Parte 12: Llámame Dora

Llámame Dora.


Anna: "... Tormento de todos los creyentes".

Se trataba de un monolito un tanto extraño, y un poco exagerado para el gusto de Anna. Su estructura cónica emitía un color blanco brillante que hizo que Anna indagara sobre la piedra que se usó para construirlo. Las letras que componían aquel oscuro mensaje en latínico descendían enroscándose sobre la superficie del atípico monumento, al punto que necesitó darle una vuelta completa para poder leerlo.

Lo verdaderamente bello del lugar era la organización de los árboles alrededor de aquel pedazo de piedra. Desarrollaban un círculo en un patrón que intercalaba el color de sus hojas y flores. Cuando Anna llegó, se podía apreciar un baile de hojas rojas color sangre y flores de vívido amarillo. Al decaer el sol, era una mezcla dorada y cobriza que podría indicar el más álgido otoño.

El baile de hojas y flores parecía ser dirigido por el sentido del viento, cuyo susurro se hacía cada vez más fuerte desde que Anna se decidiera a adentrarse en aquella mina al noreste de Kono.

Se le recomendó ir sola, por lo que pasó por Kono con la mayor sutileza posible, incluso antes de que Augusto Ross supiera de su presencia. Rentó un caballo y provisiones a precio ridículamente alto, y se lanzó a la excursión, con un pico de minería atado a su espalda por un viejo cordón.

La daga y el arma que se enfundó desde el principio del viaje no le fueron necesarios, pues el carácter de abandono de la mina se hizo notar a medida que se adentraba en el área. Desde que iniciara el camino, sólo se encontró con un viejo carretero que venía en sentido contrario, el cual sólo se limitó a cruzar palabras de saludo, sin perder más tiempo.

Las instrucciones de Fleur fueron precisas, el camino que recorría la mina era bastante directo. Lo que la damita de los bosques no le advirtió fue la extensión que comprendía. Se adentró en la mina a las 11 de la mañana, y no encontró el primer guayacán sino hasta cerca de las 3 de la tarde. El recorrido no sólo rodeaba las montañas explotadas, ascendía sobre ellas.

Hacia las primeras dos horas del viaje, Anna sintió el esfuerzo adicional que le imponía la altitud para respirar, en conjunto con la sensación de inmensidad que otorgaba el paisaje al filo de las montañas. La extensión de la cadena montañosa que caracterizaba la región ocupaba todo el rango de visión, en un enorme mosaico de elevaciones distorsionadas por una bruma que no se veía nada natural.

El sonido del viento golpeando contra los árboles y arbustos terminó siendo su único acompañante, pues el caballo se negó a avanzar poco después de haber contado el cuarto guayacán. Sin escándalo ni corcoveo, la bestia simplemente se rehusó a avanzar, como si tuviera un límite imaginario delante suyo.

En adelante, Anna enfrentó sola a un camino que parecía adentrarse en el bosque que recubría la ladera. Cuando encontró el quinto guayacán, el golpe del viento contra la vegetación era casi violento, más aún cuando su sonido acompañaba el descenso por un lado de la rústica carretera. Calculó que eran casi las 5 de la tarde cuando el descenso la llevó a un espacio plano del cuál surgió aquel cuasi santuario circular.

Ahora se hallaba observando la inerte figura de piedra, con su mente disparando pensamientos aleatorios a raíz del cansancio. Se preguntó si valdría la pena el esfuerzo del largo camino, luego reconoció que al menos pudo disfrutar de lo exótico del paisaje, luego se preguntó sobre la poca sutileza de aquel lugar, y cuántas personas pudieron haberlo encontrado de forma desprevenida.

Seguido de un monólogo interno sobre las cualidades artísticas del extraño santuario, se topó con la oscura reflexión de que no dudó en ningún momento de la travesía, como si hubiera sido guiada de forma segura hacia el punto donde se encontraba.

Anna: "Diabolus Bestia" ... "Bestia Diabólica" ... Dorothea Braithwaite.

La tradición fundamentalista era parte de uno de los pocos recuerdos que Anna tenía de su extinta familia, por lo que cuando tuvo la suficiente edad para entenderlo, dedicó parte de su tiempo a conocer la versión que los fundamentalistas tenían sobre la vida y el propósito del Último en la tierra.

Anna: "... y el Portador de la Luz se alzará para defender la Verdad Única de las garras usurpadoras de la Bestia Diabólica, la manifestación del mal, la cara del más altivo temperamento de los mortales..."

Lo único que Anna pudo deducir al conocer la trágica historia de falsa iluminación que llevó a los mineros de Brent a confundir una revuelta sindical con una guerra santa, fue que, si bien la almirante Braithwaite no era ninguna "Bestia Diabólica", se esforzó demasiado por parecérsele en aquella tarde de mayo de 2195.

¿De verdad era necesaria su presencia para mitigar el poder de Germania? ¿y si Dorothea era algo peor que un arma de doble filo? ¿qué le hacía pensar a su padre que ella era la única capaz de convencerla?

Todas sus reflexiones eran pensamientos secundarios, pues mientras Anna se hizo todas esas preguntas, se había desatado el cordón que ataba el pico a su espalda, y se hallaba lista para usarlo contra la enorme piedra angular. Como si su voluntad actuara por encima de su conciencia.

Dio el golpe más fuerte que pudo planear, por lo que el pico salió volando de sus manos, para quedar tirado a un par de metros de ella. El ruido del choque entre el hierro y la piedra pareció extenderse por toda la curiosa área circular, dejando un chasquido prolongado que se mezcló con el viento que recorría los árboles. El monumento quedó intacto.

De pronto, el aullido del viento se hizo aún más fuerte, y Anna apreció cómo éste parecía acumularse alrededor de la inscripción. Ahora parecía que la danza de hojas y flores al son del viento parecía cerrarse más alrededor del santuario. Anna no supo si era de nuevo su voluntad separada de su conciencia, o el hecho de notar que la luz del día empezaba a irse y tenía prisa, pero ahora se dirigía a recoger el pico para seguir con su labor. Antes de agacharse a recogerlo, una voz perturbo sus empeños.

???: Hahaha...

Aquella risa burlona provenía de todos lados, como si acompañara el recorrido del viento mismo. Los intentos de Anna de localizar a la dueña de aquella voz mirando alrededor fueron en vano.

???: Las manos que sostienen el destino de la humanidad no pueden empuñar bien un pico de hierro.

Como si se tratara de un reto, sin asimilar la totalidad del mensaje, Anna no otorgó mayor respuesta que lanzar otro golpe al monumento.

En esta ocasión, la dura figura de piedra se deshizo en polvo al contacto con el pico de Anna. Polvo que quedó suspendido en el aire, como si el pico sólo hubiera perturbado la estructura de un enorme montón flotante.

Los pequeños gránulos de polvo tomaban todo tipo de colores posibles, mientras ascendían formando una columna en hélice, justo en el centro del pequeño pedazo circular de bosque. A medida que el viento circundaba el santuario, parecía mezclar su corriente con la columna de polvo que flotaba ante los ojos de Anna. Cuando pudo notar el contexto a plenitud, era como si la danza del viento ahora arrastrara las hojas y flores a mezclarse con el polvo multicolor.

Finalmente, la columna multicolor formada en el centro del santuario se estabilizó, girando lentamente y emitiendo una luz creciente desde su centro.

En un punto, la luz que la columna emitía le mostraba un paisaje más iluminado desde dentro de ésta, como una especie de ventana giratoria.

Anna se detuvo y observó con atención el interior de la columna multicolor, sintiéndose atraída hacia éste.

???: No tengas miedo, mi niña. Eres bienvenida.

Estiró su mano hasta rozarla con la corriente de polvo de la columna, la cual empezó a danzar mientras abordaba lentamente el cuerpo de Anna. Al igual que las letras en la inscripción del ahora deshecho monumento, el polvo se fue enroscando sobre su humanidad, hasta que formó una nueva columna en hélice alrededor suyo.

Anna, casi como por instinto, procedió a avanzar hacia el centro del santuario, donde notó que la danza entre el extraño polvo, las hojas y las flores, era conducida por el viento perfectamente alrededor de la columna, dirigiendo su flujo hacia arriba en un remolino incluso agradable de ver.

De pronto, en tanto el giro del remolino parecía intensificarse, lucía como si los gránulos de polvo comenzaran a desprender luz en cada vez mayores cantidades. Conforme pasaban los segundos, Anna comenzó a sentir en su piel el efecto de la corriente de viento, el cual asoció rápidamente con una gentil caricia.

Cuando el brillo del polvo se hizo lo suficientemente molesto como para obligarla a taparse los ojos, esta acción se quedó a la mitad, pues cuando Anna pudo ver la palma de su mano, se estaba deshaciendo en gránulos que se unían a la danza del remolino.

Anna: Q-

La sensación de pánico se hizo presente en forma de un ardor que la estremeció recorriendo la espina dorsal hasta quedarse en su cabeza. Con los latidos de su corazón y el ritmo de su respiración disparados, Anna no supo si lo que le quitó la conciencia fue el cegador brillo del remolino, o la impresión de ver su figura deshacerse lentamente para convertirse en polvo.

El despertar fue una experiencia más violenta que la anterior, elevó su torso del suelo mientras reiniciaba su respiración de forma agitada. Lo primero que hizo fue palpar y mirar con miedo cada parte de su cuerpo.

Todo estaba ahí, en su lugar, incluso sus uñas con esmalte azul desgastado por el viaje. Se tomó un momento para normalizar la tensión que invadía todos sus nervios, hasta que pudo sentirse respirar normalmente.

Se hallaba sentada en el suelo de una especie de bosque, rodeada de innumerables hojas, las cuales crujían con cada pequeño movimiento que ella hiciera. Se dispuso a ponerse de pie para observar los alrededores, estaba al pie de un conjunto de árboles, de cuyas ramas colgaban hojas cobrizas y flores doradas, similares a las de aquel remolino que la trajo allí.

Definitivamente era otro momento del día en donde estaba, el brillo del sol era intenso como si se tratara de una fase matinal, resaltaba el color dorado y cobrizo del follaje en los árboles y en el piso, del cual Anna recogió un par de ejemplares.

Las hojas brillaban de colorido rojo y poseían una textura delgada y firme, como si se tratara de una fina lámina de metal. De igual forma ocurría para las doradas flores, cuyos pétalos envueltos de forma concéntrica formaban una figura que perfectamente se haría pasar por una costosa obra de orfebrería. De verdad se trataba de cobre y oro puros.

Anna: "... encontrarán oro quienes la aborden sin codicia."

Sus preocupaciones en el momento excedían el tema de la riqueza, por lo que Anna simplemente se engarzó en el cabello la hoja y la flor, cada una por encima de una oreja, incluso se dio el momento para concluir que la rosa dorada debía ir del lado de su característica trenza, para resaltar el mejor lado de su cara.

A pesar de que por alguna razón relacionada con la voluntad que la guio hasta aquel bosque extraño, se sentía con la capacidad de continuar la travesía, Anna cayó en cuenta de lo atípico de los sucesos acontecidos hasta el momento, por lo que desenfundó su pistola y empezó a caminar en la primera dirección que se le ocurrió. Daba igual a dónde fuera, pues no tenía la más mínima idea de dónde se encontraba.

Tras avanzar unos cuantos metros entre los dorados árboles, una voz interrumpió su camino.

???: Aap unhen pasand karate hain?

Anna buscó el origen de la voz mirando a todos lados, por supuesto, apuntando con su arma. Ninguna figura apareció tras recorrer en círculo su espectro visible.

???: ¡Yoopee!

Era la voz de una niña, de ninguna forma por encima de los doce años.

???: ¡Arriba!

Su mirada encontró la pequeña figura sentada sobre una rama horizontal de un árbol a su derecha, con las piernas cruzadas y balanceando en el vacío. Tenía una especie de vestido bordado finamente en el cuello, que parecía una camisa que se extendía incluso por debajo de la cadera. Sus piernas estaban cubiertas por un extraño pantalón enrollado, y zapatos que cubrían poco más que los dedos y la parte baja de sus pies. Anna había visto vestimentas parecidas a ésta en algún libro sobre los pueblos de Oriente.

???: Veo que tus artes comunicativas están por encima del promedio, pero aún no logras dominar todas las lenguas de los comunes... Está bien si hablamos en germano, ¿cierto?

La niña se lanzó del árbol, deslizándose cómodamente a través del aire, irrespetando la gravedad misma, hasta posicionarse en frente de Anna, quedando suspendida en el aire un poco por encima de su cabeza.

Recostada como si se tratara de un cómodo mueble, la niña comenzó a mirar de reojo a Anna, flotando alrededor suyo. Anna también la observaba, el neutro color azul de sus ropas, la corta trenza que resumía sus negros cabellos, la extraña joya negra que se ubicaba centrada un poco encima de sus cejas. Y lo que más le impresionó, la mirada vacía en sus ojos verdosos y rostro moreno, delineada por marcadas ojeras diagonales. Era la segunda vez que una mirada le causaba una impresión de ese tipo, y la primera no había sido hace mucho tiempo.

???: Por favor, no temas. Veo temor en ti, no deberías sentir temor.

El acento oriental de la niña corroboraba las sospechas de Anna sobre su ropa.

Anna: Lo siento... es la primera vez en mi vida que una niña flota a mi alrededor.

La niña soltó una risa animada.

Anna: ¿Cómo te llamas?

???: Mi nombre es Ramma... Ramma de los Monzones, hija de nadie más que de la Tierra misma.

La niña se contorneaba con delicadeza mientras rodeaba a Anna en su levitación, examinándola con mucha atención.

Ramma: Entonces... ¿de verdad te gustan?

Anna tocó lentamente con ambas manos los nuevos adornos de su cabello.

Anna: S-sí... ¿son tuyas?

Ramma: Son el producto de mis manos, al igual que este bosque.

Anna hizo el ademán de quitárselas para devolverlas a su propietaria.

Ramma: ¡No! ¡No! Son tuyas... son para ti, Anna Green.

Anna: ¿C-cómo sabes mi nombre?

Ramma: Anna Green no es tu verdadero nombre, sólo es el nombre que te dio Benedikt von Schwarzenberg. Tú no gustas de tu verdadero nombre, me pareció irrespetuoso usarlo para llamarte.

Anna quedó atónita, sólo dos personas en el mundo conocían su verdadera identidad, ella y su padre.

Anna: ¿C-ómo-

Ramma: No, tu padre no se lo dijo a nadie más... no puedo explicarte exactamente cómo lo sé, pero puedo resumirlo en que decidí observarte.

Anna: P-

Ramma: No sé nada más que lo que tú sabes sobre ti misma, por ahora. E-

Anna: ¡Por favor! ¿Podemos hablar como personas normales?

Ramma: Por supuesto. Perdón, me emocioné un poco.

Y era cierto, mientras el diálogo había avanzado, Ramma hizo en el aire un ademán de recostarse boca abajo, poniendo su rostro sobre sus manos en señal de curiosidad.

Anna: ¿Qué... eres?

Ramma: Soy un Hada, igual que tú.

Anna: ¿Yo... un Hada?

Ramma: Así es, bendecida con el Don del Deseo, el aura blanca pura... tu espíritu es absurdamente antiguo, pero, por ahora, incapaz de recordarse a sí mismo.

Anna: Y-

Ramma: Siento interrumpirte, pero temo que no es propicio responder las preguntas que tienes en mente en este momento... Por favor, pongámonos en marcha.

Anna: ¿A dónde?

Ramma: Buscas a la mujer conocida como Dorothea Braithwaite ¿no es así?

Anna: S-sí.

La niña comenzó a moverse en el aire con lentitud en dirección opuesta a la que miraba Anna. Así, se enfundó el arma y se volteó para seguirla. Paulatinamente, el ritmo de la caminata de Anna y la elegante levitación de Ramma se igualaron, mientras la niña encabezó la marcha por el dorado bosque, hasta que dejó de ser dorado, y la vegetación empezaba a asemejarse a la de aquel bosque tropical que rodeaba el hogar de Fleur.

Con el penetrante sol puesto en lo más alto del firmamento, y por ende en un caluroso medio día, comenzaron a recorrer una especie de camino natural, hecho del desgaste de las constantes pisadas de muchas personas, las cuales terminaban diseñando un sendero de tierra en medio de pasto y maleza. Anna no pudo evitar preguntar sobre las extrañas circunstancias horarias del lugar.

Anna: Estoy segura de que estaba comenzando a anochecer cuando llegué aquí... ahora es medio día... ¿qué es este lugar?

Ramma: Es mi casa, y tendrá el tiempo y clima que yo quiera... ¿Deseas enfriar un poco el ambiente? ¿Tal vez un poco de lluvia?

Anna: N-no.

Anna estaba tan concentrada preguntándose dónde se hallaba, que ni siquiera se tomó en serio la oferta de la niña.

Anna: ¿Dónde estamos?

Ramma: Ya te lo dije, en mi casa... mi hogar, mi propio espacio... no tan extenso y diverso como el Terrario, pero es mío.

Anna: ¿El Terrario?

Ramma se detuvo y se volteó hacia Anna, casi que apuntando la totalidad de su cuerpo suspendido hacia su rostro.

Ramma: De verdad no tienes idea de muchas cosas ¿cierto?

Anna sólo se limitó a mover su cabeza de un lado a otro para expresar negación. Ramma se volteó para seguir avanzando mientras hablaba.

Ramma: Me sorprende mucho que aquel conocido como Benedikt von Schwarzenberg no te haya dado la información básica sobre ti y los tuyos... ya no estás la tierra de los hombres comunes... cuando accediste a la Recomposición, fuiste traída a mi Jardín.

Anna: ¿Te refieres al santuario?

Ramma: Así es, una de las propiedades de las Piedras Topológicas es direccionar procesos de transformación lo suficientemente fuertes como para llevar a cabo la Recomposición de un espíritu en cualquier lugar deseado. Aquel monolito es una muy buena forma de comunicación instantánea con la Tierra.

Anna: Entonces... ¿en dónde estamos?

Ramma: Muy lejos... en cualquier parte del Universo, o tal vez en ninguna. La localización de los Jardines se entiende en un lenguaje en el que las direcciones en tres dimensiones que conoces pierden sentido. Tal vez algún día lo entiendas.

Anna se tomó un momento para entender el discurso de la niña morena, mientras pensaba cómo no había caído presa del pánico con todo lo que había visto ¿de verdad estaba volviéndose más fuerte?

Continuaron el camino mientras se adentraban en una especie de bosque que dejaba filtrar pequeños rayos de luz. El sonido de las chicharras al sol de medio día dejaba un ruidoso zumbido uniforme en el ambiente, tan fuerte que Anna necesitó alzar la voz para seguir hablando con Ramma.

Anna: Y tú ¿de dónde conoces a la señora Braithwaite?

Ramma: Eeehm... digamos que es mi hermana.

Anna: ¿Tu... hermana?

Ramma: O tal vez mi madre, o mi hija... no lo sé, es difícil explicarlo.

Anna no halló ningún tipo de coherencia en aquellas palabras, por lo que trató de extraer información de otra manera.

Anna: ¿Ella te envió por mí?

Ramma: En realidad, no. Tuviste la casualidad de aparecer mientras admiraba mis creaciones en el bosque, pero fácilmente pudiste haberte encontrado con cualquiera de nosotras.

Anna: ¿Nosotras?

Ramma: Sí, somos bastantes.

La niña completó aquel comentario con una amable sonrisa.

Anna continuaba en su proceso de asimilación, acoplarse a los fantásticos hechos en este viaje había consumido la totalidad de su atención, tanto que ya empezaba a olvidar lo que debía decirle a la almirante Braithwaite.

Tan pronto salieron de aquella zona plagada de chicharras, se adentraron en un tramo más angosto, rodeado de arbustos de altura considerable. El calor y el cansancio del largo viaje empezaron a afectar cada vez más a Anna, la necesidad de agua se tornó inminente.

Inmediatamente, Ramma hizo un ademán abriendo su mano derecha. Líquido comenzó a brotar de las hojas de los arbustos que iban recorriendo, acumulándose encima de la palma de la mano extendida. Simultáneamente, una especie de cuenco se formaba al lado de la niña, de pedazos de tierra que emergían del suelo y se comprimían dándole la forma al recipiente.

Tan pronto pudo llenar con el líquido el cuenco recién formado, lo hizo llegar a las manos de Anna, levitando al igual que ella.

Ramma: Es agua pura, bebe... entiendo que debes estar cansada, pero estamos muy cerca.

El agua cristalina fue un deleite para el paladar sediento de Anna, como si le hubiera regalado un poco de vida. Ahora salían de aquel túnel de arbustos, el camino se descubría un poco para hacerse al lado de un arroyo de ancho no despreciable, que destacaba por la increíble quietud de sus aguas.

En los minutos siguientes, Anna miró atentamente al arroyo, esperando alguna agitación en sus aguas, las cuales se veían tan quietas que era difícil afirmar la dirección en que éste iba. La quietud empezó a irse cuando las crecientes hondas en el pequeño caudal indicaron la presencia de una bañista que encontrarían metros más adelante.

Se trataba de una hermosa mujer que se hallaba parada en la mitad del arroyo, para Anna lucía de no más de 25 años. La profundidad del agua hacía que ésta cubriera su cuerpo hasta la cadera, por lo que Anna pudo observar detenidamente y envidiar su figura desnuda.

Piel blanca y fina, pechos generosos y armónicamente formados, pero no lo suficiente para decir que se trataba de un tamaño excesivo. La mujer, de nariz aguileña y cabello claro, se mostraba concentrada en verter agua sobre su cuerpo con delicadeza, la cual extraía del arroyo con un cuenco de brillante metal.

Cuando Anna y su compañera de viaje pasaron justo en frente de ella, se percató para saludar a Ramma de forma gentil y con una pequeña venia.

???: Sol ut benedicat tibi hodie, ETESIA Ramma.

Era latínico, esto y los rasgos físicos de la mujer le dieron a Anna la idea de que tal vez venía de alguna región de las Antiguas Metrópolis. Ramma se detuvo para corresponder el saludo.

Ramma: Sea la Tierra tu bendición, Lucilla De Angelis.

La mujer se fijó en Anna, clavándole su mirada desde el principio, y luego apresurándose a salir del estanque para analizarla más detenidamente. Conforme daba unos pasos fuera del estanque, Anna pudo sentir más envidia al ver la totalidad de la figura desnuda de la mujer. Envidió las curvas por las que descendían las gotas de agua remanentes en su piel, recorriendo desde la cintura hasta las piernas. Anna envidió incluso la pincelada que claros vellos dejaban en su pubis.

El espectáculo duró poco, pues a medida que Lucilla salía del arroyo, abrió sus brazos para que una prenda atraída desde algún lugar en la orilla comenzara a cubrir su cuerpo. Un vestido fue adhiriéndose perfectamente al cuerpo de la mujer, mientras sus nudos y encajes se ajustaban a cada parte de la esbelta figura. Y no sólo eso, pequeñas varillas e hilos que parecían de oro fueron acomodándose en su cintura, su cuello y sus muñecas.

Para cuando la hermosa mujer estuvo en frente de Anna, ya se hallaba ataviada con el delicado vestido verde pálido, y las varillas e hilos de oro se habían enroscado para dar forma a dos pulseras, un collar, un delgado cinturón, y un extraño adorno que rodeaba su oreja derecha con hermoso detalle. Fue ahí cuando miró a Anna con la misma curiosidad que Ramma mostró al principio. Sus ojos eran verdes, pero con detalles dorados que incluso combinaban con los pocos rayos de luz solar que los árboles dejaban pasar hacia el arroyo.

Lucilla: ¿Domenica? ¿Quid tu hic agis?

Anna se sintió intimidada, parecía como si la mujer la estuviera confundiendo de alguna forma, pero el diálogo tenía algo de reclamo.

Ramma: Ella es Anna Green. Por favor, habla en germano.

Lucilla: ¿Anna... Green?

Anna: Eehm... un gusto conocerte.

Lucilla: No puedo creerlo... de verdad eres tú.

Lucilla caminó alrededor de Anna mirándola de arriba abajo. Si se sintió intimidada por la presencia de la mujer, lo fue más cuando se acercó a su cuello y trato de olerla.

Lucilla: De verdad, no puedo creerlo... tantos años han pasado y sigues igual... Domenica... apestas a él, incluso te ves como él.

Anna no pudo hacer más que mirar a Ramma en busca de alguna respuesta. La niña no hizo más que desentenderse del asunto.

Lucilla: ¿Dora fue quien la trajo aquí? ¿A ella, de todas las personas?

Ramma: ¿La conoces?

Lucilla: Por supuesto... por supuesto que sí.

Ramma: Ella no te conoce, su espíritu no reconoce más que su actual manifestación en el Universo.

Lucilla: Ya veo, ya veo.

Ramma: Debemos irnos, Anna está un poco cansada, su viaje hasta aquí ha sido largo.

Lucilla: No lo dudo.

Lucilla no paraba de mirar a Anna. Todas las preguntas y comentarios deberían haberse sentido como un mar de confusión, pero el cansancio le impedía pensar en cualquier actividad que no fuera instintiva, por lo que en aquel momento sólo quería llegar a su destino.

Ramma: ¿Vendrás con nosotros?

Lucilla: N-no... me uniré a ustedes más tarde, tengo asuntos pendientes aún.

Sin ninguna despedida, la mujer se dio la vuelta y caminó para cruzar de nuevo el arroyo, esta vez pasando por encima del agua, hasta cruzar un par de arbustos que la sacaron de la vista de las presentes. Su caminata sobre el agua y los colores que la caracterizaban le recordaron a Anna los hermosos retratos de la Época Metropolitana, que su padre le había enseñado cuando era una niña, de verdad era un sentimiento hermoso.

Continuaron el camino hasta que éste se separó del arroyo, iniciando una pequeña pendiente que las llevó a un viejo portón de madera. Cruzar este portón le otorgó a Anna el paisaje más atípico y a la vez hermoso que pudo ver desde que llegara a Kono.

A partir del portón, la pendiente terminaba para convertirse en un enorme campo que parecía descender para luego aplanarse un poco. Iniciaba un camino a manera de pasillo, y a los lados, hileras de tulipanes negros puestas con la mayor linealidad posible. Estas hileras de tulipanes negros se extendían hasta donde daba la vista, no sin antes rodear una enorme casa de campo de estilo británico, salida del más puro imaginario de los aristócratas de Anglia. Se notaba que aquella casa era enorme, pues se veía bien distinguida al menos a unos 5 kilómetros de distancia.

Contemplar aquel paisaje le dio un cálido sosiego a Anna, con el cual se dio el ánimo para seguir a Ramma a través del hermoso pasillo. Pisaban un camino de sutil polvo, que incluso se sentía distinto a la demás tierra que recorrió anteriormente. Mientras caminaba, podía ver pasar uno que otro pétalo negro revoloteando, conducido por el capricho del viento, que doblaba los tallos de las inusuales flores.

Anna: Ramma... ¿Podrías, por favor, caminar? Ya he visto suficientes mujeres flotando y ejerciendo su divinidad por hoy.

La niña se detuvo un momento y alzó sus cejas, tras ver la expresión confundida y sobrecargada de Anna, accedió a su petición.

Ramma: Flotar y manipular el ambiente no nos hace más divinas que cualquier común que se levanta cada mañana a conseguir el sustento de su familia.

Anna se sentía un poco cansada como para los monólogos de bonitas palabras, así que decidió no profundizar el tema.

Anna: Ramma de los Monzones... ¿qué significa?

Ramma: El nombre con el que nací fue simplemente Ramma, hija de Dasha... de la casa real de Aiodiá... nací para ser una princesa para mi gente... cumplir mis labores como mujer de alta alcurnia entre los míos.

Ramma: A muy corta edad me fue fácil entender los principios de creación, conservación y destrucción de nuestro Universo... las reglas elementales que manipulan los aspectos claves de la vida y la muerte... aprender sobre los caprichos de la energía siempre fue mi vocación, y mi gente lo supo desde temprano. Para mi padre, los dones con que vine al mundo eran la señal y bendición para salvarlo... fui escogida para luchar y acabar con Raava, la serpiente de los Lagos... y así lo cumplí.

La niña tomó con presteza un pétalo que pasaba cerca de ella.

Ramma: En realidad, fue tarea fácil, lo que Ramma como hizo como mujer, pudo haberlo hecho como pequeña niña... pero no todo es lo que parece. Raava tenía hijos, familia... Raava era todo un pueblo... un pueblo que exterminé para la conveniencia de mis semejantes.

Ramma: Cuando la idea de salvar a la humanidad se confunde con los deseos del más común de los hombres, no hay nada de divino incluso en el más sublime de los dones... sentí ira, ira como nunca había sentido... y entendí que cada impulso que moldea los conflictos sólo es parte del ciclo de crueldad de nuestro Universo.

Ramma: Así, decidí desentenderme de los asuntos de los comunes. No sin antes equilibrar el sistema que desequilibré... Lo monzones llegaron a las tierras de Aiodiá... la lluvia inundó mi pueblo por meses... años... las cosechas perecieron, el ganado murió... quienes no murieron ahogados, murieron de hambre, frío o enfermedades. El monzón, en adelante, sería una señal para recordarles a los comunes lo inevitable del Ciclo Mayor... Ramma... Ramma de los Monzones.

Anna: Tú... vienes de otra época.

Ramma: Al igual que todas nosotras.

Anna: Lucilla, e-

Ramma: Sí, su historia también se cruza con los insensatos deseos de los comunes... pero no es mi papel contarla.

Anna: Ustedes-

Ramma: Todas tus dudas se responderán aquí, Anna Green.

La niña paró para señalarle la enorme casa, la caminata había pasado desapercibida, y ya se encontraban en su destino.

Anna se detuvo a contemplar la enorme estructura, de al menos unos 15 metros de alto y finos acabados hasta en la mas insignificante ventana. Avanzó lentamente mientras la niña se quedaba atrás, Anna se sentía tan atraída por aquel lugar que la presencia de Ramma pasó a segundo plano.

Mientras observaba cada rincón de la propiedad, pudo notar cómo la luz empezaba a irse. Miró hacia el cielo, y notó al enorme astro moverse a una velocidad inusual, para empezar a ponerse en el horizonte. La entrada de la casa estaba plagada de lo que parecían lámparas de aceite, las cuales comenzaron a iluminarse una por una, como si supieran que la noche se avecinaba.

???: Las manos que sostienen el destino de la humanidad no pueden empuñar bien un pico de hierro.

Era la misma voz, la misma burla. Anna trató de buscar a su dueña, y la encontró saliendo de la puerta principal de la casa.

???: La ironía más grande de tu destino también es la más antigua, la primera de ellas.

Una forma femenina descendía por las escaleras del pórtico de la enorme casa, caminando con elegancia. Tenía rasgos ridículamente similares a los de Fleur, pero se distinguía en su cabello oscuro, al igual que sus ojos. Compartía la misma mirada vacía de la niña oriental y la muchacha latínica, como si todas ellas hubieran visto el mismo horrible fantasma.

A medida que avanzaba hacia ella, pudo identificar sus rasgos y vestimenta. Llevaba una camisa de campaña muy similar a la que traía Anna, tal vez del mismo color, pero no podía asegurarlo debido a la luz menguante del lugar. También usaba botas y un pantalón muy parecido a aquellos reglamentarios de los ejércitos, de color marrón oscuro, tal vez negro.

La luz que producían las lámparas se reflejaba en las joyas que llevaba por todo su cuerpo: muñecas, cintura, cuello. Incluso un adorno dorado en su oreja, bastante parecido al de Lucilla. Pero lo que más resaltaba era el arma que llevaba enfundada, una especie de florete cristalino de hermosos adornos, que despedía una luz tan incandescente, que hizo a Anna dudar de que fuera sólo una reflexión de la luz de las lámparas.

Anna supo que había llegado a su destino.

Anna: Almirante Braithwaite.

Dorothea: Llámame Dora.

La mujer se detuvo unos metros delante de Anna, su presencia se mostraba más intimidante que las de las mujeres que acababa de conocer aquel día, y no precisamente por su belleza, era como si la mujer respirara poder.

Dora: Antes de dejarte entrar a mi hogar, debo escuchar tus intenciones... debo confirmar que lo que está en tu cabeza de verdad sale por tu boca... Dime, mi niña ¿qué te trae por aquí?

Un ruido seco perturbó el ambiente y aisló a Anna de la conversación, en tanto volteó a ver de qué se trataba. Una nueva figura se posaba al lado de Ramma, una mujer que hasta ahora no había visto. Cuando decidió responder a la almirante, otro ruido similar captó de nuevo su atención. Ahora era Lucilla quién aparecía en la escena, junto a un revoltijo de polvo muy similar al del santuario.

Comenzó una sucesión de ruidos secos, y en un instante, la entrada de la enorme casa se llenó de mujeres desconocidas. Todas con vestimentas distintas, algunas bastante extrañas, Anna pudo ver una increíble variedad de rostros y colores de cabello, cada uno más hermoso que el anterior, y, sobre todo, miradas vacías. Todas estas miradas apuntaban hacia Anna.

Volteó para responder la pregunta de Dora, la presión de todas aquellas miradas se hizo tan fuerte que decidió ignorarlas.

Anna: E-el mundo está a punto de convertirse en un lugar muy peligroso... el destino de la humanidad está en manos de unos pocos... y... y por eso... quiero que venga conmigo.

Dora: ¿Contigo?

Anna: Quiero que sus dones construyan un mundo mejor.

Dora: ¿Es eso cierto?

La mirada de la almirante hacía algo más que examinar las palabras de Anna.

Dora: No puedo creerlo, de verdad lo dices en serio.

La mujer soltó una ruidosa carcajada, que a pesar de lo estrepitosa no dejaba de sonar elegante, a su diversión se unieron las risas de algunas de las presentes.

Dora: Entonces ¿quieres que vuelva para salvar el mundo de los comunes?

Anna: No... quiero que me ayude a salvarlo.

La risa de la almirante Braithwaite se intensificó hasta perder su anterior elegancia.

Dora: Las manos que sostienen el destino de la humanidad... me pregunto... ¿qué haría la humanidad sin aquellas manos? ¿desapareceríamos si no estás para salvarnos?

Anna: No entien-

Dora: Supongo que podemos averiguarlo.

Anna no supo en qué momento comenzó a luchar para respirar, ni en qué momento una punzada infernal se alojó en la boca de su estómago. Cuando pudo tener plena conciencia de los hechos, se hallaba por encima del suelo, sin siquiera poder agitar las piernas.

El hermoso florete cristalino estaba penetrando su abdomen hasta salir por su espalda, empuñado por la mano de la almirante Braithwaite, cuyo solo esfuerzo la había sacado del piso y la estaba sosteniendo mientras la muerte se le acercaba.

Dora: Parece que las manos que sostienen el destino de la humanidad son tan frágiles como cualquier otro par de manos.

Anna no hizo más que agarrarse de aquella mano que levantaba su cuerpo y el florete, apretándola con sus manos como si pudiera romperla, como si pudiera quemarla o deshacerla. Miró de frente los ojos muertos de su verdugo mientras luchaba por respirar la más pequeña bocanada de aire. Se pegó tanto de la mirada de Dora, que en algún momento sintió como si la arrastrara a su propio sufrimiento, como si pudiera compartirle la agonía que ella acababa de causar.

Luchó para respirar con dificultad mientras se le cerraban los ojos, y el último espejismo que pudo ver fue el de la aterradora mujer sufriendo con ella. Se sintió caer en la oscuridad, pero no sintió el golpe contra la tierra.


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