Parte 10: Fiebre de Oro
Fiebre de oro.
La copa se veía un poco sucia, algo polvosa, al igual que la botella desde la cual se estaba llenando del extraño licor de la región. Anna veía con atención el chorro que emanaba de ésta, como si eso le permitiera verificar que el líquido no fuera a intoxicarla de alguna forma. En realidad, era tarde para eso, pues iba por su quinto trago. El sabor anizado de lo que los pobladores llamaban aguardiente le parecía excesivamente dulce, pero le agradaba el calor que ponía en su pecho y en sus mejillas.
El resto de aquel remedo de cantina era como la botella: sucia y polvosa. Anna se hallaba sentada en la barra, mientras esperaba al estrafalario Augusto Ross. Decidió voltearse un poco y darle la espalda a la chica que la atendía para divisar el resto del espacio. Las mesas de madera desgastada tenían 5 ocupantes entre todas ellas, hombres morenos o mestizos que bebían cerveza o aguardiente con una expresión similar. Rostro y cabeza caídos, tal vez por cansancio o melancolía.
Esta expresión le pareció la más usual al entrar al pequeño pueblo de Kono, Ross le había dicho que por ser martes no encontraría muchas personas en aquel caserío, pues la mayoría vivían en la extensión rural y en las minas aledañas, y estarían ejerciendo los precarios trabajos que requería la extracción de oro que distinguía a la zona. Al llegar, encontró personas en ropa corta y rasgada, sentadas en andenes rudimentarios, mujeres lavando prendas sobre extrañas rocas talladas, y niños delgados y barrigones corriendo por todo el pueblo, divirtiéndose con palos u objetos que simularan una pelota. Anna pensó que aquellos niños eran, irónicamente, los únicos que se salvaban de la cara casi lúgubre de los locales.
Un hombre moreno y pequeño, tal vez de menor estatura que ella, entró a la cantina con todo el ruido posible, y se ubicó en el banco contiguo al suyo en la barra.
Hombre: ¡Milita, una cerveza!
Inmediatamente, el hombre clavó su mirada en Anna. Esto no se le hacía raro, casi desde que se adentró en la profundidad de las colonias hispánicas, cada recinto al que entraba era una sucesión de miradas. El cabello rojo y los ojos azules no eran comunes en la región, tal vez sería la primera vez que los locales vieran a alguien como ella.
Aquel moreno, de ropa sucia y aspecto un poco perverso, comenzó a hablarle en su lengua. Anna no conocía mucho de los idiomas más semejantes al latínico, y específicamente el hispano le había parecido un reto que no valía la pena asumir. Sólo optó por mirar de arriba abajo al hombre, indicando desatención a sus palabras, pues tenía una muy buena idea de lo que trataba de transmitirle, y no le agradaba.
Mientras Mila, como supuso que se llamaba la cantinera, destapaba la botella y la ponía en la barra para el hombre, éste comenzó a balbucear aproximando su cara a la de Anna.
El colmo llegó cuando sintió la mano de aquel moreno rozar la suya, pero esta sensación no duró mucho, en tanto al siguiente instante, Anna llevó su pistola de la funda de la cadera a la frente de él. Por alguna razón, sentía que ya se había encontrado en situaciones peores como para no reaccionar para su propia defensa.
Sin miedo a la amenaza, el hombre llevó su mano a un cuchillo que tenía enfundado en la espalda baja. Una voz gruesa pausó la acción.
Ross: ¿Hay algún problema?
Ross avanzó desde la entrada. La trifulca que parecía estar por iniciar no había captado la atención de los presentes, pero estos se inmutaron al ver la enorme figura de Ross.
Mila: Ella viene con Don Augusto.
Inmediatamente, el pequeño moreno se separó de Anna. Ross se detuvo cerca de ella, y le preguntó lo mismo en el inglés elemental con que se comunicó con ella desde el principio.
Ross: ¿Todo bien, señorita Belmont?
Anna bajó su pistola, y lanzó la pregunta al hombre.
Anna: ¿Hay algún problema?
Hombre: No, señora. ¡Le ruego me perdone!
Con la mirada de Ross fija en él, aquel hombre pequeño dio una reverencia mientras se apresuró a salir de la cantina.
Ross: Veo que usted es una mujer aguerrida.
Anna: No lo suficiente, señor Ross.
Ross se dispuso a sentarse en el lugar que el hombre había dejado vacío, y procedió a tomarse la cerveza que había dejado intacta.
Ross: Milita, llámame a tu papá.
La cantinera, que no podía tener más de 16 años, se dirigió a una puerta que daba a la parte de atrás del edificio. Volvió con un hombre moreno, igual que ella, que limpiaba sus manos con un trapo. Se trataba de su padre, quien tomó una expresión temerosa al ver la figura de Ross.
Ross: Don Carlo.
Don Carlo: Don Augusto, ¿cómo está? ¿ya le sirvieron algo de tomar?
Ross: Su hija me atiende bien, como siempre... vengo por lo de la semana.
El padre de la cantinera, seguramente dueño del lugar, se apresuró a buscar algo en las gavetas de la barra. Luego le entregó un sobre con dinero a Ross.
Don Carlo: Me hacen falta un par de pesos, pero se los compenso la otra semana.
Ross: Claro, mi don. No hay problema.
Ross se levantó del banco y ofreció su mano a Don Carlo, quien la estrechó con temerosa solemnidad.
En un instante, el enorme moreno tomó el brazo de Don Carlo para poner su mano contra la madera de la barra. Ross se sacó una daga del cinto y la clavó en la mano del cantinero, traspasando hasta la madera. Éste emitió un chillido de dolor, en conjunto con el grito de su hija. Anna quedó perpleja ante la escena.
Ross: Ahora debo acompañar a la señorita Belmont a hacer una diligencia... espero el resto cuando vuelva mañana ¿entendido?
Don Carlo: S-sí señor.
Ross: Ahora sí, no hay problema.
Tan pronto como Ross retiró su daga, de la cortada en la mano de Don Carlo emanó un charco de sangre. Ahora, el hombre adornado de oro le habló a Anna en inglés.
Ross: Vamos.
Anna lo siguió hasta el poste donde habían atado los caballos que los transportaban, mirándolo con sorpresa, pero no temor. Desde que la recibió en el aeropuerto, muchos kilómetros atrás, Ross se había mostrado como un tipo amable, a pesar de su obvio aspecto de mafioso. El repentino cambio de humor la tomó desprevenida, aunque al salir de la cantina ya había vuelto a ser el de antes.
Cuando ya estaban montados en los caballos, Ross notó la expresión sorprendida de Anna.
Ross: Un sobre ligero será el primero de muchos si no se corrige a los que deben.
Anna trató de forzar una cara alivianada.
Anna: N-no es nada.
Avanzaron lentamente en sus caballos, dejando una estela de polvo a su paso, mientras salían de las menos de 20 casas circundantes que conformaban el poblado de Kono.
Ross: Ahora iniciamos la última parte del viaje ¿eso no le alegra?... estoy seguro de que de donde viene usted, no han visto tanta miseria ni en sus sueños.
Anna: Desearía poder contradecirlo, señor Ross. Pero no me es posible.
En realidad, la miseria no era lo único espantoso del lugar para Anna. Inexplicablemente, aquellos terrenos tenían un ambiente árido, y un permanente olor amargo, más fuerte que el del asfalto mojado por la lluvia.
Ross: Naturalmente, espero mi pago por la escolta.
Anna: Tendrá la otra mitad de su dinero al llegar a nuestro destino, y si el destino es lo que usted prometió.
Ross: Es una tarea fácil, cuando le hablé al Barón de la señora Flora, dijo que no tenía dudas de que con ella encontraría tulipanes negros.
Anna: Eso espero.
Ross: Quien debería estar preocupada es usted, no entiendo cómo puede aventurarse sola con un desconocido como yo... y en un país tan peligroso como éste.
Anna miró seria y fijamente a Ross, quien tras unos segundos lanzó una estruendosa risa.
Ross: Sólo bromeo... el Barón y yo guardamos una estrecha relación de amistad y negocios... además, usted me inspira una confianza extraña, como si supiera que no puede hacerme daño... es usted una buena persona.
Anna lo miró y respondió con una sonrisa amable.
Anna: Aún no conoce ni la mitad de Emilia Belmont, señor Ross.
El moreno volvió a reír, y Anna lo acompañó.
El mafioso de Kono era una persona agradable, la extravagancia de su vestir no superaba la de su personalidad, y eso lo hacía una persona de disfrutar. Fue el encargado de guiar a Anna en su misión desde que arribó a Sacrum Cor.
El viaje tenía dos propósitos, según su padre. El primero era exiliarla por un tiempo, pues el encuentro de Anna con la decuria 44 había arruinado el par de años que le tomó su inserción y operación con el ejército galo. Al menos para ellos, Anna Green había muerto en el Bosque Oscuro. Entonces, Von Schwarzenberg debía alejarla por un tiempo mientras encontraba cómo asignarla a una nueva extensión de lo que llamaba su "plan".
Aparentemente, éste era el segundo propósito de su expedición, iba en busca de algo lo suficientemente fuerte como para detener el poder militar del Imperio Germano, y eso, según su padre, eran los tulipanes negros. Pero de eso no podía hablar con Ross.
El sonido del río que pasaba cerca de Kono empezó a hacerse más fuerte, y pronto, el camino que seguían se pegó a la orilla de éste. Cuando Anna vio la corriente, le pareció que el pequeño caudal no se ajustaba con su enorme anchura. El agua corría de un color marrón extraño.
Anna: Es el verano lo que ha disminuido el caudal del río?
Ross: El verano y la fiebre de oro... para extraer nuestro oro del río hemos necesitado hacer constantes represas y detonaciones en las montañas. Puede culparnos a nosotros... o a su país... por cierto ¿de dónde viene usted?
Anna: Mis padres son galos, pero nací en una pequeña aldea al norte de Anglia.
Ross: Bueno... en realidad creo que eso no importa. En la minería de Sacrum Cor han tenido parte todas las potencias posibles, desde el imperio Anglo hasta el reino de Galia. Incluso los rusos siguieron viniendo aquí después de la fragmentación de su país.
Anna: ...
Ross: No es que proteste, para mí ha sido un negocio bastante lucrativo, como puede usted ver. Desde el uso de cianuro hasta los pobres explotados que usan bateas, me han llenado los bolsillos... algún día gastaré todo lo que tengo, tal vez para comprar otro río.
Mientras comenzaban a ascender por una especie de pequeña cordillera, Anna pudo observar a un montón de personas distribuidas sobre partes muy bajas del río, meneando sus bateas. Previamente, Ross le había dicho que esa era la rutina de cada día para los locales.
Sin embargo, lo que hallaba menos usual, era observar cómo los perímetros estaban custodiados por hombres armados con rifles y carabinas. Uno de estos abrió un portón de madera para ellos, tras saludar a Ross de forma despreocupada. Mientras continuaban el ascenso, Anna preguntó por aquellos hombres armados.
Anna: ¿Ese es el ejército de Sacrum Cor?
Ross: Eehm... algunas veces... pero la mayoría de custodios puestos en las minas son pagados por nosotros. Ya sabe... si uno necesita proteger su propiedad, es mejor hacerlo uno mismo.
Anna: ¿Ejércitos privados?
Ross: Podría decirse que sí... la mayoría de los hombres de negocios locales terminan perteneciendo a algún grupo armado... yo estoy con los Picos Rojos, éste es nuestro territorio.
Anna: ¿Grupos armados?
Ross: Sí, lo que los activistas de su continente suelen llamar paramilitares. Es gracioso porque... las potencias tienen sus propios grupos armados pagos, sólo que les llaman mercenarios... y están conformados por elegidos.
Anna: Tenía entendido que los Picos Rojos se habían alzado en armas para liberar a este país del partido de gobierno.
Ross: Haha... así es, así es. Pero toda operación armada requiere financiación, y... supongo que hay un punto donde nos gusta más la financiación que la liberación... y decidimos quedarnos con nuestra tierra... y organizarla como nos guste.
La pendiente que recorrían llegó a una especie de cima plana, donde podían ver el enorme paisaje que ocultaba aquella cordillera. Este paisaje se veía incluso más desolador, de tinte gris y plagado de minas a cielo abierto.
Ross: Bueno... justo a tiempo. La última vez que una organización armada se propuso realmente liberarnos de la tiranía, todo terminó con la creación del Cráter de Brent... el cual puede usted observar en la lejanía.
Y era cierto, Anna había escuchado historias sobre la revuelta minera de aquella región hace bastantes décadas, que fue aplastada en Brent. Los detalles nunca fueron completamente aclarados, pero su padre le dijo que a quien ella buscaba ahora, tenía que ver con lo que ocurrió ahí.
El cráter de Brent era una monstruosidad circular, no podía calcular su tamaño, pero debía ser demasiado grande si lograba distinguirse tan fácil desde una distancia tan larga, como la que había entre ese lugar y la montaña donde se hallaban. El espacio que ocupaba en la vista era similar al de las minas a cielo abierto.
Ross: Al final, supongo que hay cosas que somos demasiado débiles para poder cambiar... entonces... es preferible adaptarnos a las situaciones.
Continuaron en su camino por la cima de aquella cordillera, hasta que, horas más tarde, pudieron descender sobre la misma y ubicarse al pie de un valle. Ross le dijo que el río que contemplaban ahora era el mismo que habían dejado atrás en Kono. Pero para Anna esto no tenía sentido, el caudal de este río era bastante voluminoso, y de aguas de color sano. Esto pudo evidenciar al cruzarlo por un enorme puente de metal.
Conforme se distanciaban más del río, el ambiente cambiaba drásticamente. La atmósfera polvosa desaparecía poco a poco, y los terrenos se tornaban más verdes. Hasta que la cantidad de flora tropical le quitaba a la zona su carácter abierto e imposibilitaba ver el horizonte. El sonido de las pisadas de los caballos, que era el único ruido que acompañaba la caminata, empezó a ser opacado por sonidos de aves, insectos y el bosque mismo.
En un punto, Anna pudo notar que el molesto aire amargo de Kono había sido reemplazado por un olor agradable, que tal vez pudiera identificar en alguna flor, pero no tenía idea de cuál.
Ross: Bueno... ya estamos llegando.
Metros más adelante, aquel tramo de bosque tropical fue abriéndose, para dejar ver un paisaje espléndido.
Una cerca de madera los separaba de una especie de granja con cultivos casi geométricamente distribuidos en líneas, por un lado, existían surcos con todo tipo de vegetales comestibles. Por el otro lado, una cantidad ridícula de colores, los cuales Anna identificó con muchos tipos de flores. El paisaje que ahora Anna entendía como la hacienda de Flora, se centraba en una enorme casa campestre de estilo antiguo, pero nada descuidada. Era obvio que la maraña de cultivos puestos ahí se extendía más allá de aquella casa, incluso se podía observar un lago muy al fondo, después de extensiones de potreros con ganado.
Un niño los esperaba en el portón de aquella cerca.
Niño: ¡Don Augusto! Mi mamá lo está esperando, a la muchacha también.
Ross: ¡Gracias, hijo!
Conforme siguieron a través de la cerca, otros niños se unieron a ellos, correteando al lado de los caballos. Cada vez aparecían más, se hallaban jugando en los cultivos, o recogiendo sus frutos. Todos parecían dirigirse a la casa, pues la noche empezaba a mermar un poco la luz del día.
Anna: ¿Qué ganancia toman ustedes de este lugar? ¿cómo es que se mantiene intacto?
Ross: No se sabe de la presencia de oro aquí, y la señora Flora nos provee con lo que sea que necesitemos, es una espléndida persona, nadie se mete con ella... todos estos niños son huérfanos de algún lugar, ella les da techo, comida y trabajo hasta que deciden irse.
Finalmente, llegaron a la entrada de aquella casa. Tras atar su caballo en un poste, Anna tomó la bolsa con sus pertenencias, y se dispuso a entrar con Ross. Se topó con un enorme comedor, no pudo contar cuantos puestos tenía, pero hacía de aquella habitación un enorme pasillo iluminado por un complejo sistema de velas. Niños de todas las edades, y algunos chicos jóvenes, se dedicaban a preparar aquella enorme mesa para la cena.
Tras cruzar la enorme estancia del comedor, llegaron a una especie de cocina. Una chica se desentendió de las labores que hacía ahí para acercarse a ellos. Anna notó instantáneamente su presencia, incluso a pesar de lo manchado de sus ropas. Era hermosa, de ojos claros y cuerpo esbelto, de expresión tierna en su fino rostro y cabello un poco ondulado de color castaño con algunos mechones rubios.
Ross se apresuró a besar su mano a manera de saludo.
Ross: Señora Flora... es un placer saludarla.
Anna terminó confundida, escuchó cómo la llamaba Señora Flora, pero difícilmente se veía de mayor edad que ella. De acuerdo al archivo previo a su misión, y al trato con que Ross la mencionó durante todo el viaje, debía ser una mujer de por lo menos 50 años.
La mujer le contestó a Ross en hispánico, pero con un marcado acento de Anglia.
Flora: El placer es mío, Don Augusto. ¿cómo está su familia?
Ross: ¡Muy bien! La medicina para Luis funcionó perfectamente, como siempre. Se lo agradezco mucho.
Flora: Me alegro mucho. ¿Y quién es esta hermosa mujer?
Flora dirigió su atención a Anna, con algo más que curiosidad social. Definitivamente había algo extraño en ella.
Ross: Señora Flora... le presento a Emilia Belmont, es su compatriota, ha viajado desde muy lejos para verla.
La mujer le ofreció su mano a Anna, quien contestó el saludo con solemne delicadeza. Ross se dirigió a Anna en inglés.
Ross: Señorita Belmont, ella es la Señora Flora.
Antes de que Anna se dispusiera a hablar, Flora la interrumpió en inglés.
Flora: Es un gusto conocer a una compatriota, señorita Belmont.
Ross profundizó el ambiente ameno, mientras Anna continuó las formalidades.
Anna: El placer es mío, señora Flora.
La mujer alzó sus cejas inmediatamente Anna terminó de hablar, conocía exactamente ese gesto, había notado su acento ajeno al de los Anglos.
Flora: Por favor, pónganse cómodos. Estamos a punto de servir la cena.
Ross: Temo que no podré acompañarlas, tengo asuntos importantes mañana temprano, y debo volver de inmediato a Kono.
Flora: ¿Es eso cierto?
Ross miró a Anna. Previamente le había dado instrucciones de dejarla en el lugar y volver por ella al día siguiente, en tanto necesitaba hablar con la mujer sin generar ningún tipo de presión. Pero Anna estaba segura de que había llegado a su objetivo, ya no necesitaba de Ross.
Ross: Pasaré mañana por la señorita Belmont, espero pueda hospedarla en su casa.
Flora: Por su puesto, estoy feliz de hacerlo.
Anna: De hecho, no será necesario, señor Ross.
Anna y Flora se miraron fijamente, como si ambas supieran que las intenciones de su visita eran más profundas de lo que Ross sospechaba.
Anna tomó a Ross y lo alejó un poco de su anfitriona, sacó una enorme bolsa con monedas de oro, y se la entregó, hablándole en voz baja.
Anna: Su parte del trato está completa. Si necesito mayor asistencia lo buscaré en Kono.
Ross: ¿Segura?
Anna: Así es.
El moreno volvió a acercarse a Flora para besar su mano a manera de despedida.
Ross: El tiempo apremia, debo despedirme.
Flora: ¡Katrina! Ven un momento, por favor.
Una pequeña niña emergió del tumulto que existía en la cocina.
Flora: Por favor, lleva al señor Ross a un caballo fresco, y pon algo de comida en sus alforjas. Yo cuidaré de su cansado caballo y vendrá por él después.
La niña siguió las indicaciones, tomando con ambas manos el brazo de Ross para dirigirlo fuera de la casa.
Otros chicos ubicaron a Anna en el enorme comedor rectangular. Justo en frente se sentó Flora, inspeccionando a Anna con su mirada, pero con una sonrisa en su rostro que negaba toda sensación de peligro por su parte.
Uno de los niños pasó por el lugar de Anna, sirviendo una especie de estofado en su plato. Zanahorias, papas, cebollas, carne. Perdió cuenta de la variedad de ingredientes que vio, y se lanzó a probar sin preguntar, pues tenía más hambre de la que creía tener al llegar.
El ejercicio produjo una sorpresa muy grata, en tanto la comida fue un deleite para Anna, y Flora lo notó en la expresión de su rostro, lo cual respondió con una cara amable.
Flora: Espero la comida sea de su agrado, señorita Belmont.
Anna: Delicioso, delicioso.
El momento de la cena no tuvo conversación, Anna se abstrajo del ambiente del comedor mientras terminaba la delicia que le habían servido. Al terminar, pudo asimilar el placer y retomar el tema que la traía a aquel lugar.
Anna: Debo decir que estoy muy confundida, cuando el señor Ross me habló de la señora Flora, esperaba encontrarme aquí con alguien mucho mayor.
Flora: Bueno... mi esposo no se encuentra aquí en estos momentos, pero eso me hace una señora ¿no cree?
Anna contestó con una sonrisa desprevenida, sabía que la mujer era consciente del desajuste que Anna notó sobre su edad.
Flora: Y bien, señorita Belmont... ¿qué la trae por aquí?
Anna: Bueno, creo que el señor Ross comentó previamente esto... busco tulipanes negros.
Flora: Así es... pero supongo que el señor Ross le dijo que no tenemos tulipanes negros aquí. De hecho, tengo entendido que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que fueron vistos.
Anna: Por eso espero que usted pueda ayudarme.
Flora: Ya veo... por ahora puedo ayudarla con un baño caliente y haciéndome cargo de sus ropas... ¡Katrina!
La niña volvió a aparecer junto a Flora. Tras unas palabras en hispano, se dirigió a Anna para escoltarla fuera del comedor. La llevó al segundo piso de la casa, y la ubicó en una habitación bien acomodada, con una puerta interna que daba a un baño. Antes de entrar, le dijo un par de palabras en hispano y le dio la espalda, lo cual Anna interpretó como que necesitaba su ropa sucia.
Anna se deshizo de las sucias prendas de exploración que la acompañaban hasta el momento, dejando para sí la pistola y la daga que portaba. Cerró un poco la puerta para ocultar su figura desnuda de la niña, y le extendió las prendas con una mano. La niña hizo una reverencia y salió de la habitación.
Aquel baño tenía una amplia bañera de estilo antiguo, ya llena con agua caliente. Anna se tomó su tiempo, como siempre lo hacía en cada oportunidad de un baño caliente. Después de más o menos una hora, salió a la habitación cubierta por una toalla.
La presencia de otra niña la asustó un poco, tenía en sus manos una especie de pijama blanco a manera de vestido. Lo extendió con sus manos a Anna, y le habló en inglés.
Niña: La señora Flora la espera en su habitación, esperaré afuera para mostrarle el camino.
Tras ponerse la prenda, y darse cuenta de que no le fue provisto nada más, caminó descalza para seguir a la niña. Fue llevada al tercer nivel de la casa, la niña se detuvo en la puerta de la habitación indicando con una mano la señal para entrar.
Era una habitación enorme, pero eso pasó desapercibido frente a la decoración. Pequeños arbustos y flores distribuidos armónicamente por las paredes, otorgaban una combinación de colores de belleza sin igual. El olor floral que percibió al entrar a la hacienda fue más intenso que nunca en aquella habitación. Los arbustos rodeaban un conjunto de pinturas y retratos familiares, junto con el amoblado encabezado por una enorme cama. Ésta estaba deshabitada, por lo que Anna se dirigió a un balcón al que daba la estructura.
Ahí estaba Flora, descalza y con un pijama idéntico al que tenía Anna en ese momento. Recogía flores abultadas de una planta verde que se alzaba desde el suelo bajo el balcón.
Flora: Tulipanes negros ¿para qué podría necesitarlos una mujer como usted?
Anna: Tengo una propuesta, una propuesta distinta.
Flora: Señorita Belmont, ¿de qué parte de Germania viene usted?
Flora la miró con las cejas alzadas, ahora Anna pudo confirmar se delató a partir de su acento.
Anna: No soy germana, pero sí fui criada allí.
Flora: ¿Entonces viene de parte del ejército germano?
Anna: Es... difícil de explicar.
Tras recoger las flores en un recipiente, la mujer tomó una pequeña semilla de una de éstas y la puso en la palma de una mano de Anna.
Flora: ¿Qué pueden ofrecer los militares que no hayan ofrecido antes?
Anna: Redención.
La mujer lanzó una risa delicada y persistente.
Flora: Germania, Galia, Anglia, las Colonias Mayores... todos aspiran a lo mismo, y para eso nos requieren. Usted tiene que saber de lo que estoy hablando.
Flora fue alejándose un poco, mientras la semilla en la mano de Anna empezó a brotar a una velocidad descomunal. Raíces se extendieron hasta el suelo en busca de agua, por lo que terminaron en la tierra de un par de macetas a su lado.
Flora: Sólo fíjese dónde estamos. Estas personas se han matado por años, y así lo harán sus hijos, y los hijos de sus hijos.
Una flor verde y abultada, junto a un par de ramas con hojas puntiagudas, emergieron sobre la mano de Anna. Optó por poner la planta en una de las macetas.
Anna: Eso es lo que no termino de entender ¿por qué está usted aquí, de todos los lugares posibles?
Mientras se fijó en aquel extraño suceso, Flora la había abandonado en el balcón, y sus palabras no tuvieron respuesta. Cuando entró de nuevo a la habitación, la encontró recostada en la cama, fumando de una pipa que cargaba con las flores que recogió. Anna se dedicó a analizar el resto de la extraña habitación.
Flora: Señorita Belmont ¿es ese su verdadero nombre?
Anna: Anna... Anna Green.
Flora: Anna Green... no tengo una buena idea sobre cuáles son sus dones, pero lo que me inquieta es su aura... blanca resplandeciente... o bueno, la mayoría del tiempo.
Anna volteó un momento, inconforme con el comentario.
Anna: ¿Qué quiere decir?
Flora: El color puro de la luz, nunca había visto a nadie con aura blanca... es demasiada luz, y demasiada luz puede cegar más que la misma oscuridad.
Anna retornó a su fijación en la habitación, observando los retratos familiares que la adornaban. Encontró personas distintas en cada foto. Niños, jóvenes, adultos. Pero en ninguno hallaba similitud que determinara parentesco con la mujer.
Flora: Oh mis modales... ¿desea usted fumar un poco?
Anna: No, gracias.
Flora: ¿Tal vez un poco de vino?
Anna: Sí, por favor.
Flora: ¿Puede, por favor, servirnos? Siento que no me hallo en condiciones de servir vino, haha... la botella se halla en el lado opuesto de la cama.
Anna se fijó en el lado opuesto a Flora de la enorme cama. Una botella en una especie de funda de fique era a lo que se refería, se dirigió a hacer lo propio.
Mientras servía el vino en un par de copas, notó que sobre aquel mueble había una fotografía distinta a las demás, era a color. Anna ya había visto antes las fotografías a color, pero eran algo bastante inusual. En especial lo era ésta, la imagen mostraba un grado sin igual de definición, como si alguien la hubiera pintado a mano con una precisión sobrenatural.
La fotografía mostraba a una mujer vestida con uniforme de alto mando de la Marina Real de los Anglos, cargando a un bebé envuelto en una manta blanca. Falda hasta las rodillas y chaqueta azul, adornada con una cantidad elevada de medallas y condecoraciones. Anna dejó lo que estaba haciendo y tomó el pequeño retrato, sin importarle que podría ser algo impertinente.
Cuando pudo ver más de cerca, notó que la mujer tenía rasgos demasiado similares a los de Flora. Miraba llena de felicidad al bebé, el cual le devolvía su sonrisa. El cabello recogido y compacto no estaba limitado por una gorra acorde al uniforme militar, sino un sombrero plano de las damas británicas, adornado con tulipanes negros.
Flora: Adelante, mire el reverso.
Anna se dispuso a desbloquear el retrato para extraer la inusual fotografía. Y en su reverso encontró una inscripción en inglés hecha con pluma, la cual recitó en voz alta.
Anna:
"Para mi amada Fleur, la mejor parte de mí. Sólo sé feliz, como yo lo fui al traerte a este mundo.
Siempre tuya, tu madre.
Agosto 20 de 2198."
Anna: Usted es Fleur.
Fleur: Mi padre era franco, y bueno... Como puede ver, yo no soy a quien debe mostrar su propuesta.
Anna: ¿A caso ella era capaz de transmitir dones a sus hijos?
Fleur: Mi madre me bendijo con lo que ella consideraba que necesitaba para ser feliz, incluso esta hermosa apariencia y vitalidad que perdura en el tiempo.
La mujer sonrió como si el comentario hubiera sido a manera de sarcasmo, pero tenía todo de real. Ahora Anna tenía una idea de por qué Fleur estaba en aquel lugar, y por qué los locales se habían acostumbrado a una persona tan extraordinaria.
Anna: Entonces... ¿ella murió?
Fleur: Ella se fue, se alejó de todos. Supongo que usted ya conoce las razones por las que lo hizo.
Anna no pudo evitar pensar en el enorme Cráter de Brent, e inquietarse por la magnitud del poder al que se estaba acercando.
Anna: Entonces los rumores son ciertos.
Fleur: No sé qué quiera usted con mi madre, pero definitivamente es distinta a todas las personas que han venido aquí a buscarla... en realidad, nunca le he negado a nadie su paradero. Pero debo advertirle... de las tres personas que le anteceden, ninguna volvió del lugar al que los envié.
Fleur: El paradero de mi madre está muy relacionado con una vieja leyenda de los mineros de Kono. Existe una mina, la mina ubicada más al noreste de Kono... para quienes han querido seguir explotándola está completamente agotada, pero la leyenda dice que encontrarán oro quienes la aborden sin codicia.
La mujer se concentró en fumar de su pipa por un momento.
Fleur: El camino que la recorre es bastante directo, sin ramificaciones. Encontrará guayacanes a lo largo de éste, árboles de amarillas flores. Cuéntelos hasta pasar por el quinto, luego salga del camino por el lado de este árbol... la esperará una larga cuesta abajo... si no tiene problemas en el camino, se encontrará con el pie de la ladera... y con una enorme inscripción de piedra que deberá destruir con un pico... lo que pase en adelante, dependerá de usted... y de mi madre.
Anna: ¿Ella sabe que la estoy buscando?
Fleur: Haha... si pudiera apostarlo, pondría mi dinero en que ella nos está escuchando hablar ahora mismo. En fin, la inscripción tiene un mensaje en latínico: "Hic requiescit DB. Torment omnes credentes. Omnino non demittit.".
La mujer tomó una última bocanada de humo, y puso su pipa sobre la mesa de noche.
Fleur: La tradición fundamentalista de este país y lo ocurrido en Brent, han llevado a los incautos locales que se encontraron con la inscripción a creer que DB es del latínico Diabolus Bestia. Pero estoy segura de que usted sabe lo que significa en realidad.
Anna: Dorothea Braithwaite.
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