Parte 8: Almas ancianas II

Almas ancianas II.

 

 

 

Podría pensarse que la tierra se había convertido en un erial rojo sangre, todo alrededor se teñía del color del atardecer. Esta deducción era más fácil para Jürgen al ver que todo en el horizonte y a la redonda no podía ser mucho más que montones de arena. Las montañas azules de Azraq se habían quedado atrás, y lo que ahora quedaba en el límite de la vista era la redondez del sol que se empezaba a ocultar, sin una sola nube en el cielo.

Yvette: Hermoso ¿no? Y viene lo mejor.

Yvette estaba sentada sobre el filo de una colina relativamente baja, contemplando todo lo que tenía en frente, dentro de lo cual se hallaban sus compañeros, quienes preparaban un campamento en medio de la arena, debajo de ellos. Jürgen fue acercándose a ella.

Jürgen: ¿Por qué les hiciste armar el campamento en mitad de la duna?

Yvette: Es mejor que les sea fácil encontrarlo, para lo que viene. Tranquilo, Mors se encargará de que las carpas no caigan ni con la peor ventisca.

El sol comenzaba a caer poco a poco, al igual que el tono sangriento del paisaje, Jürgen comenzó a fijarse en el brillo de unas pocas estrellas que rodeaban al astro agonizante.

Yvette: Ven, siéntate a mi lado… ¿Cuándo fue la última vez que vimos un atardecer juntos?

Jürgen se sentó al lado de la pequeña figura de Yvette. Desde que conoció a Ruby, le pareció que en otro contexto podría confundirlas por hermanas.

Jürgen: Años, bastantes años… por supuesto, no eran atardeceres como estos.

Yvette: No, no lo eran… este lugar es especial.

Jürgen: En pocos lugares de la tierra nos aproximamos tanto a la nada como en los desiertos, ¿no es así?

Yvette lo miró con una sonrisa nostálgica, para luego recostarse en su hombro.

Yvette: Que tierno, lo recordaste.

Jürgen: Claro que sí… lo que no pude ver venir fue encontrarte ocultándote en un desierto al otro lado del mundo… te tomaste tus palabras demasiado en serio.

Yvette rió por un instante, ahora se aferraba al brazo de Jürgen.

Yvette: No me estoy ocultando, ¿crees que alguien como yo necesita ocultarse?

Jürgen: Para nada… aunque doscientos quince años de desaparición podrían decir lo contrario.

Yvette: Doscientos quince divertidos años.

Jürgen: Dime la verdad, ¿qué estás haciendo aquí?

Yvette: Sólo estoy de paso, ¿eso es muy difícil de creer?

Jürgen: Lo sería si no te hubiera visto volar un tren con todos adentro, o si no te hubiera visto quemar vivo a un alto oficial del Imperio.

Ambos dibujaban una sonrisa mientras hablaban.

Yvette: Haha… sólo protegía a mis amigos.

Jürgen: ¿Estás con los beduinos?

Yvette: Te sorprendería lo mucho que se puede aprender de ellos, son muy buenas personas.

Jürgen: ¿Lo suficiente para ir a la guerra a su lado?

Yvette: Haha… tal vez.

El rojo del atardecer se había ido completamente, ahora quedaba una luz débil sobre el plano horizonte, y las estrellas, que intensificaban su brillo con cada segundo que pasaba.

Jürgen: ¿Estás con los francos en esto? Vamos… ayúdame un poco.

Yvette: Jürgen… llevamos muchos años sin vernos en persona, ¿y piensas arruinar el momento hablando de la guerra?

Jürgen: Sólo no quiero que nos enfrentemos en algún momento.

Yvette: Cariño, eso nunca pasará… por ahora todo está bajo control. Tú sigue en tu camino, después veremos qué sigue.

Jürgen: Ya sabes, sería una pena humillarte frente al mundo entero.

Ambos rieron ante el comentario.

El atardecer ya era noche completamente, la línea del horizonte seguía proyectando un poco de luz del sol, pero el resto del cielo era oscuridad iluminada por una cadena de estrellas. Aquel espectáculo natural no logró acaparar la atención de Jürgen, quien observaba a Fantine.

Bajo el acantilado, la chica practicaba con dos espadas largas la rutina de Yvette. Jürgen se sintió cautivado desde aquel combate al que lo forzó, su belleza era innegable, y su espíritu orgulloso sólo incrementaba su encanto. Aún le faltaba mucho para estar al nivel de Yvette o al suyo, pero fácilmente podría plantar cara a cualquiera de sus compañeros de la Decuria en un mano a mano.

Jürgen: ¿Tú la haces entrenar con tanta intensidad?

Yvette: No, para nada… creo que se motivó al ver cómo funciona en realidad la Danza Espiral.

Jürgen: Lo hace bastante bien, si me preguntas.

Yvette: Jürgen… tiene dieciocho años ¿nunca vas a cambiar?

Jürgen: ¿Cómo llegó a ti?

Yvette: El emir de una tribu asaltó una caravana en Azraq, hace mucho tiempo. Tomó forzosamente como esposa a una mujer gala, meses después nació Fantine. Su madre halló la manera de suicidarse y la niña se quedó sola… sola y despreciada, pues sus coterráneos veían su sangre gala como una especie de mal augurio.

Jürgen miró a Yvette con sorpresa.

Yvette: Su padre logró casarla con otro emir cuando tenía unos ocho años, casi que al mismo tiempo de mi llegada a la región. No es costumbre la consumación del matrimonio cuando la novia no ha florecido, pero el emir insistió. A su padre no le importaba más que su reputación, por lo que accedió a que se hiciera tras la ceremonia.

Jürgen: ¿De verdad quiero seguir escuchando la historia?

Yvette lo miró con desaprobación, para seguir con su relato.

Yvette: El emir entró con la novia a la tienda matrimonial, minutos después, sus aullidos de dolor alarmaron a todos los presentes. Al entrar, los encargados encontraron a la niña con la túnica un poco arrancada, y al emir con horribles cortadas en todo su cuerpo, muerto.

Jürgen: ¿Tú estabas ahí?

Yvette: Por supuesto… evidentemente, el destino de Fantine era la venganza de la tribu del emir. Pero yo no iba a permitir eso, y no es como que la tribu pudiera hacer algo al respecto… desde entonces ha estado conmigo.

Jürgen: ¿Y cuáles son sus dones?

Yvette: Aún no lo sé con exactitud, la he visto dominar el viento y combatir mejor que el más experimentado de los beduinos, pero se trata de algo más… como si su conexión con la tierra se hiciera cada vez más fuerte.

Jürgen: Suena bien, bastante bien.

Yvette: ¡Tal vez llegue a ser mejor que tú!

Ahora Jürgen dibujó una expresión de confianza en su rostro.

Jürgen: O tal vez esté hecha para mí.

Yvette le dio un puñetazo en el brazo de Jürgen, dejándolo bastante adolorido.

Yvette: Haha… bueno, hacer planes con alguien puede resultar difícil si otra persona está en tu cabeza, ¿no?

Jürgen: ¿A qué te refieres?

Yvette se apresuró a meter la mano dentro de la túnica de Jürgen, sacándole su Vínculo. Rompió el hilo que lo hacía colgar de su cuello, para observar el oscuro diente cristalino de forma minuciosa.

Yvette: Color negro profundo, pocos Vínculos salen de este color ¿sabías eso?

Jürgen: Sí, lo habías dicho antes.

Ahora Yvette se sacó su Vínculo de la túnica, de color carmesí profundo. Con uno en cada mano, se los mostró a Jürgen, a manera de comparación.

Yvette: Cuando obtuvimos los Vínculos te dije que con ellos podrías encontrarme donde fuese que estuviéramos, pero su poder va más allá de eso… en momentos de álgida alteración, pueden llegar a hacernos sentir las emociones del portador de su gemelo, como si necesitara de nuestra ayuda.

Jürgen:

Yvette: En fin… hace unas semanas me hallaba cómoda meditando bajo el caluroso día de Azraq. De repente, mi corazón empezó a latir con una aceleración que no había percibido en años, mi espíritu se llenó de nervios y ansiedad… nervios y ansiedad que no eran míos. Mi Vínculo brillaba sin parar… cuando pude encontrarte en ese bosque, estabas apuntando una enorme espada de metal irregular a la cara de tu chica.

Jürgen: No… es mi chica.

Yvette: ¿Quieres seguir hablando de lo que vi?

Jürgen:

Yvette: Ohh Jürgen… algunos le llaman Don del Carisma, otros Don del Deseo… es distinto a cualquier otro tipo de habilidad, no coacta las intenciones de los demás, simplemente las cambia. Ni tu ni yo hemos visto de lo que esa niña es capaz.

Jürgen: ¿De qué estás hablando?

Yvette: Esa es la razón por la que te dije que no me agrada, desde el primer día en que la vi.

Jürgen: Anna no se cruzará conmigo de nuevo, yo mismo me encargué de eso.

Yvette: La razón por la cual se te dificulta hallar un origen a tu conexión con ella es la misma por la cuál yo he vivido tanto tiempo: somos almas ancianas. Llevamos demasiado tiempo en esta tierra, participando y siendo testigos de sus caprichos, acostumbrándonos a lo que nos ofrece.

Jürgen: Entramos a la parte de la conversación donde no te puedo entender.

Yvette: La edad de tu alma aún es un misterio para mí, al igual que la de Anna. Y eso me preocupa demasiado.

Yvette le devolvió su Vínculo, poniéndolo en la palma de su mano y cerrándola. Luego dirigió su mano a la mejilla de Jürgen, para una caricia suave.

Yvette: Cariño… el destino es un ciclo de crueldad… yo sólo espero que tú no estés dentro de él, me rompería el corazón si lo estás.

Jürgen no pudo hacer más que tratar de procesar sus palabras en silencio, mirando de forma dudosa los ojos escarlatas de Yvette.

Yvette: Vamos, creo que ya es hora.

Rodearon la pequeña colina para descender hacia el campamento. La belleza de la noche desértica no tenía comparación. El cielo era una especie de campo púrpura, plagado de pequeñas luces, que, con su aleatoriedad organizada, formaban una inmensa cadena que iluminaba sus insignificantes cuerpos.

Cuando llegaron al campamento, Mors, Fantine y el tenso John se hallaban sentados alrededor de un fuego flotante, Jürgen no supo en qué momento lo encendió Yvette.

Tomó un lugar al lado de John, que estaba contiguo a Fantine. En frente de ellos, con el fuego en medio, se ubicaron Yvette y Mors.

Yvette chasqueó sus dedos, y en el piso frente a ellos tres, emergieron intensas llamas que emitían un fuerte soplido.

John: ¿Q-que estamos haciendo?

La anciana adolescente se dirigió a John con una expresión afable.

Yvette: Aprendiendo, cariño. La actividad más antigua de la humanidad. Vamos, ahora sí pregúntame lo que quieras.

John: B-bueno… ¿eres de verdad Yvette Lagarde? ¿Cómo es que sigues viva?

Yvette: Jürgen…

Jürgen tomó aire para explicarle a John.

Jürgen: Bueno… John… Yvette es un Hada.

John: ¿Un… Hada?

Jürgen: Sí, un Hada.

John: ¿Como en las leyendas?

Jürgen: No precisamente. A través de la historia, algunos no comunes han trascendido el límite que nos impone la muerte, y eligen envejecer junto a la tierra… se le conoce como el Don de la Eternidad.

Yvette: Cada espíritu que se conozca perfectamente a sí mismo, tendrá el don de proyectar su forma material en cualquier lugar… y en cualquier época… por supuesto, cada quien puede hacerlo de distintas formas.

Jürgen: Probablemente las leyendas sobre hadas que conoces derivan de esta historia.

John: Entonces… ¿hay otros como Yvette?

Jürgen: ¿Yvette?

Yvette: Así es, cariño. Y tal vez estén más cerca de lo que crees.

Yvette sonrió de nuevo al tenso John. El torrente de fuego frente a ellos se apagó en un parpadeo, dejando un pequeño hoyo en la tierra, con una especie de figura entubada yaciendo ahí, al rojo vivo.

Jürgen se fijó en Fantine, quien estaba ahí para el ritual que iban a compartir, pero que seguramente no entendía nada de aquella conversación en germano. Mors paso por el lado de cada uno, entregándoles un recipiente de bronce del tamaño de la palma de su mano, que contenía grumos de algún tipo de material oscuro, como si fuera tierra de siembra.

Yvette: Esperen un momento, o se quemarán.

Era obvio que iban a fumar aquella sustancia que Mors trajo. Jürgen conocía los beneficios del opio oriental, al igual que Yvette, pero no tenía idea de lo que estaba en aquel recipiente de bronce.

John: Yvette… o sea que… ¿naciste con el don de ser inmortal?

Yvette: Haha… no, cariño. La idea de que los no cumnes nacemos con habilidades superiores es absurda. Nuestra diferencia frente a los comunes, es que nacemos con una predisposición distinta al entendimiento de la realidad, al aprendizaje mismo.

Yvette: Nacemos con la facilidad de dominar ciertos aspectos particulares del entorno, pero es simplemente porque nuestro ser viene con una relación estrecha con tales aspectos. Por eso, nos hacemos más fuertes conforme pasa el tiempo. Estoy segura que tu habilidad de sentir las almas vino mucho después que la habilidad de escuchar dentro de las personas… y ¿quién sabe qué sigue para ti? Tal vez lo averigües esta noche.

Yvette: El aprendizaje es el fin último de nuestra existencia, y es lo que hace que nuestro mundo esté en constante movimiento… cuando gusten, pueden tomar sus pipas y ponerles la cantidad que deseen.

John: ¿Qué es lo que vamos a fumar?

Yvette volvió a divertirse con la curiosidad de John.

Yvette: No preguntes… sólo disfrútalo, cariño.

Yvette tomó un poco de aquel material y lo puso sobre la palma de su mano, éste comenzó a incendiarse lentamente, mientras la niña absorbía con cuidado el humo que desprendía. Tras esto, continuó.

Yvette: Una vida dedicada a la sabiduría nos puede dejar los dones más extraños que te puedas imaginar, entre estos, el Don de La Eternidad. Más que un don, puedes pensarlo como una elección, pero creo que es demasiado pronto para hablar de eso… haha.

Jürgen tomó su pipa de aquel hoyo, aún estaba tibia, pero podía ver su composición cristalina y las formas que Yvette le había dado a partir de la arena. Tomó un poco de aquella “tierra de siembra” y la puso sobre el compartimiento cónico del artefacto. Miró alrededor en busca de fuego para encenderla, pero ésta se empezó a incendiar de la nada por obra de Yvette.

Yvette: Pongan mucha atención al color del humo que expulsan, eso puede ser importante.

Jürgen tomó una amplia bocanada, el humo pasaba por su garganta sin mayor esfuerzo. Mientras veía cómo John hacía lo mismo, comenzó a sentir un vacío placentero invadir todo su cuerpo, hasta llegar a las puntas de sus dedos. Expulsó un humo oscuro, del color negro más profundo, tan profundo que opacó toda su visión, hasta que no quedó nada.

Se halló sobre un campo de hierba de color morado. Del mismo color se teñía el cielo, que fue lo primero que contempló al abrir los ojos. Era un cielo morado sin nubes, iluminado por tantas estrellas como en aquel desierto. No necesitaba ningún tipo de luz auxiliar para divisar el paisaje.

Al ponerse de pie, notó que la hierba llegaba hasta su cadera, había despertado al lado de un camino, por el cual siguió. Reinaba el silencio, lo único que podía escuchar era el golpe del viento sobre la hierba. Revoloteaban luciérnagas sobre aquel lugar, que emitían una luz verde oscura que hacía más extraño y bello aquel lugar.

Caminó bastantes pasos por el sendero, hasta toparse con una figura de cuatro patas en frente suyo. Era un lobo, de color gris y ojos amarillos delineados de negro. Jürgen se detuvo con cautela, hasta notar que el animal no lo veía de forma amenazante, éste lo fue rodeando lentamente, hasta salir de su camino.

No pasó mucho tiempo hasta que pudo ver que aquel lobo no era el único, en realidad eran muchos, estaban por todos lados del camino, entre aquella hierba púrpura. Sentía que todos lo observaban sólo a él, y se movían en torno suyo. Divisó una puerta al final del camino, tras una pequeña cuesta, pero ésta estaba plagada de más lobos.

Estos se hacían a un lado mientras pasaba Jürgen, como si quienes debieran sentir miedo fueran ellos. Finalmente, llegó a la puerta, que se veía antigua y desgastada, la abrió y se apresuró a entrar.

Adentro, toda percepción de su cuerpo se fue, sólo se hallaba viendo una habitación de adornos antiguos, donde una madre contemplaba la cuna de su hijo, ¿acaso era su madre? De pronto, alguien tocó a la puerta, entrando dos personas.

Era su padre, y una pequeña y delgada figura, de cabello negro y mechones blancos. Era Yvette

Padre: Mischa, ésta es la señorita Barton, de quien te hablé.

Yvette: Encantada, señora Brandt.

Madre: Igualmente, señorita Barton.

Yvette: ¿Cuál es el nombre del niño?

Madre: Jürgen… Jürgen Brandt.

Yvette: ¿Le importa si lo cargo?

Madre: Por supuesto que no, adelante.

Su madre levantó al bebé con delicadeza de su cuna, para entregárselo a la muchacha, quien lo cargó con mucha delicadeza. Comenzó a arrullarlo con ternura. Miró con ojos amables escarlatas a la pareja, quienes dejaron la habitación en silencio. Yvette continuó con sus arrullos.

Yvette: Hola, pequeño Jürgen… eres un bebé muy hermoso… muy muy hermoso… En adelante, estaré contigo por siempre… tú serás grande… el mejor y el último de los tuyos… tú lograrás lo que nosotros no pudimos.

El arrullo se cortó con una ruidosa explosión dentro de la habitación, que eliminó aquella visión de sus ojos, reemplazándola por una ciudad en llamas.

Ahora volvía a tener consciencia de su cuerpo, y se hallaba en un callejón dentro de una ciudad completamente destruida e incendiada. Trepó con facilidad un edificio, para obtener una visión distinta de lo que ocurría. No obtuvo mayor cambio, el panorama de la urbe arruinada se extendía hasta donde daba la vista, y a cualquier lado que girara, el fuego lo consumía todo. Casualmente, no escuchaba gritos de ningún tipo, sólo el crepitar de las llamas.

Miró sus manos, que estaban cubiertas de sangre.

Anna: Jürgen… Jürgen.

Se volteó tras escuchar la inconfundible voz de Green. La chica se veía débil y tambaleante, con su uniforme militar empapado de sangre, la cual también emanaba de su boca.

Anna: Jürgen.

Se apresuró hacia ella para recibirla en sus brazos. La sostuvo abrazándola por la cintura, la chica le acarició una mejilla con su mano ensangrentada, dedicándole una sonrisa.

Jürgen: ¿Anna?

Anna: Jürgen… es lo que es… no hay vuelta atrás.

Jürgen: ¿Anna? ¡¿Anna?!

Su respiración se cortó, y ya no podía sentir los latidos de su corazón.

Jürgen: ¡¿Anna?! ¡Anna!

Jürgen rompió en llanto, abrazándola con fuerza, apretando su cuerpo como si eso fuera a devolverle la vida. Sintió que la apretó tanto, que pensó que fue su culpa cuando su cuerpo se deshizo en humo negro, humo negro que volvió a cegarlo.

Ahora se hallaba al pie de unas escaleras que daban a un trono, dentro de un palacio cristalino de color azul oscuro ¿acaso estaba hecho de hielo? Al fijar su vista en el trono, se encontró con una figura inesperada.

Era Ruby, estaba recostada de forma despreocupada, incluso grosera, sobre aquel trono de hielo. Miró a Jürgen con una sonrisa maligna antes de señalarle otra puerta. Ésta se hallaba unos metros a la derecha de aquel trono, igualmente de hielo, con finos detalles dignos de cualquier palacio real. Miró la expresión maligna de Ruby una vez más, antes de cruzar.

Ahora se encontraba en un bosque, muy parecido al bosque donde habló con Anna por última vez, también rodeado de bruma cerca de sus suelos. Caminó un poco hasta divisar una pareja más adelante, estaban tomados de las manos y mirándose fijamente. Se trataba de un hombre alto y rubio, con jubón y pantalones medievales. La mujer, pelinegra y de profundos ojos azules, iba con un largo vestido blanco.

Mientras los observaba, notaba como fuertes energías emanaban de ellos. Los dones de Jürgen le permitían sentir el flujo energético de las personas, pero el flujo de ellos era tan fuerte que podía verse. El hombre emitía una especie de espectro luminoso, mientras que la mujer hacía lo mismo con un espectro oscuro. Las formas que salían de ellos parecían complementarse como en un baile. De repente, la mujer comenzó a emitir luz, y el hombre oscuridad, luego cambiaron otra vez. Y así sucesivamente, hasta que el baile de luz y oscuridad cegó a Jürgen de nuevo.

Ahora se hallaba en un espacio que le parecía indescriptible en palabras humanas, ni siquiera sabía si estaba percibiendo las tres dimensiones visibles en la tierra. Todo era una colección de formas abstractas y sensaciones ante su ser. Lo que halló más curioso, es que sentía que ningún elemento de aquel espacio se escapaba de él, como si pudiera dominar aquel pequeño universo.

No supo cuanto tiempo estuvo ahí, sólo supo que decidió irse en algún momento. Y, por primera vez bajo decisión suya, se desplazó a otro lugar.

Cuando abrió de nuevo los ojos, se hallaba flotando en el cielo, con el sol del atardecer frente a él. Enorme y redondo, proyectaba su luz roja hacia todo el espacio perceptible. Las nubes pasaban a su lado, como enormes algodones de azúcar, debido a la luz menguante del astro mayor.

Al contemplar aquella imagen de magna belleza, Jürgen decidió examinar el resto de su cuerpo, sólo para saber si era real. Todo estaba en su lugar, o eso creía. Decidió que quería terminar de disfrutar aquel momento.

La figura de Yvette apareció sonriente, también levitando al lado suyo, Jürgen la miró a los ojos, pero ella era lo que menos le interesaba en ese punto.

Jürgen: Qué frío hace aquí.

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