Parte 7: Almas ancianas I

Almas ancianas I.

 

 

El tumulto, el miedo y la prisa reinaban la situación. Todo era una mezcla de disparos, saqueo y maldiciones en lenguas semíticas. Mientras caminaban al lado de su anfitriona, John llegó a pensar qué tanto respeto tendrían por ellos los secuaces de Yvette.

Buscaban y revolvían con violencia todo lo que hallaran entre las ruinas del tren. La explosión causada en la locomotora levantó en pedazos ésta y otros dos vagones contiguos, los demás chocaron entre sí, terminando apretujados, como una especie de retorcido acordeón gigante sobre los rieles. Los tripulantes hombres eran ejecutados en el lugar, las mujeres ultrajadas y secuestradas, probablemente para vivir el resto de sus vidas como esclavas de alguna tribu a la que pertenecieran sus captores.

Caminaron al lado del tren destruido, siendo conducidos por Yvette en su camello y algunos de sus seguidores. John no sabía qué tan inocentes eran los tripulantes de aquel fallido viaje, pero consideraba que había visto suficiente crueldad en el mundo como para no sorprenderse de tal escena. El capitán caminaba a su lado, mostrando en su rostro un tipo extraño de emoción.

Yvette: Vamos muchachos, una cosa más y estaremos en camino.

Georgie: ¿En camino a dónde?

Mientras Yvette daba órdenes y comentarios en la lengua de los beduinos, John se limitaba a divisar el panorama en su totalidad. Estaban en mitad del desierto de Azraq, tierra desconocida para él y Brandt, los lugareños que eran sus anfitriones conocían muy bien los alrededores, pero era obvio que no los dejarían de vuelta en una estación o asentamiento del sultanato.

Georgie: ¿Y ahora qué sigue? ¿son amigos o enemigos?

Kenny: Creo que Jürgen no se ve muy preocupado por eso.

Y era cierto, el capitán seguía a Yvette con todo gusto. Su expresión mostraba a un niño de emocionado, atento a las indicaciones de sus mayores. Su adulto responsable, en este caso, era Yvette, una mujer declarada muerta hace muchísimos años, pero que se veía como una adolescente pequeña y delgada. ¿Cuál era la relación entre ellos?

Caminaron un poco hasta toparse con un grupo aglomerado de partisanos beduinos, encabezados por un hombre moreno, claramente de una estatura superior a dos metros, un tipo enorme. Hacían ruedo a dos hombres atados de pies y manos, cuando John pudo acercarse mejor, notó que uno era el general McCann. Seguramente el otro era Schultz, pues tría uniforme del alto mando germano.

Yvette: Mors, cariño ¿Qué tenemos aquí?

El enorme moreno señaló a ambos, y soltó unas cuantas palabras en beduino, con voz terroríficamente grave. Yvette saltó de su camello, cayendo de forma artística y simétrica tras una voltereta, que la dejó frente a los generales. McCann se dirigió a ella en inglés.

McCann: ¿Y ésta quién es? ¿una puta de estos salvajes?

Yvette le respondió en su idioma.

Yvette: Eso no es algo que deberías decirle a alguien que tiene tu vida en sus manos.

La niña miró a Mors, quién se dirigió a McCann. Con una sola mano le fue suficiente para tomar todo su cráneo y levantarlo del piso. El general empezó a gritar y pedir clemencia desesperadamente.

Yvette lo miró con decepción, para luego mover la cabeza de un lado a otro, en signo de negación.

Los gritos del general se intensificaron mientras pataleaba en el aire, ahora no eran súplicas, era dolor. Mors apretó su cabeza sin piedad, hasta que un horrible crujido detuvo la voz de McCann, seguido de un estallido de sangre y sesos. El cuerpo cayó de nuevo al suelo, con los restos esparcidos de lo que hubiera sido su cabeza.

Ahora la mirada de Yvette estaba en Schultz, quien se dirigió a ella en germano.

Schultz: Señorita… le ruego me perdone… no conozco a ese hombre… puedo pagarle… mucho dinero… ¿no es eso lo que quieren?

El general logró identificar al capitán, y trató de arrastrarse hacia él para pedir piedad.

Schultz: ¡¿Brandt?! ¿Qué mierda haces aquí? ¿Estás con ella? ¡Dile que somos aliados!… ¡Amigos!... ¡Ayúdame!

Las miradas de los presentes quedaron en Brandt, quien se apartó y alzó las manos mirando a Yvette, como en señal de desentenderse de aquel problema.

Yvette: Vaya… parece que aquí no tienes amigos.

La niña se acercó al general, y se agachó para desatar sus manos y pies. Luego, se enderezó para hablarle a todos los presentes. 

Yvette: Esto es un mensaje para Germania, Anglia y el sultanato… ¡salgan de estas tierras!

Schultz: S-sí señorita… se los haré saber.

Yvette: Oh créeme, ellos se enterarán.

Yvette le dio la espalda al prisionero, luego chasqueó sus dedos, e inmediatamente llamas salieron de la nada para cubrir al general en su totalidad. Schultz gritó desesperadamente y se retorció a la vista de los presentes, quienes sólo se alejaban de él para no quemarse. Minutos después, el general sólo era una pila inmóvil en llamas.

Yvette: Mors… ¿me ayudas?

El moreno se limpió la mano ensangrentada, y se dispuso a tomar a la niña de la cintura, para devolverla al lomo del camello. Yvette intercambió algunas palabras con los beduinos, quienes se apuraron a moverse. Entre tanto, apareció Fantine, también montada en camello. La chica cargaba la misma mirada altiva con la que encaró a Jürgen anteriormente, y el capitán parecía persistir en su fascinación por ella.

Momentos después, los beduinos que se apresuraron con las palabras de Yvette volvieron con un par de camellos, serían su nuevo medio de transporte.

Yvette: Bien, ya podemos irnos.

John subió con dificultad a lomos de aquel animal, al igual que Jürgen. Había pasado bastante tiempo en campañas orientales, pero nunca montando camello, por lo que dirigir a su bestia le pareció un reto. No fue así, los camellos seguían a Yvette sin necesidad de conducción.

Cuando se alejaron lo suficiente de los restos del tren, Yvette se dio la vuelta para quedar con vista a éste. Luego, hizo un ademán con su mano, como recorriendo su figura. A medida que movía lentamente la mano, la enorme estructura de metal se fue incendiando, como si aquel fuego fuera pintado por ella desde la distancia.

Iniciaron su camino a través de una planicie intrincada que parecía ir hacia las montañas azules que John contempló desde el tren. El atípico paso del camello lo devolvió  a considerar las dificultades del entorno, principalmente el sol infernal de la tarde.

Su camello iba al paso con el de Brandt, quien se ubicaba al lado suyo. Adelante estaba Yvette, a su derecha Fantine, dominando a su camello, y a su izquierda Mors. El enorme hombre caminaba, lo cual tenía sentido para John, pues no imaginaba bestia alguna capaz de soportar su peso. Detrás de ellos caminaba la cuantiosa cuadrilla de expedición que asaltó el tren, no podían ser menos de cien.

La marcha los condujo a una encrucijada, en la cual unos hombres se adelantaron a lomo de sus camellos, para dedicar una solemne despedida a Yvette. Seguido de esto, el grupo se separó, quedando sólo sus anfitrionas, Brandt, y el gigante secuaz de la niña.

Ahora el camino empezaba a empinarse, y el paso del camello se hizo más molesto. El sol se le hacía tan invasivo que se sentía cegador, John comenzó a entrecerrar los ojos para prevenir el ardor. Pero no sólo sufrían sus ojos, su piel ardía sin control, el uniforme con que llegó a aquel destino no estaba hecho para viajes expuestos en el desierto.

Trató de distraerse asimilando el contexto que los rodeaba. Estaba Mors, envuelto en una túnica negra, deslizando su monstruosa figura sin esfuerzo, como si aquel infierno fuera normal para él. Su paso desentendido parecía lento, sin embargo, caminaba de forma constante con los camellos al trote. 

Había algo en aquel hombre, no sólo su paso era desentendido, sino que su presencia se sentía así, como si no hubiera nadie allá adentro. John no había intentado escuchar sus pensamientos por puro temor, pero tenía la sensación de que si lo intentara no encontraría nada.

Estaba Fantine, la chica guerrera de porte desafiante. Tomaba las riendas de su camello con autoridad, como si la mirada que arrojaba se proyectara en el resto de sus acciones. Había bastante belleza en su arrogancia, la silueta que ocultaba su túnica blanca encantaba junto a sus ojos claros. Brandt, más que nadie, estaba pendiente de ello, se fijaba en Fantine incluso más que en Yvette.

Por último estaba la niña misteriosa. Para John era, de lejos, la no común más fuerte que jamás hubiera visto, y eso que sólo la había conocido hace unas pocas horas. Con una túnica blanca, al igual que Fantine, proyectaba un porte despreocupado, era la única que no expresaba algún tipo de incomodidad con el clima. Cambió su posición en el camello, se sentó en forma de loto, para darse la suficiente comodidad para recogerse el cabello. John notó que los mechones blancos estaban colgados de sus sienes.

La curiosidad pudo con John, quién trató de escuchar y hablar dentro de ella, justo como hizo en el tren.

John: ¿Señorita Lagarde?

Georgie: John… no podemos escucharla.

La niña se volteó hacia John, dedicándole una sonrisa coqueta.

Yvette: John, puedes hablar para todos.

John se paralizó. Era obvio que el escuchar era un don secundario de Yvette, y ya lo había dominado por encima de su nivel, lo suficiente para inutilizarlo completamente.

John: S-señorita Lagarde… no quiero sonar impertinente, pero… usted no debería… haber muerto… ¿hace unos doscientos años?

John sintió la mirada de Brandt, pensó que sería reprendido, pero al verlo se encontró con una sonrisa burlona.

Yvette: Cariño, puedes llamarme Yvette… doscientos quince, para ser precisos. Pero aquí estoy ¿eso no te alegra?

John: Alegr… sí señora.

Yvette se rió con delicadeza del miedo de John, Brandt soltó una carcajada. Los demás permanecieron inmutables, mirando al camino en frente.

Yvette: Descuida querido… hay mucho que no sabes, espero ilustrarte un poco en este viaje. Tienes un futuro prometedor, igual que mi Jürgen.

John: ¿Mi Jürgen?

John no pudo evitar divertirse con aquella expresión.

Brandt: Oh vamos Yvette… ya hablamos antes de esos motes.

Yvette: Haha perdón, perdón…pero es que siempre serás mi pequeño Jürgen, eso no va a cambiar.

Yvette miró a Brandt con una cara piadosa.

John: Señ-Yvette… ¿cómo conoce al capitán?

Yvette: ¿No me escuchaste al principio? Soy la Niña de los Susurros… o bueno, él me bautizó así. Susurro a sus oídos desde que tiene memoria para contarlo. Digamos que soy su más vieja amiga, ¿no es así, Jürgen?

El recuerdo de aquel episodio en el tren le devolvió a John la idea de lo cruel y poderosa que era Yvette, definitivamente era mejor ser su amigo.

Brandt: Eehm… algo así. Mucho de lo que sé ahora lo aprendí por Yvette… excepto la crueldad, supongo.

Brandt e Yvette se miraron de forma pícara. Seguido de esto, el capitán adelantó su camello hasta quedar al lado de Fantine. Mirándola, le habló a Yvette.

Brandt: Oye Yvette, ¿y quién es la chica nueva? ¿lleva mucho tiempo contigo?

Brandt ondeó un saludo hacia Fantine, quien sólo lo miró con desdén y volvió a poner atención al camino.

Yvette: Haha… no te esfuerces, Fantine sólo habla semita beduino, y un poco de franco.

Brandt: Fantine… ese nombre no es de por aquí.

Yvette: Su verdadero nombre es un poco más difícil de pronunciar… le di ese nombre por un personaje, de un libro que me encantó.

Brandt: ¿De verdad? ¿Cuál?

Yvette: Dudo que lo conozcas, lo encontré en un lugar… muy lejos de aquí.

John: Yv-Yvette… ¿a dónde vamos?

Yvette: Bueno… creo que no sería conveniente para ustedes quedarse en ese tren destrozado, mucho menos vagar por Azraq sin conocer un centímetro de la tierra. Nos separaremos del lugar del asalto y de las tribus, mientras voy a mi próximo destino… será una bonita ocasión para ponerme al tanto con Jürgen… y conocernos un poco.

Yvette miró fijamente a John con expresión misteriosa, logrando avergonzarlo un poco.

John: S-Yvette… ¿somos enemigos?

Yvette: Haha… claro que no, cariño.

 

La marcha se trató de un ascenso a través de un conjunto de montañas rocosas, que, a pesar de verse desafiantes, fueron simples para las bestias, pues parecía que ya conocían tales caminos de memoria. No fue fácil para John, quien en un punto se limitó a yacer en las jorobas de su camello, sin poder contemplar lo demás, la furia del sol casi que acabó con su espíritu.

Yvette detuvo la marcha cuando oscureció, pues habían hallado una especie de cueva para descansar. Recostó al débil John entre un puñado de rocas de la cueva.

Yvette: Cariño, sólo llevamos unas horas de marcha ¿es todo lo que tienes?

Yvette miró de forma burlona a John, quien no pudo reaccionar, pues no tenía energía. La niña le entregó una bolsa.

Yvette: Con ese uniforme morirás antes del medio día de mañana, ponte esto y sal a cenar cuando puedas.

Después de un buen rato procesando el calor del viaje, John sacó el contenido de aquella alforja, eran túnicas similares a las que usaban Yvette y Fantine. Se probó un par hasta que halló una con la que se sintió cómodo, luego salió de la cueva a reunirse con los demás.

Apenas salió de ahí vio un espectáculo, su camino y los alrededores eran iluminados por pequeñas llamas, que flotaban a la altura de su pecho, sin una fuente material que las sostuviera, simplemente flotaban por ahí.

Caminó entre aquellas llamas, de vez en cuando se detenía analizarlas. Ya cerca de la fogata, se detuvo a observar una de éstas, como intentando tocarla.

Yvette: Vamos, tócala. No te va a hacer daño.

John introdujo su mano, y así fue. Traspasó aquel bulto de fuego como si nada, era algo bello en realidad.

Yvette: La cena aún demorará un poco, pensamos que tardarías más en venir, aún debemos cazar lo que comeremos.

John dirigió su atención a la fogata. Al igual que aquellas llamitas, surgía de la nada en el suelo, y calentaba una caldera montada sobre ésta. Alrededor estaban Brandt, ahora vestido de túnica, e Yvette. Parecía que tenían una conversación casual, John se acercó para sentarse con ellos.

Yvette: Entonces Jürgen, ¿no tienes nada que contarme?

Brandt: No, no lo creo.

Yvette sacó de dentro de su túnica una joya que colgaba de su cuello, un diente del tamaño de un dedo, cristalino y del color carmesí más profundo que se pueda imaginar. Se lo enseñó a Brandt.

Yvette: ¿Seguro?

Brandt:

John: Yvette… ¿entonces saldremos a cazar?

La niña se guardó el diente carmesí y miró a John de forma amable.

Yvette: Estamos cazando.

John no logró entender a Yvette, quien de nuevo se hallaba sentada de forma cómoda, en posición de loto, sobre una roca plana. Cuando miraba hacia la fogata, sus ojos lucían de un color carmesí casi tan profundo como el de aquel diente cristalino.

Minutos después, un órix, regordete y de grandes cuernos, se empezó a acercar al campamento, desde detrás de Yvette. La niña se volteó hacia él, y le extendió su mano con ternura, como invitándolo a pasar. El antílope se dirigió a ella con brincos cariñosos, hasta llegar y dejarse acariciar.

John estaba sorprendido, los órix suelen salir a correr ante el mínimo indicio de presencia humana, pero éste se mostraba complacido de ser mimado y acariciado en el cuello por Yvette.

Lo calmó, consintió y mimó con cariño y palabras dulces, mientras éste parecía acomodarse en su regazo, cada caricia extasiaba y adormecía al animal. Hasta que finalmente tomó una siesta sobre las piernas de Yvette.

Yvette: Shhhh… shhhh… shhhh.

Mors apareció para tomar al animal del regazo de la niña. Cuando lo alzó, ninguna parte de su cuerpo hizo una fuerza opuesta a la gravedad, en realidad no tenía signos de vida.

El enorme moreno se encargó de procesar y cocinar al animal, el cual todos comieron juntos alrededor de la fogata. John no tuvo mayor espacio para charlas nocturnas, el cansancio lo venció cuando se sintió lleno. Se dirigió a la cueva para dormir hasta que lo obligaran a reiniciar aquel tortuoso camino.


Kenny: ¡John! ¡John! ¡Despierta! ¡Tienes que ver esto! ¡John!

La luz de la mañana entraba por la cueva, cerca de él estaban Mors y Fantine, pero nadie más.

Georgie: Brandt e Yvette están cerca de aquí, creo que van a pelear.

John se apresuró a levantarse y salir de la cueva. Afuera podía contemplarse la tenue luz matinal, sin embargo, el calor insoportable no había cambiado. Las rocas que componían aquellas montañas de verdad eran entre azules y grisáceas, lo que se veía desde la lejanía anteriormente no era un efecto óptico engañoso.

Se dirigió al lugar desde donde se sentían las presencias de Yvette y Jürgen, debió bajar un poco sobre la empinada en la que se ubicaba la cueva, hasta encontrar una especie de cráter plano lleno de polvo. Allí estaban ellos.

John se acercó lo suficiente para presenciar de forma segura lo que estaba por pasar, a unos quince metros de la pareja. Se miraban de frente, ambos con espadas en cada mano.

Yvette: ¿a la primera espada rota?

Brandt: O al primer rasguño.

Portaban espadas curvas bastante largas, similares a las que usaba Fantine. Dos espadas largas era el equipo usual de combate de Jürgen, John estaba acostumbrado a verlo. Pero en Yvette se veían extrañas, demasiado grandes para su pequeño cuerpo y brazos.

Ambos se miraron con confianza, antes de empuñar las espadas de la misma forma, viéndose simétricos. Lo hicieron al igual que Fantine en los rieles, una mano empuñando con el filo hacia adelante, y la otra empuñando al revés con el filo hacia atrás. Tras unos instantes de suspenso, Yvette dio un salto por encima de Jürgen para cargar contra él.

Comenzaba un combate fiero, el sonido del chocar del acero era fuerte y ocasional, como si ambos planearan cada tajo que lanzaban.

John había visto infinidad de veces el estilo de combate del capitán, lanzaba una cortada o estocada con la mano que empuñaba el filo de frente, y se defendía con la otra, y si las circunstancias lo obligaban, cambiaba de mano principal una y otra vez. Todo esto mientras giraba su cuerpo a una velocidad descomunal. Aquella danza tenía otro tipo de patrones o variaciones, pero eso era lo poco que lograba entender John.

Este mismo estilo usaba Yvette, probablemente Brandt lo aprendió de ella, pero, en este caso, los combatientes lo hacían a una velocidad por encima de lo que John jamás pudo ver. Mantener la atención en cada movimiento era difícil, lo único que podía captar eran los giros de Yvette cargando contra el capitán, y éste respondiendo y contra atacando. Nada parecido a la anterior pelea en las vías del tren.

Kenny: Mira nada más.

Ahora ellos tres no eran los únicos en aquel cráter, Fantine estaba unos pocos metros al lado de John. La chica miraba atentamente la pelea, pero a John le parecía que ponía más atención a los movimientos de Brandt.

Yvette y el capitán seguían en sus incansables giros mortales, bloqueando y esquivando los cortes del otro. Tras cada movimiento, parecían dejar rastros de espirales en el suelo polvoriento.

Fantine: Magnifique.

Kenny: ¿Puedes creerlo? Tiene los ojos clavados en Brandt.

Brandt ahora se abalanzaba sobre Yvette, y John creyó que iba a lanzar un golpe certero, pero ésta se las ingenió para esquivarlo de un salto y quedar en el aire, por encima de la cabeza de Jürgen. En ese mismo instante, la niña contra atacó con una patada que lanzó al capitán contra la pared del cráter. Tras aquel golpe, un corto suspiro de Fantine captó la atención de John.

Yvette: ¡Vamos! ¡Fuerza!

Brandt se re incorporó y se lanzó en giros contra Yvette, aumentando la intensidad de sus ataques. Ahora era la niña quien se defendía. De repente, el sonido del choque del acero era más frecuente, más intenso. Hasta que el último de esos sonidos fue atípico.

Un pedazo de metal salió disparado desde donde estaban los combatientes, dirigiéndose a Fantine. Pasó tan rápido que John apenas tuvo tiempo de seguirlo con la mirada. Inmediatamente, apareció la figura del capitán frente a ella, atrapando aquel pedazo de filo centímetros delante de su cara atónita.

Jürgen se volteó para enseñar de forma triunfante aquel pedazo de acero a Yvette, que se quedó metros atrás, donde estaba la pelea. La espada de la niña se había roto.

Brandt: ¡Gano yo!

 

 

 


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