo que se dedicó a observar detenidamente a las personas que entraban y salían del lugar. “Probablemente no tengan culpa de nada.” Era un día normal para cada uno de ellos, algunos iban vestidos formalmente, otros no tanto, sólo iban a pagar las facturas de su cotidianidad, ver a aquellos le ponía los pelos de punta.

Locutor de radio: … En otras noticias, la llegada de 10.000 efectivos de la coalición anglo germana a las costas orientales se pronostica para la próxima semana, si bien los representantes del Estado Mayor de ambas naciones no confirmaron un ataque directo, fueron enfáticos en el permiso de sus respectivos parlamentos para resolver el conflicto que se hizo visible con el asesinato de los generales Schultz y McCann en sospechosas circunstancias, atribuidas a la influencia de Galia en la reg-

Mientras más observaba aquella entrada, más sentía tensión en su cabeza, y un zumbido en sus oídos, zumbido que se calmó un poco cuando vio entrar a Claire. Podía distinguirla inmediatamente, en tanto se había puesto un gabán exactamente igual al suyo, que él había puesto en la maleta que la chica también llevaba.

Mesero: Su orden, señor.

Hugh: Gracias.

Locutor de radio: -si bien no ha existido un pronunciamiento oficial por parte de Galia, no ha habido confirmación visual de intención retiro de tropas en la front-

El café fue ignorado, y el whisky pasó por su garganta como agua, necesitaba calor en sus entrañas, y un poco de valor en su cabeza. Dejó un par de chelines en la mesa y se dirigió sin pensar hacia el Banco.

Caminó sin pensar, pues los nervios plagaban todo su cuerpo, Claire sabría cómo ayudarlo si éstos lo traicionaban, pero por ahora lo importante era entrar. Un hombre en la puerta, uno en cada esquina del recinto, otros cinco en el segundo piso, y uno en la puerta de la bóveda, ese era de Claire, once en total.

Pasó con rapidez, incluso al lado del vigilante de la puerta, llamar su atención era parte del plan. Tras sentarse en una de las bancas de espera, dejando la pesada maleta en el piso, miró hacia las cajas y otros lugares del establecimiento. El ruido de las máquinas de escribir, el papeleo y las cajas fuertes podían perfectamente confundirse con una desesperante canción homogénea.

Encontró a Claire sentada en una banca de espera, la más cercana a la puerta de la bóveda, ubicada detrás y a un lado de los pequeños cubículos donde los funcionarios atendían al público. Parte de la enorme hipocresía que representaba el Banco Real, era la idea de tener la bóveda abierta al público. Aunque tenía claras restricciones, el hecho de mostrar diariamente al público algunos tesoros nacionales, formaba parte del ideario de la institución, cosa que les costaría caro en algún momento, y ese momento había llegado. Hugh se limitó a esperar.

Vigilante del Banco: Disculpe, señor ¿puede permitirme su maleta para una revisión? Protocolos de seguridad.

Hugh observó al hombre que se posaba a su lado, era el vigilante de la puerta. Se puso de pie y lo miró fijamente, era ligeramente más pequeño que él.

Hugh: Por supuesto.

El zumbido en sus oídos se intensificó, no sabía si eso era señal de querer retirarse o de apresurar la operación. Pero cuando tomó conciencia, había tomado la maleta para lanzársela con fuerza a aquel hombre. El peso de la maleta, naturalmente, lo desestabilizó hasta enviarlo al suelo. Lo finiquitó con una patada en la cara.

Se apresuró a subirse la máscara de tela y a abrir la maleta, para tomar las dos partes de la ametralladora que había puesto allí. Tras armarla, miró hacia Claire y se la lanzó con fuerza. Ella estaba parada, con su máscara también puesta, cerca de la bóveda, donde el vigilante asignado se hallaba tirado en el piso, tenía clavada en su ojo la aguja con la que Claire se recogió el cabello.

Disparos empezaron a escucharse, Claire había abierto fuego indiscriminadamente hacia las esquinas del lugar para neutralizar a los vigilantes. Hugh, a hurtadillas, se dirigió hacia la puerta de entrada para cerrarla con fuerza, en medio de los gritos de pánico que empezaron a plagar el lugar.

Hugh: Coagular.

El marco de hierro de la enorme puerta podía fundirse fácilmente para hacerla impenetrable ante cualquier herramienta inmediata, y eso hizo Hugh con un par de signos esenciales de sus manos.

Claire: ¡Muy bien! ¡Todo el mundo cállese la puta boca!

Claire disparó hacia el techo, y los gritos de pánico mermaron un poco. Hugh miró alrededor en busca de los demás vigilantes, claramente, al ver que se trataba de una ametralladora, se habían puesto a cubierto junto a los civiles atemorizados. Le quitó su revolver al vigilante que había noqueado, y, aunque en ese punto era innecesario, lo mató con un disparo del mismo.

Mientras Claire se dirigía hacia la bóveda, Hugh localizó los barriles de agua para hidratación de los transeúntes, y los juntó en el centro del recinto. No fue necesario aplacar más a los presentes, los disparos de Claire habían alcanzado a más de un civil, por lo que nadie parecía dispuesto a hacerles frente. Ahora, su única preocupación debía venir de afuera.

Hugh miró por una de las ventanas del lugar mientras cerraba sus enormes cortinas, pues ya empezaba a reunirse afuera el tumulto y no demorarían en hacer presencia las fuerzas de la ley. Así, tras un disparo de revólver al aire que terminó de silenciar el lugar, el pillo de Férrea se dispuso a lanzar el discurso que había preparado.

Hugh: ¡Buenos días a todos los presentes! Venimos en nombre del Dorado Amanecer… El avance de la nube oscura y corrupta, impulsada por los mórbidos reyes de Anglia y Germania, ha plagado al pueblo de a pie de sufrimiento e incertidumbre… sus juegos con la geopolítica en Oriente y las colonias le cuestan la vida a cada vez más ciudadanos inocentes, expandiendo sus propiedades y acrecentando sus deseos de control de los territorios sagrados.

Hugh: La decadencia del Imperio Latínico fue la primera señal del inicio de una campaña para esparcir su semilla venenosa en todo el mundo, ahora, con la crianza forzosa de chicos Elegidos para sus oscuros propósitos, han desencadenado demonios, que han  arrasado con ciudades enteras y buscan acabar con lo que queda de nuestra civilización… el  mal es implacable, por lo que nosotros lo seremos más… aplastaremos sus ídolos, recuperaremos lo que nos fue arrebatado y lucharemos de frente contra todo aquel que se ponga en nuestro camino.

Vació el tambor del revólver con disparos hacia el techo.

Hugh: El amanecer ya viene… ¡y su brillo quemará los ojos de los indignos!

A pesar de tener el arma descargada, apuntarla hacia todos los presentes fue una buena estrategia, mientras Claire completaba su labor.

Oficial de policía: ¡Policía Distrital de Férrea!

La terrorífica escena había silenciado a todos los presentes, esa era la intención de la pareja. Mientras Hugh buscaba la figura de Claire en la bóveda, se topó con una mujer rubia, sangrando con una herida de bala en su pierna. Junto a ella, se hallaba una pequeña niña cuyo llanto era el único sonido en aquel lugar, seguramente era su hija.

Hugh: Shhh…

El sufrimiento de aquella mujer terminó con un disparo en la cabeza, era Claire.

Claire: ¿Qué mierda estás viendo?... Los tengo.

Oficial de policía: ¡Policía distrital de Férrea! ¡Abra las puertas y aléjese de los rehenes!

La razón por la que habían incursionado en aquel lugar adornaba el cuello de su chica: las joyas del Primer Rey, diamantes forjados en la antigüedad, símbolo del orgullo nacional de Anglia. Sin duda el brillo y detalle de su fabricación eran algo atípico, pero Hugh no tuvo tiempo de contemplarlas en lo más mínimo, pues el llanto de la niña se había vuelto incontrolable, y los policías no hablaron más, ahora se manifestaban intentando tumbar la puerta.

El retumbar de cada golpe en la enorme puerta se alineó con los gritos desesperados de la pequeña, los nervios de Hugh se agolpaban en su cabeza, mientras intercalaba su mirada entre el pequeño espacio de la cortina para revisar la situación, y la niña junto a su madre muerta, Claire se le acercó lentamente.

Automóviles y oficiales montados a caballo se apiñaban por fuera del recinto para esperarlos, o para entrar por la fuerza en cualquier momento, era justo como lo habían imaginado. De un momento a otro, Claire se fue acercando lentamente a la niña en medio del retumbar de la puerta. Hugh no pudo predecir eso, por lo que trató de llamar la atención de la chica en voz baja.

Hugh: ¡Claire! ¡Claire! ¡¿Qué vas a hacer?! ¡Déjala en paz!

Cuando Claire pudo ubicarse lo suficientemente cerca de la niña, optó por bajarse la máscara y sacar algo del bolsillo de su gabán.

Claire: Shhhh…. Shhhh… Mira, nena, tengo algo para ti.

El llanto de la niña fue disminuyendo poco a poco, mientras Claire le acercaba lo que sacó de su abrigo, era la figura de arcilla escarlata.

Hugh: Cl-… ¡No!

La niña parecía pasmada por el encanto de Claire, extendiendo sus manos para recibir el regalo. Antes de entrégaselo con cara sonriente, puso un dedo sobre el inusual rostro de la figura, pronunciando las palabras para finiquitar el signo esencial.

Claire: Disolver.

Hugh no pudo contenerse.

Hugh: ¡Claire!

Claire: Hugh… dos minutos y medio… ponte en posición.

Ya en manos de la niña, de los ojos desafiantes de su propia figura, comenzó a emanar un brillo rojo, que parpadeaba cada segundo, así lo había dispuesto en su creación. Hugh no pudo hacer más que ponerse delante del montón de barriles de agua, al igual que Claire. Se quitaron máscaras y gabanes, y, mientras ella juntaba sus manos, Hugh se dispuso a recorrer la línea vertical de la cerradura para otro signo esencial.

Claire: ¿Estás listo?

Hugh asintió, y con una profunda inhalación, pasó a la última fase de la operación.

Claire: ¡Disolver!

Hugh: ¡Disolver!

La fundición del hierro de la puerta se derritió, y los barriles de agua estallaron en vapor. El próximo golpe reventó la puerta, mientras el vapor que salió expulsado nubló la vista de todos los presentes. La entrada furtiva de los oficiales reinició los gritos desesperados de todos los presentes, y en el recinto se armó un tumulto protagonizado por una especie de vapor rojo, formado por el brillo que emitía la figura de arcilla escarlata, que se intensificaba con el pasar del tiempo, hasta poder deslumbrar a cada persona dentro del lugar.

Sin pensarlo, Hugh se abrió paso por la puerta principal, empujando y golpeando a quien se le atravesara. Cuando pudo vislumbrar de nuevo la situación, se hallaba por fuera del recinto, se apresuró a buscar a Claire en medio del caos que habían causado. La chica también había disuelto el agua de los hidrantes de la calle del Banco, la encontró con un policía encima suyo, el cual noqueó fácilmente. La tomó de un brazo para sacarla del lugar, y cuando se vieron a la distancia suficiente, comenzaron a reducir la prisa en sus pasos para disimular su escape.

Claire: ¿Un minuto?

Caminaron hasta salir de la cuadra azotada por el revoloteo de policías y civiles corriendo asustados, cuando se sintieron lejos de la atención de los hechos, optaron por trepar hacia los tejados de las cuadras contiguas.

Saltar a través de los edificios de la vieja ciudad era un ejercicio conocido para Hugh, quien encabezó la marcha. La crianza aristócrata de Claire le permitía dudar de que fuera igual para ella, pero logró ponerse al tanto.

Dejó de sentir su presencia cuando se vio en el cuarto tejado, por lo que volteó hacia atrás en busca de su figura. La encontró un tejado atrás, mirando fijamente hacia la calle del Banco, de donde provenía el parpadeo escarlata, cada vez más resplandeciente, y los gritos de pánico en medio de una enorme nube de vapor.

Necesitó cubrir un poco sus ojos para acercársele, estaba aterrado, no sólo por lo que acababa de hacer su chica, sino por la forma en que miraba con quietud hacia el caos que se presentaba allí abajo.

Hugh: D-debemos irnos.

Claire: Creo que se acabó el tiem-

El resplandor se detuvo, seguido de una estrepitosa explosión que cortó el oído de Hugh por unos instantes. La figura de arcilla estaba diseñada para volar más de una cuadra entera, fue tal el impacto que lanzó a Claire hacia atrás. Afortunadamente, Hugh se hallaba detrás de ella y alcanzó a recibirla antes de que ambos sufrieran una caída desde altura considerable.

No podía escuchar nada más que un molesto zumbido en sus oídos, pero por la expresión en el rostro de Claire, notó que se estaba riendo a carcajadas. Desparramados en el tejado, la chica le acercó su rostro para un beso, que no pudo corresponder.

 

 

 

 

 

 

 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Parte 18: Cientos de vidas e incontables años

Parte 1: Convergencia

Parte 15: Helldunkel