Parte 6: Eco del infinito
Eco del infinito.
*Los diálogos titulados en cursiva indican conversaciones mentales.
El calor era más que infernal, entraba por las fosas nasales y asediaba la
piel. John recordó la campaña por las colonias orientales con remordimiento,
pero ni siquiera en aquella época se sintió tan diezmado por el sol.
El ferrocarril se aproximaba, esperaba obtener allí un panorama menos
desolador que en aquella vieja y empobrecida estación militar. Junto a él
estaba el capitán Brandt, igualmente alterado por el clima, pero disimulándolo
un poco. Con ellos estaba un séquito de mujeres, algunas vestidas con demasiada
elegancia para la ocasión, al igual que un par de oficiales germanos.
John y el capitán vestían igual que ellos, con uniforme militar color
caqui, botas y un sombrero que fracasaba en el intento de resguardarlos de la
luz de aquel medio día.
Kenny: La de vestido verde está preciosa ¿viste cómo te miraba?
Georgie: Pfff… como si tuvieras chance… ¿Tendrán licor en el tren?
¿o al menos agua? muero de sed.
Kenny: Creo que habrá de todo en ese tren.
Aquel enorme tren se empezaba a detener, John pudo contar unos ocho
vagones. El oficial de la estación se acercó para ubicarlos, pidiéndoles sus
identificaciones. John miró al capitán antes de entregar aquellos documentos
falsos.
Kenny: No es momento para nervios.
Abordaron aquel monstruo de metal, que parecía estar más caliente que todo
el desierto que los rodeaba. Sin embargo, por dentro todo era distinto, bien
amoblado, con acabados finos y comodidad aparente. Igualmente finos parecían
los tripulantes, militares con uniforme bien presentado, hombres en traje, y
mujeres bastante arregladas.
Georgie: ¿Vinimos a hablar con la legión colonial o con la corte
de Su Majestad?
John y Brandt se ubicaron en unos lugares al lado de una ventana, con
espacio para cuatro personas, una mesa separando dos muebles de frente.
Mesero: Caballeros ¿puedo ofrecerles algo de beber?
John: Whisky, y agua… mucha agua.
Brandt: Que sean dos.
De los vagones de adelante provenía el sonido de una música bohemia.
Clarinetes, trompetas, contrabajos. John no imaginaba ese tipo de música en un
tren cruzando el desierto de Azraq, pero esto no le impedía sentirse deleitado,
se limitó a recostar su cabeza sobre la ventana y a escuchar atentamente.
Brandt: ¿A qué hora vienen tus amigos?
John ni siquiera se movió para responder al capitán, el sosiego que le
causaba la música lo sacaba de aquel infernal contexto, y no pensaba alterarlo
de ninguna forma.
John: Pasarán cuando estemos en marcha.
Brandt: ¿Repasamos el guion de nuevo? Es crucial que no me
reconozcan aquí… de verdad lo es.
John: No, capitán… todo bajo control.
Y era cierto, sin aquella ropa negra que estaban acostumbrados a llevar,
difícilmente serían reconocidos, incluso en Germania. Se las habían arreglado
para contactarse con un viejo conocido de John en el ejército anglo, con el fin
de obtener información sobre los planes de aquel país para los meses
siguientes.
Tras un aviso de los encargados, el ferrocarril empezó a moverse, con
velocidad de menos a más, y el fatídico ruido de esos aparatos. No pasó mucho
hasta que John percibía una velocidad estable.
Se distrajo viendo el paisaje, extraño paisaje. Nada más que rocas y arena
en la lejanía plana, pero este escenario se extendía hasta el horizonte, que
parecía adornado con altas montañas de color azulado, lo suficiente para
distinguirse de aquel despejado cielo. La imagen del inmenso desierto y la
música bohemia ya eran un espectáculo para John, que había olvidado las
molestias que le produjo el lugar minutos antes.
Georgie: Sólo falta un trago.
Mesero: Caballeros.
El mesero se dispuso a servir lo acordado, los segundos que transcurrieron
mientras aquel vaso estuvo entre la bandeja del hombre y las manos de John fueron testigos de sus ansias.
Kenny: Justo a tiempo.
John sintió en el primer sorbo un placer sin igual, pero todo se arruinó
antes de que pudiera volver a su comodidad en la ventana.
Brandt: Todo está demasiado festivo, no entiendo nada. ¿Puedes
oír algo?
Georgie: Ohhh mierda.
Georgie casi siempre hablaba para quejarse de algo, pero John concordaba
con él esta vez, pues esperaba usar sus dones sólo en la reunión por venir.
Escuchar a tantas personas era exhaustivo, más en aquel calor.
Dio un largo suspiro y trató de concentrarse. Sólo escuchó frases vacías y
expectativas indecorosas, de verdad era una fiesta, y apenas empezaba. Sin
embargo, alcanzó a rescatar un dato relevante, el cual comunicó a Brandt en voz
baja.
John: No escucho mucho más que lengua beduina y turca… pero los
militares no sólo están de paso, vienen con el general Schultz… están en los
vagones de adelante.
El capitán asintió con aprobación, mientras tomaba un sorbo de agua.
Georgie: No sé qué es más repulsivo, si el turco o esa colección
de escupitajos que hablan los beduinos.
Kenny: Di lo que quieras de su lengua, pero las mujeres de aquí
están mucho mejor que las simplonas que tenemos en casa.
Georgie: Ya cállate.
Kenny: Tú cállate.
John: ¡Basta! Aquí no.
Kenny y Georgie eran claves en su vida cotidiana, incluso en su estrategia
de batalla. Pero su falta de consenso había demostrado poder limitar a John en
varias ocasiones, y eso no podía repetirse. John no podía fallarle al capitán.
Aquel desierto le recordó el sueño donde Georgie apareció por primera vez,
el mismo desierto vacío y desolado, pero todo de color rojo sangre. Los veía en
sus sueños, durante el día sólo los escuchaba. Años y un colapso emocional
mayor fueron necesarios para aprender a vivir con sus presencias.
Georgie: Hey… ya viene Callum, al otro no lo conozco.
Efectivamente, dos hombres con uniforme anglo cruzaban el pasillo del
vagón, hasta detenerse en la mesa de John y Brandt.
Callum: ¡Johnny! ¡Mi hermano!
John se puso de pie de forma solemne, como evitando llamar la atención
sobre aquel encuentro. Brandt hizo lo mismo. Ambos salieron de la mesa en que
estaban sentados, John recibió un efusivo abrazo de su antiguo camarada.
Callum: Tan inquieto como siempre.
John: Ya me conoces, amigo.
Callum: Te presento al sargento Colin Jones, está apostado de
nuestro lado de Azraq con la legión colonial de Su Majestad.
John: Teniente John Mcniall Towers… o bueno, solía ser
teniente… éste es mi ayudante, Karl.
Presentó al capitán, quien alzó sus cejas ante tal afirmación. Era una
buena coartada, Brandt era más joven que él, por lo que podía pasar
desapercibido como su ayudante. Seguido de este, Brandt saludó a los anglos con
una reverencia.
John: Deben disculparlo, aún no habla muy bien el inglés. Por
favor, tomen asiento. ¡Mesero!
De un lado se ubicaron los británicos, del otro Brandt y John. Sus
invitados ordenaron whisky también.
Georgie: ¿Callum sabe de nuestros dones?
Kenny: No que yo recuerde.
Georgie: ¿Seguros?
John: Sí, ahora presten atención.
Callum: Entonces, Johnny ¿Qué tal el desierto? ¿Te pone
nostálgico?
El ahora teniente Callum tenía un aspecto tremendamente frívolo, los
brillantes anillos en sus dedos eran el principal rasgo de esto. Los rumores
decían que se había hecho una vida cómoda traficando influencias entre el
ejército anglo y las tropas del Sultanato en la frontera.
El mesero sirvió la mesa para los recién llegados.
John: Ni un poco… aunque debo decir que nos topamos con un
recibimiento bastante festivo, aunque no fuera para nosotros.
Callum y Jones rieron mientras bebían.
Callum: ¡Tienes toda la razón! El general McCann es un tipo
extravagante, y más lo es Schultz… precisamente hoy se juntaron sus mentes.
John: ¿McCann está aquí?
Kenny: Mierda… estoy seguro de que McCann conoce el rostro de
Jürgen.
Callum: Mi hermano… ¿cómo te está tratando Brandt? ¿Sílica estuvo
pesado?
John: Para nada… es mucho más fácil de lo que crees.
Jones: ¿Es cierto que ese tipo puede volar?
John miró al capitán, luego disparó una risa cómoda.
John: Creo que si así fuera, hubiera volado a cortarle la
cabeza al rey de Galia.
Callum: ¿Cuánto crees que cobraría por eso?
Todos rieron estrepitosamente.
Jones: ¿Escuchas eso? Schultz puede detestar a los galos con
toda su alma… pero ama su música… traer a esos chicos a tocar en el otro lado
del mundo tiene que costar una fortuna.
Callum: ¡Por el derroche!
Callum alzó su vaso, regando un poco de licor en la mesa. Brandt bebía con
ellos, sin gestos tan expresivos.
Kenny: Increíble, estos tipos de verdad no están pensando en más
que beber y coger.
Georgie: Me recuerdan a ti.
Jones: Anímese, teniente Towers. Como van las cosas, ésta será
de las últimas fiestas a las que asista en mucho tiempo.
Callum: Maldito imprudente.
Callum: Es cierto, es cierto… lo cual me recuerda… hablemos de
nuestro negocio, luego veremos si podemos llevarte con nuestros amigos allá
adelante.
John: ¿Y qué negocio podría ser ese? Yo sólo vine a saludar a
un viejo amigo, y a pedir un pequeño favor.
Callum: Haha… perdón camarada, tiendo a exagerar mis relaciones…
En fin… ¿qué necesitas?
John: No mucho… sólo queremos saber el estado de los asuntos
entre Anglia y Germania… pero queremos escucharlo de ustedes.
Callum: Bueno… eso no ha cambiado, ni creemos que vaya a cambiar.
Todo está tenso en las colonias, pero la cuestión geográfica hace desfavorable
un rompimiento en las relaciones. De hecho… el motivo de la reunión social en
este tren es visibilizar nuestros buenos términos.
John: Ya veo.
Jones: Pero…
Callum miró de forma tensa al teniente.
Callum: Maldito bocón, si no nos aceptan tendremos graves
problemas.
Jones: Verá, teniente Towers… La situación en oriente es un poco
más compleja que eso.
Jones: Amigo… de aquí saldrás millonario o no saldrás.
Jones: Todos están preocupados por una inminente guerra
continental, pero las colonias británicas también tenemos problemas. El
sultanato pierde influencia en sus tierras, y se cree que mucho de eso tiene
que ver con influencia franca.
Jones se acercó a John para hablar un poco más bajo.
Jones: Las tribus beduinas han dejado de acudir a las reuniones
de rendición de cuentas, y se rehúsan a pagar impuestos… desde hace meses… en
las ciudades se han detenido una serie de movimientos rebeldes, que claman
autonomía para los beduinos… Todos aquí sabemos que esos animales no tienen
idea de gobierno y política, por eso creemos que Galia tiene una mano en esto…
y si no la tienen, es una situación que los beneficia.
John: Y eso… ¿qué tiene que ver conmigo?
Jones: Es imperativo para Anglia y Germania… el mantener su
dominio sobre las colonias… lo cual implica asegurar la posición del sultán en
estas tierras. La efectividad de su decuria es de renombre, por lo cual, está
en los intereses del general McCann y del Estado Mayor de Su Majestad… una pequeña
visita de usted, su capitán y sus amigos… ya sabe… para calmar un poco las
cosas.
John tomó una pausa para mirar a Brandt.
Kenny: Bueno, quiere contratarnos ¿qué tiene de malo?
Georgie: Nada… si tan sólo no hubiera dicho que no podemos decir
que no.
John: Bueno, caballeros… como sabrán, sólo soy un subordinado
en mi decuria. Ese tipo de discusiones conciernen al capitán, e incluso a los
oficiales del alto mando germano.
Callum: Así es, mi amigo. Pero también sabemos que toda discusión
termina con un precio. ¿por qué no te das un tiempo para considerarlo? Ya
sabes, una cifra que sepas pueda satisfacer a tus camaradas… todos aquí somos
generosos ¿no ves?
John: Pero… ¿Cuál es el problema con sus propios grupos de
elegidos? Incluso Germania debe tener algunos asignados a Azraq.
Jones: Sí, es cierto. Pero no queremos incendiar las cosas con
una intervención directa, sería un insulto a la “autonomía” del Sultán ¿no
cree? Como dije, sólo necesitamos una pequeña visita… rápida y efectiva… una
visita que sólo ustedes pueden hacer.
John recibió la propuesta de forma inexpresiva.
Georgie: Nos está forzando a tomar dinero. Si lo hacemos y no
cumplimos, levantarán una crisis diplomática… más que eso… manchará el nombre
de la decuria ante muchos ejércitos. Si decimos que no, tratarán de matarnos, dudo
que lo logren. Pero el escándalo que se arme aquí significará problemas en las
relaciones entre ambos países.
Callum: Pero bueno… tienes todo el camino para pensarlo, por lo
pronto… ¡bebamos!
Callum detuvo la tensión al alzar su copa, John y Brandt no tuvieron más
opción que seguir la corriente.
Pasaron unos minutos más, hasta que los oficiales decidieron llevarlos
adelante.
Callum: Bueno, Johnny. Creo que podremos convencerte si te
mostramos todo lo que podemos ofrecer… incluso podríamos discutirlo con McCann.
John miró al capitán, quien asintió de forma discreta. Todos se pararon de
la mesa para avanzar, sin embargo, John sintió una perturbación en el ambiente.
Las voces de Kenny y Georgie no estaban, y no era porque hubieran decidido irse
voluntariamente.
John se detuvo y se quedó de pie un momento, mientras los demás parecían
avanzar.
Jones: ¿Pasa algo, teniente Towers?
Trató de escuchar las mentes de los presentes, pero tampoco lo lograba,
ahora su cabeza sólo se llenaba de un pitido ciego, como si sus dones se
hubieran ido. Ni siquiera Brandt entendía su comportamiento.
John: C-caballeros… creo que los tragos me han sentado un poco
mal… me uniré a ustedes después de visitar el tocador.
Callum: Haha… el buen Johnny Towers.
Se olvidó de Brandt y del plan. Sólo caminó en busca de un baño, cada paso
se le dificultaba más ¿eso se sentía extrañar a los fantasmas que lo habían
rodeado toda su vida? No, era algo peor que eso.
Su cabeza sólo podía escuchar aquel zumbido agudo, como si hace segundos
una granada hubiera explotado cerca de él, y vaya que sabía de esas cosas.
Encontró el baño, escondido en una puerta con el mismo tapizado de las paredes
de aquel vagón. Al entrar no hizo más que verse en un pequeño espejo.
John: ¿Amigos? ¿Dónde están? ¿Qué está pasando?
El zumbido se incrementaba, ahora de verdad no podía escuchar nada. Sus
piernas flaquearon, tuvo que apoyarse en el retrete, sus manos temblaban sin
control y un ardor sobre su nuca se hizo protagonista de la situación. Hacía
mucho que no sentía ese nivel de pánico.
John: ¿Amigos? ¿Amigos?
Se quedó ahí, tratando de respirar profundamente hasta hallar algo de
calma, sentía que su corazón se le salía del pecho.
Respiró hasta calmarse un poco, lo suficiente para poder ponerse de pie. Al
mirarse otra vez al espejo, notó que el zumbido se había ido, ahora su cabeza
estaba completamente en silencio. No sólo era su cabeza, ni siquiera escuchaba
el ruido del ferrocarril.
???: Sal de ahí.
Esa voz no la había escuchado nunca en su vida. No era Kenny, tampoco
Georgie, ni siquiera el tenebroso amigo que solía aparecer de vez en cuando.
Era una voz femenina, con algún tipo de acento extraño que no lograba
identificar.
???: Vamos, sal de ahí… no te voy a hacer daño.
Cumplió la orden a cabalidad, movió la perilla lentamente para salir de
aquel pequeño baño. Cuando estuvo afuera, la situación no pudo tornarse más
extraña. El tren se había detenido, y la luz de la tarde ya no estaba, como si
en aquellos minutos hubiera anochecido, ahora todo estaba iluminado por las
lujosas lámparas que decoraban el vagón.
Ni siquiera supo porque le prestó más atención a eso, que al hecho de que
ya no hubiera nadie en el tren, sólo estaba él.
Miró a ambos lados, luego avanzó hasta donde dejó a su capitán. Mientras
recorría aquel pasillo vacío, divisó una figura unas mesas más
adelante, se dirigió lentamente hacia allá.
Al llegar, encontró a una chica sentada ahí. Se veía bastante joven, tal
vez de la edad de Ruby. Tenía el cabello negro, con algunos mechones blancos,
muy blancos. Estaba vestida de forma tan elegante como las mujeres que
abordaron el tren en el inicio del viaje, con un vestido negro como su cabello,
perlas en el cuello, y guantes adornando sus pequeñas manos.
La niña lo miró con amabilidad, apoyando su codo en la mesa y recostando su
cara sobre la mano de aquel codo.
???: Vaya… un apuesto joven con el don de Oír. Hace muchos
años no atestiguaba esto.
No movía sus labios, le hablaba a su mente. La expresión afable de la chica
no lograba convencerlo, lo que sea que estuviera pasando, era lo más espantoso
que había vivido en mucho tiempo.
???: Dile a Jürgen que la Niña de los Susurros está aquí, y
que más le vale no meterse en sus asuntos… vamos… corre a decírselo.
El silencio fue desapareciendo lentamente, ahora un sonido se elevaba por
todo el ambiente, pero venía de aquella niña. Eran gritos, aullidos, muchos
aullidos de dolor. John se tapó los oídos con las manos, a pesar de que los
gritos estaban dentro de él. La niña le sonrió mientras le ondeaba su mano a
manera de despedida, sólo pudo cerrar los ojos ante tal terror.
Brandt: ¡John!
Sintió el golpe de una bofetada en su cara.
Brandt: ¡John!
Los ruidos del tren volvieron, igual que la muchedumbre de aquella fiesta,
incluso sentía de nuevo la presencia de Georgie y Kenny. No podía creerlo,
miraba sorprendido a su alrededor.
Brandt: ¡John! Has estado ahí parado por varios minutos ¿Qué
pasa? Vas a alarmar a esos tipos, van a venir a buscarte.
Miró el rostro del capitán, luego recordó todo, y se apresuró a contarle
todo al oído. Le repitió el mensaje de la niña, palabra por palabra.
Brandt: Mierda, mierda, mierda… vamos, tenemos que salir de aquí.
John: ¿Qué?
Brandt: Sígueme… y mantente alerta.
Brand se apresuró a ir hacia atrás entre vagones, John lo siguió con toda
presteza, ni siquiera prestó atención a quienes iban dejando atrás. Sus
impertinentes amigos anglos ya no importaban.
Se hallaron con la puerta hacia el último vagón, custodiada por dos
infantes del Sultán. Brandt ni siquiera se dio a la tarea de pedir el paso, los
noqueo en un par de instantes y tomó sus armas, lanzándole una a John, la
conmoción de los presentes tampoco le importaba. Entraron al último vagón, y el
capitán aseguró la puerta.
John: ¿Y ahora qué?
Brandt: Esperamos.
John se alejó un poco de la puerta para tomar espacio y aire, todo había
pasado muy rápido. Brandt hizo lo mismo, pero recostándose sobre aquella
puerta.
John: ¿Quién mierda es la niñ-
El estruendo de una explosión cortó todo diálogo posible. La próxima cosa
que John vio, fue la pared opuesta del vagón venir hacia él.
Se devolvió unos años atrás, a un desierto similar al que estaba visitando.
Jürgen estaba sentado junto a él, fumando y bebiendo, con puñados de cadáveres rodeándolos.
Brandt: John… existe una vibración que nos rodea a todos, que moldea
cada emoción en nuestros pensamientos, acciones y palabras… como un eco del
infinito, que se expande y viaja hasta que se pierde de la memoria. Tú naciste
con el don de escuchar ese eco, eso te mantuvo vivo hoy, y debería mantenerte
vivo en adelante.
Cuando volvió a abrir los ojos, se encontró tirado y adolorido, cerca de lo
que antes fue la pared metálica del lado de la puerta del vagón. Había latas y
forraje esparcidos en aquel lugar, el ajetreo no le permitió notar antes que
habían entrado al vagón de suministros.
Las paredes de aquel vagón estaban hundidas, y algunas rotas. Una puerta
torcida se había abierto a un lado de esa estructura destruida. De ella
provenían la luz infernal del sol desértico, y una serie de arengas y gritos en
lenguaje beduino. John tomó su arma y buscó salir.
Georgie: Son más de quince.
Kenny: Están rodeando a Jürgen.
John se asomó por aquella puerta. Un grupo de beduinos apuntaba con rifles
y espadas al capitán, quién se cubría con el cuerpo de un rehén. Salió
lentamente con su pistola por delante, los demás ni siquiera le ponían atención,
todos los ojos estaban puestos en Brandt.
Tenían toda razón de estar molestos, había unos cinco cadáveres tirados al
lado del capitán. Pero esto indicaba que se le estaban acabando las municiones
de aquella pistola, John se puso detrás de él, sabía que resolvería la
situación de alguna forma.
Los beduinos abrieron paso a alguien, una chica con una extraña capa y
pantalones de seda. Ella se fue acercando al capitán, también llevaba dos
espadas curvas enfundadas en un cinto extravagante.
???: Autrukh…
sawf 'akhadh hayatah.
Desenfundó sus espadas, la de la derecha con filo hacia adelante, la de la izquierda
empuñada al revés con el filo hacia atrás, y adoptando una postura altiva hacia
su enemigo.
Kenny: Esa preciosura tiene la misma postura de duelo de Jürgen.
Georgie: Sí, es cierto.
John: Es… cierto.
John concordaba con Kenny, no sólo respecto a la postura de combate de la
chica, sino sobre su belleza. De piel morena, ojos claros y arrogantes que se
notaban incluso a esa distancia, rasgos faciales finos y cabello claro.
La chica abandonó su postura, y lanzó una de sus espadas a los pies del
capitán. Quien soltó a su rehén y tomó el arma. Segundos después se hallaban
danzando entre el acero, ante la presencia de todos.
La chica definitivamente era más pequeña que Brandt, pero azuzaba y
estocaba sin temor, el ruido del choque de las espadas era casi musical.
Kenny: La chica tiene mi admiración, pero apuesto todo por
Jürgen.
Georgie: Sí, esta vez estoy de acuerdo contigo.
John: Así es, creo que sólo está jugando con ella.
Definitivamente, por momentos podía verse una sonrisa en la cara de Brandt,
quien sólo se defendía. Pero eso pasó a segundo plano, entre más
observaba John, más se parecían los movimientos de los combatientes.
???: ¡Fantine!
¡Arrêtez!
Era la voz de la niña del tren, que no sólo detuvo la pelea, sino la
emoción de todos los presentes. Cuando John la ubicó, estaba encima de un
enorme camello, removiéndose un velo que cubría su cara. Logró confirmar que era
ella, la remoción del velo dejó ver sus rasgos amables y el cabello blanco y
negro. Estaba vestida de forma similar a la retadora del capitán.
???: Ils
viennent avec nous.
La chica miraba a la niña del camello mientras recibía sus órdenes en franco. Cuando se
detuvo la pelea, tenía el filo de su espada cerca del cuello de Jürgen, lo
retiró lentamente mientras enfundaba. Luego, lo miró de frente, antes de
tirarlo hacia atrás de un puñetazo que lo desarmó. Fantine recogió su segunda
espada del suelo, la enfundó, y le dio la espalda para retirarse. Brandt le
sonreía a su figura, antes de escupir sangre de su boca.
Cuando John pudo mirar todo a su alrededor, vio un hueco gigante y humeante
sobre la vía, justo donde debía ir la locomotora.
???: Jürgen ¿no me vas a presentar a tu amigo?
El capitán parecía seguir adolorido por el puñetazo, pero tenía algo de
emoción y felicidad en su expresión.
Brandt: Qué modales los míos… John… te presento a una vieja amiga…
tiene muchos nombres… pero creo que tú la conoces como Yvette Lagarde.
John miró perplejo a la niña en el camello, quien lo saludó ondeando su
mano.
John: Yvette… Lagarde.
Georgie: Yvette… ¿Yvette la Pirómana?
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