Parte 5: Háblame de guerras, amores y espadas

Háblame de guerras, amores y espadas.

 

 

???: Vamos, cariño. El capitán quiere verte.

Era una de las gemelas, no distinguía cuál, pero el acento ruso en su voz lo decía todo. La ayudó a levantarse cuidadosamente, y la condujo fuera del pequeño recinto de hierro en que la habían puesto.

Anna: ¿Q- hda ez?

La chica aflojó y metió la mano debajo del saco que cubría el rostro de Anna, para dejarle la mordaza en el cuello.

Anna: ¿Qué hora es?

???: Seis de la mañana.

Anna: Oohh mierda.

Por un momento pensó cómo detestaba madrugar, y se preguntó si Jürgen la mandó a buscar a esa hora a propósito, pero era claro que, en donde se hallaban, todo era completamente distinto.

Anna: ¿Lana o Kitty?

???: Kitty.

Jürgen parecía haber reunido a las personas más peligrosas de la tierra, pero seguían comportándose como cualquier grupo de camaradas. Bebieron, charlaron, rieron y gritaron. Anna no supo hasta qué hora. Ni siquiera cuánto había dormido, después de haber sido llevada a aquel recinto, sin poder ver ni hablar, se limitó a escuchar el ruido de sus captores. En una especie de trance, que la tuvo sin mover un dedo hasta que, en algún momento, logró perder la conciencia.

En efecto, era una mañana fría, lo notó apenas cruzaron hacia afuera. La brisa del bosque casi que le golpeó la cara, incluso a través del saco con hoyos que la cubría. Aquella brisa terminó de regresarla al problema en el que se hallaba. No sabía si debía sentir más miedo de Jürgen que del par de rubias que la capturaron.

El miedo ya se había anidado en la parte de atrás de su cabeza, en su pecho, y en la punta de sus dedos. El miedo tenía un lenguaje propio, el lenguaje de los zumbidos. Jürgen lo comprendía muy bien, pero en aquel momento no sería propicio hablarle de eso ¿o sí?

 En adelante, la chica la guió tomándola de ambos brazos, caminando con cautela. Cuando se pierde un sentido se agudizan los demás, ésta premisa ayudo a tranquilizar a Anna para lo que afrontaría a continuación. Logró oler el humo de la fogata, y el café que estaban preparando por donde pasaba. Escuchaba algunos pájaros en su canto matutino, y el crujir de algunas ramas que pisaban ella y su acompañante.

???: B-buenos días… Lady Kitty.

Kitty: Buenos días, Towers.

El corto diálogo de aquel hombre se fue quedando atrás, al igual que el calor de aquel fuego, y los ruidos de actividad alrededor. Lentamente, se dirigían a un lugar más solitario, ahora todo era el ruido de los pájaros y el viento contra los árboles.

Anna: ¿Van a matarme?

Kitty: Eeehhmmm… no lo sé.

Anna: ¿Van a torturarme?

Kitty: Noooo… lo sé.

Anna: No es gracioso.

La risa de Kitty fue corta.

Kitty: Lo es un poco, cariño.

Anna: Me cuesta imaginar a alguien como tú en éstas, pero si lo estuvieras no te parecería una broma.

Kitty: Oohh… no te imaginas.

El silencio se apoderó por un instante, lo que le hizo dimensionar el camino que recorrían, era obvio que se estaban alejando bastante del campamento. Ahora, el terreno que recorrían tomaba pendiente hacia abajo, Kitty la tomó con más fuerza para reducir el ritmo de la marcha.

El camino no terminaba, y el miedo en Anna crecía más, los lugares alejados sólo tienen un propósito. Comenzó a apurar la marcha, a pesar de estar caminando a ciegas. El zumbido se había convertido en jaqueca, y su respiración se aceleraba.

¿Podía intentar escapar? No, la niña que la llevaba acabó con un pelotón armado y con vehículos, tal vez se burlaría de ella mientras corría. ¿Podía convencerla de dejarla ir? Difícilmente, incluso sin el saco en su cara.

Kitty: Oye… más despacio.

Anna hizo lo contrario, trató de caminar tan rápido como pudo, hasta que tropezó con algo y se fue al suelo. Sintió que rodó por unos segundos, hasta que algo la detuvo, tal vez un árbol. Ahora el dolor de cabeza era peor.

Sintió venir los pasos de Kitty hacia ella, hasta que la tomó de la mano.

Kitty: ¿Estás bien?

Anna no se levantó, mas apretó su mano con fuerza.

Kitty: Vamos… de pie.

Anna: Cariño… ¿te puedo pedir algo?

Kitty no podía verlo, pero las mejillas de Anna estaban plagadas de lágrimas. Mientras apretaba con fuerza su mano, tomó el silencio como una puerta para su petición.

Anna: En el momento en que puedas… mátame… no me dejes sufrir… por favor.

Kitty: Haré lo que pueda… pero no te prometo nada… vamos, arriba.

El brazo de la chica rusa pareció levantarla sin esfuerzo.

Kitty: Ya casi estamos ahí.

Y así fue, unos cuantos pasos más, y se detuvieron. Kitty se apresuró a sentarla, liberó sus manos y aflojó la cuerda del saco que cubría su cara para removérselo. La luz que la invadió no fue cegadora, pero sorprendió a Anna de todos modos.

Jürgen: Déjala ahí… eso es todo.

Se habían dirigido a un espacio plano en el bosque, Anna miró alrededor. Lo árboles ahí habían deprendido sus hojas, que llenaban el suelo con un color marrón opaco. No alcanzó a observar el final de aquellos árboles, eran enormes. Intentar ubicar sus nombres era inútil, no tenía idea de ciencias forestales.

Kitty, que lentamente fue desapareciendo de su rango de visión, la había sentado en un enorme tronco tirado en aquel suelo, su grosor era suficiente para ubicarse sin doblar mucho las piernas. En frente suyo, a unos cinco metros, sentado en un tronco similar, estaba Jürgen.

Tenía los codos apoyados en sus rodillas, mirándola fijamente. Había cambiado mucho, demasiado. Vestía completamente de negro, con uniforme similar al de sus compañeros, pero con una especie de túnica o gabán que lo resguardaba del frío. Ésta lo hacía ver más grande de lo que era, nunca fue alguien demasiado alto. Se había dejado crecer la negra cabellera, que parecía recostarse sobre su ojo izquierdo. Y tenía una barba descuidada que, junto con las extendidas ojeras, le recordaban a Anna que hacía demasiado tiempo no lo veía.

Sin embargo, el detalle que más sobresalió fue su mirada, la más vacía que había visto en toda su vida. Físicamente lo reconocía, pero aquella mirada le decía que del chico dulce y caballeroso que conoció en su niñez no quedaba mucho, tal vez nada.

Anna: De verdad eres tú.

Jürgen no le quitaba su mirada de encima, sabía que debía sentirse aterrada, pero no lo estaba, lo que sentía en ese momento era más parecido a la angustia, algún tipo oscuro de nostalgia.

Anna: De verdad lamento tener que habernos encontrado bajo estas circunstancias… espero la próxima sea en un ambiente más ameno… ¿tú no?

Anna lanzó una risa nerviosa.

Jürgen:

El silencio se prolongó lo suficiente, luego Jürgen sacó una caja de cigarrillos de su abrigo, para encenderse uno. No le ofreció, él seguramente recordaba que ella no fumaba. Anna no pudo evitar fijarse en el enorme par de espadas que yacían a su lado, puestas de forma vertical sobre el tronco, como si también formaran parte de la conversación.

Anna: ¿Desde cuándo empezaste a fumar?

Jürgen puso su atención en el cigarrillo, casi ignorando que Anna estaba ahí.

Anna: ¿De verdad? ¿ni un “hola”?

Jürgen:

Anna: ¿Sabes? Debería estar aterrorizada en este momento, pero sólo me siento incómoda.

Jürgen se puso de pie, Anna volvió a mirar las espadas, no sentía miedo. Ahora tenía encima una vaga idea seguridad, quién sabe de dónde pudo salir. Tras un suspiro, el capitán habló.

Jürgen: El servicio de inteligencia del Imperio nos informó del seguimiento a un grupo de interés que estaría intercambiando recursos e información, entre Galia y Germania… Claramente, a sus espaldas… y a espaldas del emperador.

Jürgen se pausó para fumar.

Jürgen: Como bien se sabe, la guerra con los francos sólo es cuestión de elegir el momento y el lugar… y ese tipo de intercambios, más que cuestionables, están completamente prohibidos… quien sea que haya decidido tomar ese riesgo… lo está haciendo a cambio de algo bastante importante ¿me equivoco?

No había duda, era un interrogatorio.

Jürgen: Cuando Inteligencia nos informó de nuestra misión, se dijo que la representación de aquel grupo en Galia se iba a movilizar a entregar algo importante en la frontera. Y se nos otorgaron dos posibles ubicaciones. El trabajo consistía en identificar a la representación y… tomarla prestada, para saber qué están haciendo.

Jürgen: En el primer destino posible estuve yo… y no encontré nada… en el segundo estuvieron nuestros amigos, a quienes ya pudiste conocer. La verdad, pensaba que íbamos a fallar, pues la probabilidad de identificar y captar viva a la persona era muy baja… pero bueno… aquí estamos.

Jürgen tomó una última bocanada de humo y se deshizo del cigarrillo.

Jürgen: Aaahhh las coincidencias de la vida… afortunadamente, por ser tú, ahora podemos estar seguros de que dimos en el blanco.

Anna: Bueno… ya me tomaste prestada, galán.

Jürgen: Lana y Kitty revisaron los vehículos del convoy. No encontraron dinero, armas en una significativa cantidad, documentos… nada importante… lo cuál quiere decir que tú sabes lo que se iba a intercambiar… o tú eras lo que se iba a intercambiar.

Jürgen se puso bastante serio, y dio un paso hacia Anna.

Jürgen: Anna, me vas a decir lo que estabas haciendo allá… y todo va a terminar rápido.

Anna volvió a mirar las espadas, y al ver a Jürgen de pie, notó en su cinto una especie de revólver, de tamaño descomunal. De verdad era el fin, pero no se sentía de esa forma. ¿Qué podía hacer?

De todas las personas en el mundo, se encontraba al borde de la muerte frente a la única que siempre le pareció casi imposible de manipular con sus dones. Jürgen nunca lo supo, era mejor si no lo sabía, pero nunca se imaginó que él fuera a ser su verdugo. Anna, extrañamente, empezó a extrañar a Kitty.

Anna: Te ves bien de negro, pero necesitas afeitarte… y un corte de cabello.

Anna se puso de pie, y abrió los brazos.

Anna: No estoy precisamente presentable, pero… ¿qué tal? ¿he cambiado mucho?

La mirada de Jürgen seguía inamovible.

Anna: ¿Corres igual que siempre? O sea… ¿fumando así? ¿estás fumando mucho?

Jürgen:

Jürgen cerró los ojos y dio un suspiro, dio unos pasos atrás, dirigiendo su mano a las espadas. Anna sintió el miedo correr desde su espina dorsal, sólo pudo cerrar los ojos.

Se sintió como si el sonido de la espada al desenfundar se propagara por todo aquel bosque, más que el ruido común del acero, escuchaba una vibración perturbadora salir de aquel filo. Ésta se mantuvo, aquella espada no dejaba de vibrar.

Cuando Anna tuvo el valor suficiente para abrir de nuevo sus ojos, tenía la punta de aquel filo a unos centímetros de su cara. No parecía acero, aquel metal era bastante oscuro, y aquella vibración re afirmaba la idea de Anna, de que aquellas espadas tenían vida propia, era terrorífico.

Jürgen: No lo voy a repetir.

Jürgen no había perdido su elegancia al empuñar armas, de todos los pensamientos posibles, sólo ese se quedó en aquel momento.

No tenía sentido ocultar la verdad, en frente tenía a un monstruo sin alma, Jürgen Brandt ya no existía. A lo único que podía aspirar, era una muerte rápida y con el mínimo dolor posible.

Anna: Nada de lo que diga te va a sorprender… no comunes, elegidos… se trata de eso. La guerra es inminente, Germania avanza por donde quiere gracias a ustedes, pero Galia…

Anna: Por más esfuerzos que ponga el primer ministro, el conflicto va a escalar… sólo les queda prepararse. El Rey… se adelantó a todo esto… y comenzó a gestionar la financiación de elegidos que luchen por los francos… ¿Puedes dejar de apuntarme con esa cosa?

Jürgen, lentamente, alejo su espada de Anna, para clavarla en el suelo.

Anna: Ya sabes… desde Yvette la Pirómana, los francos consideran un crimen la institucionalización de los elegidos en el ejército… si quieren tener una oportunidad en la guerra, nos necesitan. Y, por ahora, lo único que puede hacer el Rey es “contrabandear” elegidos de fuera… incluso de Germania. Mi trabajo era organizar esa operación.

Jürgen: Schwarzenberg… ¿sabe que estás haciendo esto?

Anna: Eehm… él me puso aquí.

Jürgen: Mierda…

Jürgen volvió a sentarse.

Jürgen: Necesito detalles… nombres, descripciones.

Anna: Lo que necesitas son detalles de los elegidos… y no los tengo… iba camino a recibirlos cuando las gemelitas llegaron. Los nombres importantes que tenía acabo de dártelos… eso es todo… lo juro.

Jürgen alzó su cabeza para mirar agresivamente a Anna ¿era resentimiento lo que captaba? Ahora el silencio definía aquel reencuentro. Jürgen encendió otro cigarrillo.

Anna volvió a mirar a su alrededor, esperando que Kitty estuviera en algún lado. El lugar tenía belleza, la neblina empezaba a apoderarse de la base de los arboles lejanos. Aunque el frío de la mañana empezaba a sobrepasar a Anna, que decidió sentarse y frotarse los brazos mientras miraba al piso.

Sintió que algo le cayó encima y acaparó toda su vista, el abrigo de Jürgen le había caído de frente.

Anna: Gracias.

Bajo aquel abrigo estaba una camiseta negra, el cuerpo de Jürgen se veía aún más ensanchado de lo que solía ser. Anna se preguntó, mientras se arropaba con el abrigo, qué tan lejos había llegado en su entrenamiento aquel chico prodigio de Schwarzenberg.

Anna: ¿Ya podemos tener algo que se parezca a una conversación social? ¿O se te haría difícil lo que viene?

Jürgen:

Anna: Vamos… háblame de guerras, amores y espadas.

Jürgen:

Anna: ¿Me has extrañado?

Ahora Jürgen volvió a su expresión vacía, sin quitarse a Anna de la vista.

Anna: ¿Me vas a extrañar?

El ahora capitán no respondía. Anna no sabía qué tan impulsivo sería tratar de acercarse, pero se puso de pie, y dio un paso adelante, como por inercia.

Jürgen: Quédate donde estás.

Anna: Hay algo que debes saber antes de que hagas lo que vas a hacer. Lo que hice… estaba dispuesta a explicarte… pero te fuiste.

Jürgen terminó su cigarrillo.

Anna: No tenerte ahí… al principio dolía todos los días. Ahora es menos frecuente, pero estoy segura de que no me arrepiento de nada. Infórmale al Barón como puedas… se merece saber qué me pasó.

El llanto silencioso empezaba a apoderarse de Anna. Jürgen volvió a ponerse de pie, con los ojos fijos en ella. Tras lo que pareció un largo silencio, decidió hablar.

Jürgen: El día después de que dijiste que sí… hice que Armin sobornara a un ministro. Acordamos escabullirlo en el Centro de Acoplamiento, y hospedarlo en la cabaña del bosque de entrenamiento. Ahí iba a ser todo, al borde del lago… te encantaba ese lago.

Jürgen: Los siguientes dos días los pasamos cortando madera y haciendo una especie de altar, incluso tallé la estatua simbólica del Último. No puedo recordar cuántas veces me astillé las manos mientras estaba en ello.

Jürgen: Todo ocurriría al día siguiente, al borde del lago, a las 8 p.m. Nos aseguramos de que aquella noche nadie más pudiera acercarse. Briggitte iba a ser tu dama de honor, llegó a las 7:45. Yo ya estaba ahí con Armin y el ministro.

Anna sintió un frío llenar todo su cuerpo, y lágrimas caer de sus ojos.

Jürgen: Esperamos toda la noche. Brigitte se fue a las 11:10 p.m. Dijo que iba a buscarte, pero no volvió, ni sola, ni contigo… El ministro era un tipo viejo, comenzó a cabecear a las 3:06 a.m., y lo enviamos a dormir a las 3:15… Me quedé ahí, al borde del lago, con Armin. A las 4:23 le dije que podía ir a dormir, que necesitaba estar solo.

Anna: Jürgen…

Apenas pudo decir su nombre con el nudo en la garganta.

Jürgen: Estuve al borde de ese lago hasta las 6:12 a.m. Y cuando me fui de ahí, ya tenía muy claro todo lo que debía hacer… verás… yo tampoco me arrepiento de nada.

Jürgen tomó la espada que estaba clavada en el suelo, esa molesta vibración volvió. Anna no sabía qué sentía en aquel momento, si tristeza, miedo, o desesperación. Empapada su cara en lágrimas, se desplomó, y terminó de rodillas, con los ojos cerrados frente a Jürgen.

Anna: Yo nunca… nunca esperé sentir miedo de ti… y eso me pone muy triste… más triste de lo que jamás había estado.

La vibración cesó, Jürgen había enfundado su espada. Cuando Anna abrió sus ojos, se acomodaba la funda a su cinto.

Jürgen: Veo que ya eres bastante familiar con Lana y Kitty… ellas te llevarán hacia una carretera fronteriza y te dejarán ahí… en la misión anterior se encargaron de incinerar todo, así que, por ahora, la noticia oficial es que estás muerta.

Anna: ¿Q-Qué?

Jürgen: Es problema tuyo si decides revivir o no… yo no voy a matarte, pero, si sigues haciendo lo que te pide Von Schwarzenberg, alguien más terminará haciéndolo. Si fuera tú, aprovecharía esta oportunidad para huir de él.

El corazón de Anna palpitaba sin control, respirar era difícil. La mirada de Jürgen seguía fría e inamovible, igual que cuando comenzó la conversación.

Anna: ¿D-de qué hablas?

Jürgen: Lo siento... por el teatro. Necesitaba asegurarme de que dijeras la verdad y no ocultaras nada más.

Anna: Tú-

Jürgen: Si decides volver con tu padre... ten cuidado.

Anna: ¡Jürgen! 

Jürgen: ¿Sabes? En realidad, no has cambiado nada… han pasado diez años y sigues siendo una niña asustada... trata de mantenerte a salvo.

El capitán le dio la espalda, como si fuera a irse.

Anna: ¡Jürgen! … Ese día… ese día yo-

Jürgen: Oh, por favor… ¡Lana! ¡Kitty!

 

 

 

 


Comentarios

Entradas populares de este blog

Parte 18: Cientos de vidas e incontables años

Parte 1: Convergencia

Parte 15: Helldunkel