Parte 9: Almas ancianas III
Almas ancianas III.
*Los diálogos titulados en cursiva indican conversaciones mentales.
El humo naranja plagó todo alrededor suyo, salió de su boca para poseer la
totalidad de su rango de visión. Parecía envolver totalmente su figura, como un
espectro atormentando su humanidad, como si la arena del campamento hubiera
armado un remolino en su contra. John no estaba seguro de si aquel humo era
capaz de atacar su visión, pero de todas formas optó por cubrir su cara con los
brazos y avanzar a ciegas y sin dirección alguna.
Aquel gas misterioso aullaba al pasar a su lado, ahora no parecía rodearlo,
sino venir contra su cuerpo. Y, de un momento a otro, el aullido se detuvo.
Cuando John retiró la defensa de sus ojos, el desierto no estaba ahí. Se
hallaba en un lugar familiar, demasiado familiar para su gusto.
Caminaba sobre brusco asfalto, y con un monstruoso río al lado del andén
contiguo a la calle que recorría. Era Férrea, la colosal capital del reino
anglo. Cuando pudo mirar a su alrededor, reconoció los lúgubres edificios industriales
de la ciudad, desprendiendo el mismo humo naranja que lo cegó momentos atrás.
Era como si la totalidad de aquella retorcida versión de Férrea se hubiera
compuesto de aquel humo.
Había caminado muchas veces por aquella calle cercana al puerto principal,
pero en ninguna de ellas había sido el único transeúnte, no se percibía una
sola alma por donde pasaba, y lo que le preocupaba más, Kenny y Georgie tampoco
estaban con él.
Decidió continuar con sus pasos, buscando adentrarse más en el centro de la
capital de los anglos, tal vez hacia allá encontraría a alguien, o algo
interesante por ver. Ésta era una de las pocas veces donde la soledad y el
silencio no lo atemorizaban completamente. Continuó hasta que los edificios
reemplazaron el paisaje que determinaba el río, ahora estaba seguro de que las
pequeñas estelas de humo naranja eran el límite de todo lo que veía.
Divisó una figura venir hacia él de frente. Desde el límite de su visión,
se apresuró a conectar con quien fuera que viniera hacia él. A medida que se
acercaba, notó que se trataba de un hombre bien vestido, con traje, abrigo y
sombrero citadino.
John: ¡Señor!
¡Señor!
John no recibió respuesta. Cuando tuvo a aquel hombre de frente, vio que su
rostro no estaba ahí, sólo estaba una masa que se deshacía en más humo naranja,
como si fuera uno de aquellos edificios que los rodeaban. El hombre pasó de
lado sin siquiera perturbarse por los saludos de John, quien se quedó parado
mirando aquella anomalía.
Su atención en aquel hombre desapareció rápidamente, cuando sintió un
empujón sobre un costado, como si alguien hubiera tropezado con él. Cuando
buscó al causante, se encontró con una mujer que, igual que aquel hombre,
seguía su camino. No terminó de sorprenderse por aquel hecho cuando recibió
otro tropezón, ahora del otro costado, y otro, y otro.
Cuando pudo caer en cuenta, se hallaba rodeado de transeúntes con rostros
que se deshacían en humo naranja. Férrea ahora vivía su ajetreo cotidiano, sólo
que dentro de una especie de pintura tétrica. John no hizo más que observar la
multitud que cruzaba a su alrededor, y más que observarlos, comenzó a
escucharlos.
Cada una de sus mentes tenía algo que decir, escuchó dilemas personales,
diligencias burocráticas, listas de compras, secretos latentes, inseguridades,
insultos, alabanzas, y mucho más de lo que podía procesar. El ruido de cada voz
empezaba a tornarse mezclado y sin diferenciación, hasta que cada voz se
convirtió en un solo cacareo, que se hacía cada vez más alto.
Ahora el ruido combinado de las voces de la retorcida Férrea empezaba a
volverse insoportable. Los ciudadanos pasaban sin notar su existencia, pero sus
voces internas se sentían como si todos ellos se reunieran para gritarle al
oído.
El ruido se alzó a tal punto dentro de él, que sentía que se iba a quedar
sordo. Puso las manos en sus oídos, mientras sólo quedaba un penetrante pitido
en su cabeza, como si una granada acabara de estallar cerca de él. Y mientras
hacía el ademán de proteger sus oídos, vio como cada transeúnte se detuvo, y
giró la cabeza hacia él.
Ahora cada rostro de humo naranja lo miraba directamente, y el pitido se
hacía más fuerte, tanto que le causó un mareo que le impidió seguir de pie. Vio
venir el suelo directamente hacia su cara, y, en las fracciones de segundo antes del impacto, se preparó para un golpe que nunca llegó, pues aquel asfalto
se disolvió en más humo naranja.
???: Si escuchas tantas voces ¿cómo sabrás cuál es la tuya?
Se halló tirado en una oscuridad extraña, sentía que pisaba un suelo y que
se referenciaba de alguna forma en aquel espacio, pero todo lo que estaba tres metros delante de
él era negro, vacío. Una voz familiar hizo que se volteara.
Georgie: Mi hermano.
La ultima vez que había soñado con la figura de Georgie fue muchas semanas
atrás. Tenía su misma figura: cuerpo delgado y no tan alto,
expresión facial común, marcada por una cortada debajo del ojo izquierdo. La
única diferencia entre Georgie y John era el cabello cobrizo y los ojos azules
del primero.
Georgie se precipitó a rodear a John con un brazo, para indicarle un horizonte
con el otro. Justo donde le señalaba su amigo, la oscuridad desapareció para
abrir paso a una imagen que John había preferido olvidar hace mucho tiempo.
Era él, un niño escuálido de cuatro años, practicando con dificultad sus
lecciones de piano. John había olvidado que en algún momento de su vida la
música brindaba alegría a sus días.
La puerta de aquella casa se abrió, y entró su padre a la sala, revolviendo
su cabeza con cariño.
Padre: ¿Cómo
está mi pequeño prodigio?... ¡Cariño! ¡estoy en casa!
Ante el llamado de su padre, su madre entra a la escena, agitada y
limpiando sus manos con un pañuelo. Saluda a su esposo con un beso en la
mejilla.
Madre: Mi
amado, no te esperaba tan pronto ¿cómo estuvo el viaje?
John: Madre
¿por qué el señor McKenzie está desnudo en la caseta del patio?
El recuerdo de John se tornó confuso en aquel momento, como si aquella
ventana en medio de la oscuridad se fuera cerrando poco a poco, lo último que
percibió John de aquella escena, fue el empujón brusco de su padre a su madre,
y subsiguientes gritos de desesperación. La ventana se cerró con el sonido de
un par de disparos.
Georgie se separó un poco de él, mirándolo con compasión, para tratar de
hablarle sin mover los labios, como de costumbre.
Georgie: Aparecí en tu vida junto con el dolor profundo.
Su amigo lo giró en otra dirección, para mostrarle otra secuencia
retorcida. La oscuridad abría paso a otro recuerdo tortuoso.
El pequeño John se acercaba a su padre, quien se hallaba bebiendo
apresuradamente de una botella.
John: Padre
¿podemos cenar? Tengo hambre.
Padre: Johnny…
dime, ¿qué escuchas dentro de mí en este momento?
John: Padre…
Padre: ¿Escuchas
mi llanto? ¿escuchas mi ira?
John sabía exactamente lo que venía. Su padre tomó aquella, y se apresuró
hacia él, rompiéndola en mil pedazos sobre su rostro.
Mientras aquel niño se tocaba su rostro cortado, John escuchaba una voz
dentro de él.
Georgie: ¡Maldita sea, John! ¡Te dije que no te acercaras cuando
está bebiendo!
John tocó lentamente su cicatriz, mirando a Georgie con un poco de temor.
Su amigo le volvió a indicar que pusiera atención. Ahora la escena se
difuminaba para formar otro recuerdo.
Se vio a sí mismo con unos trece años, en uno de los jardines del Centro de
Acoplamiento, observando desde una distancia prudente a Anne Fletcher, la
inolvidable Anne Fletcher, quien escribía en su diario, sentada al pie de un
árbol, de forma animosa.
Anne: … cómo amo los claveles, espero con ansias al caballero que se atreva a
sorprenderme con un detalle de ese tipo, nadie sabe lo feliz que me haría.
Georgie: John, no. No lo hagas.
El recuerdo se removió en la oscuridad, y lo siguiente que vio fue a aquel
niño, acercándose a Anne con más temor que encanto, extendiendo su temblorosa
mano para ofrecerle un par de claveles arrancados rudimentariamente de alguna
otra parte del jardín.
Anne: ¿Qué
estás haciendo, Towers? ¿Estuviste leyendo mi diario? ¡Maldito raro! ¡Aléjate
de mí!
La última visión que John tuvo de aquel recuerdo, fue quedarse bastante
tiempo ahí mismo, incluso con la mano de los claveles aún estirada, recibiendo
otro sermón de Georgie.
Georgie: ¡Mierda, John! ¡Esas cosas no son para nosotros! ¡Debes
aceptarlo!
Los recuerdos gráficos de Georgie se convirtieron en cada vez que apareció
para reprenderlo, o convencerlo de no hacer algo que considerara inconveniente.
Aquella sucesión de memorias terminó con un grito iracundo de John, quien
empezó a derramar lágrimas, sentado en medio de aquella oscuridad.
Georgie: ¿Me odias, John?
John no pudo responder nada, sólo trataba de controlar su respiración.
Hasta que sintió una mano sobre su hombro.
Kenny: Vamos, arriba. No todo ha sido tan malo.
Kenny lo ayudó a levantarse, también era idéntico a él, y sus ojos color
marrón eran iguales a los de John. Se diferenciaba por su cabello rubio, pero
por lo demás, John, Kenny y Georgie eran caras de la misma moneda.
Su amigo recién llegado abrió otro recuerdo para él. Esta vez era John en
medio de sus veintes, combatiendo en los desiertos orientales.
Georgie: Uno a las 3, dos a las 9. Cuenta hasta diez y salta a la
trinchera de en frente.
Kenny: Quedan tres disparos, ten en cuenta la pistola por si no lo logras antes de
la trinchera.
John avanzó sin problemas, la localización que manejó de sus enemigos hizo
fácil eliminarlos. Apuntar, disparar, halar el cerrojo, moverse. Apuntar, disparar,
halar el cerrojo, moverse. Apuntar, disparar, halar el cerrojo, moverse.
Georgie: Espera a los demás, prepara las granadas, caballería a
unos 50 metros a las 2 y a las 11.
El lanzamiento de los explosivos fue limpio, los segundos que tarda una
granada en estallar debían ser congruentes con la llegada de la caballería
enemiga, que fue aplastada unos diez metros antes de su objetivo. Sus
compañeros se resguardaron exitosamente en la trinchera.
Callum: ¡Vamos!
¡Towers!
Flint: ¡Towers!
Brighton: ¡Towers!
¡Towers!
Una sonrisa llegó al rostro de John, mientras Kenny seguía mostrando las
mejores anécdotas del trío. Se encontró con un recuerdo agridulce, de bastante
estima.
John caminaba por las ruinas de una ciudad calurosa y desértica, en medio
de cadáveres que plagaban casi la totalidad del suelo, haciendo difícil aquella
tarea. Con sus manos arriba, se topó con una figura ahora familiar, de enorme
chaqueta negra, empuñando una enorme espada hacia su rostro.
Brandt: Buen
trabajo, mi amigo, complicaste bastante el mío… bueno… parece que somos los
únicos que quedan… bebe conmigo.
Kenny: ¡Ha! ¡Maldito Jürgen!
John bajó sus manos mientras seguía a Brandt.
Brandt: ¿Cómo
te llamas?
John: John…
John Mcniall Towers.
Mientras aquel recuerdo volvía a revolverse, la poca tensión que existía
entre los tres se convirtió en risas de camaradería, que para John cesaron
lentamente al divisar un último recuerdo.
Su temblorosa figura se dirigía hacia Kitty, llevando un saco de flechas de
metal irregular.
John: Mark
te envía esto.
John se apresuró a entregarle el saco.
Kitty: Gracias.
El exótico acento de la chica rusa cautivaba siempre a John. Se hallaba
sentada frente a una fogata en medio de aquel Bosque Oscuro, afilando sus flechas
contra una piedra del mismo metal del que estaban hechas.
John: ¿E-estás
segura de que no necesitarán más ayuda?
Kitty dibujó una sonrisa al mirar a John.
Kitty: ¿Acaso
no has visto a mi hermana en combate?
John: Haha…
de hecho tú me atemorizas más.
Kitty: ¿Es
eso cierto?
John: C-con
ella tengo más posibilidades de esquivar… con tus balas o tus flechas… no lo
creo.
Kitty soltó una pequeña risa, para volver a concentrarse en sus flechas. Verla
era un verdadero espectáculo, la luz del fuego resaltaba su delicado rostro
felino y sus ojos verdosos, la enorme trenza rubia reposaba sobre su hombro izquierdo,
hasta caer en medio de sus piernas. John se tomó demasiado tiempo observándola.
Kitty: ¿Necesitas
algo más?
John: N-no…
es sólo que… de donde vengo… sólo las damas de alta alcurnia tienen el derecho
de dejar crecer tanto su cabello.
Kitty: No
me digas, ¿es eso cierto?
La alerta de Kitty sonrojó a John hasta el punto de una ansiosa
escandalización. Kitty se puso de pie, dirigiéndose hacia él. Acercó su rostro
al de John lo suficiente para confundirlo con la intención de un beso.
Georgie: Mierda, mierda, mierda.
Kenny: Maldita sea, George. No lo asustes más.
Kitty: Entonces
deberías llamarme Lady Kitty ¿no crees?
John: P-por
supuesto.
John optó por alejar un poco su rostro del de Kitty, se sentía abrumado.
Kitty: ¿Y
cómo debería llamarte yo?
John: T-Towers
está bien.
Kitty: Dime,
Towers ¿Es cierto que puedes escuchar los pensamientos de las personas?
John: Así
es.
Kitty: Entonces
dime ¿qué estoy pensando en este momento?
John: N-no
uso mis dones con camaradas… me parece… irrespetuoso.
Kitty: No
me digas.
Kitty tomó la punta de su trenza, y cortó un pedazo de cabello con el filo
de la flecha que tenía en su mano, para ponerlo en la mano de John.
Kitty: Estás
invitado a escucharme cuando quieras.
Mientras John observaba aquel recuerdo disolverse, su corazón latía igual
que en el momento en que lo vivió. Su figura y la de Kitty se empezaban a deshacerse
como polvo. No, como humo naranja.
De nuevo, aquel gas extraño se dirigía hacia él, cubriendo todo lo que
veía, y de nuevo el suelo dejó de existir.
Cuando el humo se disipó, John no había caído en ninguna parte. Estaba flotando
sobre algún plano enorme, compuesto del mismo humo naranja. Como si estuviera
levitando sobre una versión extraña de la Tierra. De haber querido, podría
haber hecho un mapa mal dibujado de todo lo que veía. Eran terrenos extensos,
adornados por una infinidad de luces blancas.
De estas luces blancas emergían voces en abundancia, que se elevaban de
forma molesta hacía él, como en aquella extraña versión de Férrea. De nuevo,
John sentía que las voces buscaban saturar su cabeza, pero esta vez no sentía
miedo.
???: Si escuchas tantas voces ¿cómo sabrás cuál es la tuya?
Frente a él se posó una figura, que rápidamente se convirtió en Georgie.
Georgie: Dime ¿cómo lo sabrás?
John: Es bastante simple.
Ahora la figura tomó la forma de Kenny.
Kenny: ¿Cómo lo harás?
John: Sólo debo…
Ahora la figura era él mismo, ambos respondieron al unísono.
John: … poner atención.
John: … poner atención.
Las luces blancas se fueron intensificando, hasta hacer imposible ver todo
el paisaje que adornaban, y luego, hasta cegar a John completamente.
Cuando abrió de nuevo los ojos, el desierto había vuelto. Estaba recostado
sobre una especie de roca sobre una seca ladera. El calor infernal de Oriente
volvía a ser una realidad, sin embargo, no sabía dónde se encontraba. Se puso
de pie para buscar el campamento donde comenzó todo, pero nada se le parecía a éste.
Su túnica estaba sucia, la piel de su cara quemada, al igual que sus
labios. Si no sintió sed en medio de su trance, su cuerpo había esperado hasta
que volviera de éste para recordarle que necesitaba agua. Se apresuró a buscar
algún cactus, o algo que contuviera líquido, pero tampoco tuvo éxito.
Se sentó de nuevo, tratando de buscar el sonido de alguien en la lejanía. Se
encontró con sonidos lúgubres, gritos y llantos. Estos se iban acercando cada
vez más a él.
Definitivamente, eran aullidos de dolor de muchas personas, y venían del
sur. Con cada segundo que pasaba se intensificaban. Se dirigían hacia él. Este escenario
le era familiar, lo había vivido cuando conoció a Yvette.
Tras varios minutos, la niña apareció montando su camello con prisa. Cuando
se posó frente a él, los aullidos sonaban más alto que nunca. John la miró
perturbado, se alejó un poco hasta arrinconarse de nuevo contra la roca.
Yvette: Cariño,
¿estás bien?
John: Yvette, puedo escucharte.
Yvette: Oh, vaya. Veo que la Tierra de Siembra te ayudó mucho.
La niña cerró sus ojos y dio un largo suspiro, apuntando al cielo con su
rostro. Inmediatamente después del suspiro, los aullidos se fueron, y dentro de
Yvette sólo se escuchaba el pacífico correr de un río.
Yvette: ¿Mejor?
John: Mejor.
Yvette le lanzó un pellejo repleto de agua, que John bebió con placer
mientras subía a la parte trasera del camello. Éste comenzó su marcha de
descenso.
Yvette: La Tierra de Siembra te ha cambiado para bien, lo cual indica que tu
espíritu es muy fuerte. La mayoría tienden a volverse locos.
John: Quisiera explicar lo que vi, pero no creo que pueda.
Yvette: Nadie puede, cariño. Nadie.
La conversación terminó ahí, pues John cayó dormido sobre la espalda de
Yvette.
No supo cuánto tiempo duró el recorrido, despertó al llegar a un extraño
oasis, incrustado al pie de un paso cerrado de altos acantilados de piedra
rojiza. El sonido que lo devolvió a la realidad fue el de la cascada que lo
encabezaba. Al lado de aquel charco estaba Mors, abrevando tres camellos que se
veían equipados para un viaje.
De una cueva que se veía alrededor de la cascada, salió el capitán para
recibir a su amigo.
Brandt: ¿Todo
bien, John?
John: Sí,
capitán. Eso creo… ¿cuánto tiempo ha pasado?
Brandt: Cuatro
días… Yvette salió ayer a buscarte… Llegan justo a tiempo, debemos irnos cuanto
antes, John. Nuestros camaradas deben estar buscándonos.
Mientras bajó del camello, una voz irrumpió en la cabeza de John, cuyos
dones estaban más disparados que nunca.
Fantine: ¡Merde! ¡Yvette va me tuer!
John miró a Yvette, quién ya en tierra, dirigió su mirada a la misma cueva
de donde salió Jürgen. De ahí salía Fantine, sigilosa y apresurada. Haciendo de
cuenta que los presentes no existían, fue hacia donde estaba Mors. John le
sonrió a Brandt.
Tras un par de horas de comida y descanso, John se sentía listo para el
viaje.
El grupo salió de aquel túnel de acantilados, llegando hasta un camino más
plano. Ahí, todos bajaron de sus camellos para una despedida.
Yvette: Continúen
hacia el noreste, en cierto punto encontrarán un camino definido que da a la
vía férrea del sultanato.
Yvette se acercó a John para entregarle un diente cristalino muy parecido
al que les enseñó en aquella fogata, brillante y de color naranja.
Yvette: Ven
a mí cuando me necesites, cariño. Jürgen te explicará cómo funciona.
Acto seguido, la niña se dirigió al capitán, saltándole encima para
prenderse de su cuello en un efusivo abrazo.
Yvette: Mi
pequeño Jürgen… no me olvides.
Brandt: Nunca.
El capitán completó el abrazo de Yvette, segundos después se separaron. Todos
subieron de nuevo a sus bestias para tomar caminos separados.
Yvette: ¡Sabrán
de nosotros muy pronto!
Brandt sacó un objeto de las alforjas que llevaba en el camello, era un
pedazo roto de metal, seguramente de la espada que se rompió en el combate con Yvette.
Lo lanzó hacia Fantine, quien lo atrapó con dos dedos y una cara sonriente.
Fantine: Au revoir.
Avanzaron por el tortuoso desierto durante unas cuatro horas. Hasta que la vía
férrea fue visible en la lejanía, al final de un pasillo de cactus y arbustos
extraños.
Mientras marchaban a paso lento, John sintió algo ridículamente rápido pasar
justo frente a su rostro, cuando volteó hacia la izquierda, vio una flecha
clavada sobre uno de los altos cactus que adornaban el camino.
Kitty: Akhis yest'.
Georgie: ¿Cómo
mierda llegó aquí?
Al virar al lado opuesto,
Kitty salía de entre los arbustos, con arco en mano y vestida con un uniforme
color kaki.
Brandt: Te
dije que nos estaban buscando.
De unos arbustos ubicados más adelante, salía Lana, luciendo idéntica a su hermana, como siempre. Sobre sus brazos llevaba una especie de gato pequeño del color del desierto, como si estuviera arrullándolo. A su lado caminaba un enorme gato, del mismo color y enormes orejas puntiagudasdelineadas de negro, pendiente de lo que hacía con el cachorro, probablemente era su madre.
Kitty: ¡¿Dónde
mierda estaban?! Llevamos días buscándolos, llegamos a este tierrero y sólo nos
encontramos con noticias de un tren destruido y una batalla por comenzar.
Brandt: Tuvimos
un pequeño percance que decidimos interpretar como vacaciones, pero la misión
está cumplida.
Kitty: Debemos
irnos ya, todo apunta a que Germania y Anglia desplegarán fuerzas para contener
a los beduinos.
Lana se acercó a John con
sus amigos felinos.
Lana: Caracales
¿no son hermosos?
Brandt: ¿Por
qué Eileen las envió a ustedes? ¿No deberían morir con este calor?
Lana: No
puedo decir que me guste, pero nos adaptamos.
Kitty: ¿Querías
que enviara a Ruby a rastrearte en medio de un país desértico?
El capitán rió.
Brandt: Suban,
salgamos de aquí. Lana, despídete de tus amigos.
Tras liberar a la cría
con su madre, Lana subió a la parte trasera del camello de John, Kitty hizo lo
propio con el de Brandt. Continuaron con la marcha.
John: Lady
Kitty.
Kitty, sorprendida, miró
inmediatamente a John.
John: Puedes
llamarme John.
La chica rusa le dedicó una sonrisa pícara, antes de recostarse sobre su espalda.
Comentarios
Publicar un comentario