Parte 4: La agonía de Björn

La agonía de Björn.

 

 

Un palacio completamente hecho de hielo se posaba frente a sus ojos. De paredes, más que transparentes, de un azul oscuro y siniestro. De murallas imponentes, así como sus puertas. Ruby no sabría decir si era de día o de noche, el paisaje se rodeaba de una luz púrpura y el brillo de millones de estrellas, sin una nube en el cielo.

Se quedó perpleja ante tal escenario, no hacía más que observar cada centímetro de la obra. Las torres tenían un final puntiagudo, como las que solía ver en las postales que llegaban a su casa de niñez desde el Rus del Este, mostrando los castillos insignia de los zares de la antigüedad. Había algo más sobre esa monstruosa construcción, tal vez podría ser por la perspectiva que tenía desde donde veía, pero era como si se hiciera cada vez más grande, más imponente.

La Princesa de Hielo: ¡Vamos! No hay tiempo que perder.

Era una chica, de su edad y tamaño. De piel azulada, y ojos azules, brillantes y vacíos.

La Princesa de Hielo: ¡Hey! ¡Vamos!

La princesa la miraba con expectativa, hasta que su paciencia terminó y la tomó de la mano para conducirla hacia la puerta principal. Ruby no pudo hacer más que contemplar la inmensidad de la puerta, y el estruendo que hizo al abrirse en frente suyo. Ésta desprendió una neblina cegadora, pero esto no detuvo a su guía, que persistió hasta llevarla al interior del palacio.

Adentro se encontró sola, en un pasillo que consideraba más acorde a su tamaño, pero del cual no divisaba el final. Por su propio instinto, decidió continuar caminando. Las paredes desprendían una especie de vapor o niebla, como si se hallara dentro de un inmenso cubo de hielo. Se escuchaba un soplido constante, aseverando la desolación del lugar, cada paso que daba tenía un eco que repicaba el espacio hasta desaparecer, pero nada más se escuchaba allí dentro.

Intuía que estaba dentro del palacio, pues el color de las paredes era el mismo azul oscuro de antes, aunque la profundidad del pasillo no concordara con la estructura que vio en el principio. Era una desolación constante, en un plano tan homogéneo que perfectamente pudo pensar que estaba andando en círculos. Todo esto la desesperó, entonces empezó a correr.

Ahora el repicar de sus pasos empezaba a ser molesto, pero por alguna razón creía que, si iba más rápido, llegaría a algún lado.

Madre: Así es, corre. Entre más lejos, mejor.

La voz de su madre la detuvo en seco, venía de la pared. Se detuvo a revisar entre aquel vapor, y tras desempañar el hielo cristalino, allí la encontró.

Su figura estaba igual que siempre, igual que la última vez que la vio. Excepto por los ojos azules brillantes, los mismos de la princesa, que la miraban con desprecio, ira y juicio.

Ruby se sintió intimidada, pero no le salían palabras, sólo se limitó a contemplar aquella mirada, hasta que decidió seguir adelante, aunque ya no con tanta prisa.

Comenzó a observar las paredes de forma más detallada, a cada lado veía rectángulos, como si fueran enormes cuadros de hielo, los primeros estaban vacíos, pero conforme avanzó, personas empezaron a llenar estos lugares.

Eran soldados, que la miraban fijamente mientras pasaba. Algunos tenían hoyos de bala en la cabeza, o en el pecho. Estaban muertos, pero seguían mirándola con vacíos ojos azules. Se detuvo un momento, cuando las paredes estaban completamente cubiertas de ellos.

El silencio se rompió con un grito en la lejanía, un grito de agonía. Ruby buscó a su causante, pero antes de hallarlo se le unió otro, y otro, y otro. Hasta que todo fue una mezcolanza de aullidos de dolor. Ahora las figuras la miraban con miedo. Una vez más, Ruby no tenía palabras.

Decidió volver a correr por el pasillo sin fin, no le importaba llegar a ningún lado, sólo dejar de escuchar tales lamentos ensordecedores. Y lo logró, una vez más los “cuadros” en las paredes parecían vacíos, y el viento aullante reinaba sobre el recinto. Así que decidió desacelerar el paso, aunque no por motivo de cansancio.

Lana: Todo va a estar bien, niña.

Kitty: Aún faltan muchos más.

Las gemelas estaban en lados opuestos de las paredes, completamente de frente. La miraban con una sonrisa, como aquella que le dedicaron el día que se conocieron.

Sven: Te acostumbrarás.

El fornido Sven estaba justo al lado de Lana.

Ruby continuó su camino entre la infinita profundidad de aquel pasillo.

Brandt: Ruby, tienes mucho talento. Más del que he visto en mucho tiempo. Sólo recuerda que el trauma de la guerra es para los comunes… nosotros tenemos cosas más importantes en qué pensar.

La figura del capitán se posaba sobre la pared, ahora tenía ojos azules brillantes, pero estaba igual de espectral que siempre. Ruby lo miró por un buen momento, y él hizo lo mismo. Hasta continuar su camino.

Después de quién sabe cuántos pasos, halló el final del pasillo, era otra pared. Conforme se acercó vio que ésta tenía otro enorme “cuadro”. Y quién la miraba desde éste era un soldado, de uniforme galo y con una daga militar clavada en su garganta.

Infante galo: Te olvidaste de mí, yo también estoy aquí.

El infante la miraba con lascivia, le inspiró asco y miedo. ¿De verdad no había salida? ¿Qué seguía ahora?

El infante parecía hacerse más grande, y ahora empezaba a tratar de romper la pared de hielo que lo contenía, golpeando desde adentro. El sonido de los golpes era pausado, pero constante y terrorífico. Ruby no podía moverse, yacía ahí, inerte y temerosa.

Éste logró liberar su mano, extendiéndola como si buscara a Ruby, luego se sacó la daga de la garganta, y rompió la pared con esta. Extendiéndose hacia su víctima cada vez más, con una risa tétrica.

Infante galo: Ahora vamos a terminar lo que empezamos, cariño.

De repente, algo pasó a toda velocidad cerca de la mejilla de Ruby, y rompió lo que estaba delante de ella. Fue como si se hubieran roto cien espejos en frente suyo.

Ahora, la pared y aquel infante sólo eran pedazos de hielo roto, y en el piso yacía lo que parecía una lanza, hecha de un hielo aún más oscuro que el del palacio. Ruby miró hacia atrás, era aquella princesa, que inmediatamente empezó a correr hacia adelante.

La Princesa de Hielo: ¡Vamos! ¡Vamos! ¡No hay tiempo que perder!

La chica pasó junto a ella para volver a tomarla de la mano. En el instante que sus rostros se cruzaron pudo confirmar lo que se había preguntado al verla por primera vez. Era ella misma, o una versión de ella de piel azulada, ojos brillantes y rostro cruel.

La Princesa de Hielo: ¡Vamos! ¡Vamos!

La obligó a continuar el camino, por aquella abertura oscura que había dejado en la pared.

Sven: Ruby… Ruby… despierta… debemos seguir.

Abrió los ojos, y con dificultad, empezó a volver al campamento donde pasó la noche. Aún estaba oscuro.

Sven: Vamos… hoy llegamos al punto de encuentro.

Ruby: Hmmm… ¿qué hora es?

Sven: Está amaneciendo… despierta a nuestra invitada… yo levantaré el campamento.

Ruby: Vale… ¿y las demás?

Sven: Fueron a cazar… quieren llevarle algo a los muchachos… para la cena.

Ruby, perezosamente, se deshizo de las mantas que la arropaban, se puso sus botas, y salió de la carpa en que se hallaban. Cruzó el campamento hacia el pie de un árbol, donde estaba la carpa en que reposaba la rehén. Entró cuidadosamente, y procedió a desatar sus pies.

Ruby: Despierta… debemos irnos.

La chica tardó en reaccionar, necesitó moverla un poco más, pero al final logró sacarla de ahí. La llevó hacia la fogata para ofrecerle un poco de agua y una manzana.

Ruby: Hoy termina nuestro viaje, llegaremos al anochecer.

La rehén simplemente asintió, sin quitar la mirada de la fogata. Desde que se adentraron más en el bosque había obedecido cada orden, sin mostrar un ápice de resistencia. Se veía bastante decaída, de hecho, no había pronunciado una sola palabra desde que fue capturada, como si estuviera enterada de su inminente destino.

Esperaron un poco, mientras Sven levantaba el campamento y ponía todas las cosas en su lugar para reiniciar la marcha. No admitía ningún tipo de ayuda, y no la necesitaba, se había mostrado bastante eficiente en ello.

Para cuando el sol aclaraba el día lo suficiente, ya se hallaban en camino. La atmósfera del bosque se mantenía siniestra, incluso más aquella mañana adornada con neblina. Ruby caminaba al lado de la rehén. Teniente Green, así dijo Lana que la llamaban sus acompañantes.

Sven encabezaba la marcha, cargando con todos los elementos del campamento sin ningún esfuerzo. Era un tipo grande y fornido, pero Ruby seguía hallando inusual la asimetría entre su cuerpo y las alforjas que llevaba sobre sus hombros. Incluso tenía disposición para ir leyendo, y hasta recitando algunos pasajes de su libro, los que hallara interesantes.

Sven:

“Canto veinticuatro: la agonía de Björn.

 

¡Oh! ¡Mis hermanos! ¡cómo duele mi alma! ¡cómo duele mi cuerpo!

He venido a estas tierras en busca del infinito

Y sólo he conocido la desazón de los mortales

Como arena que se riega de las manos,

Como leña consumida por el fuego.

 

He alcanzado la cúspide de entre los hombres,

Y caído al más terrenal pozo de sus instintos

Ahora sólo me queda esperar

Al frío abrazo de la muerte,

O al tierno beso de mi amada.

 

Venga lo que venga, sea lo que sea

Todo es deseo

Tan cercano,

Tan distante,

Tan efímero.”

Ruby: Profundo… y deprimente.

Sven: ¿En qué árbol de este bosque crees que agonizaba Björn?

Ruby no pudo evitar pensar en su primera conversación con Brandt, y eventualmente, en su figura en aquella pared de hielo. Volver a aquel sueño le recordó que no había considerado lo fatídico de su experiencia en batalla, hasta ese momento.

Casi a medio día llegaron a una cascada, ya conocida por ella y sus compañeros, habían pasado por ahí en el camino de ida hacia su incursión. Ésta regaba un estanque lo suficientemente amplio y profundo como para un buen chapuzón, pero Ruby pasaba de la idea, era agua helada. Siempre que pensaba en el frío, le parecía irónico cómo no lograba sentirlo sólo al usar sus dones.

Allí estaban Lana y Kitty, lo cual no le sorprendía. La cascada era parte de un risco circundante al estanque. Parada al borde de éste estaba Lana, completamente desnuda, a punto de realizar un clavado. Ruby se preguntaba si le quedaba tiempo de su pubertad para desarrollar un cuerpo siquiera parecido al de las gemelas. Se detuvo a observarla, fue un clavado casi perfecto.

En una parte poco profunda del estanque se hallaba Kitty, desenredando la enorme trenza que comprendía todo su cabello. Las gemelas habían sido amables con ella desde el principio, a pesar de sus complicadas personalidades. Tal vez porque, antes de ella, fueron las últimas en unirse a la decuria de Brandt. A pesar del dulce trato que daban a sus compañeros, las chicas rusas mostraban una frialdad temeraria en combate, sólo por debajo de la del capitán.

Kitty: Pri-vyét, Ruby.

Kitty dejó un momento lo que hacía para ondearle un saludo. Ruby se sentó con la rehén al borde del estanque, cerca de las presas que habían cazado Lana y Kitty: bastantes liebres e incluso un venado, el cual suponía que debían dejar atrás debido a su tamaño.

Sven le lanzó dos latas de carne, sería su almuerzo antes de la marcha final. Ruby las recibió y se dispuso a desatar las manos de la teniente Green. Quien recibió con solemnidad su comida. Con cubiertos en mano, se dieron a la tarea.

Ruby: ¡Hey, Kitty! ¿Cómo pueden soportar un agua tan helada?

La chica rusa dibujó una expresión burlona.

Kitty: De donde venimos esto no es frío, creo que ni siquiera tu hielo nos pondría a temblar.

Ruby: Tendremos que averiguarlo.

Ruby rió mientras masticaba la carne enlatada. Kitty terminó de lavarse el cabello y empezó a salir del estanque, mientras le gritaba algo a su hermana, tal vez para que saliera también. La rehén terminó rápido con su comida, y se dispuso a quitarse las botas y sumergir sus pies desde el borde del estanque. A Ruby le pareció inusual, pero nada que significara peligro, así que lo permitió.

Cuando todos terminaron, y Sven dio la señal de abandonar el lugar, Ruby se dirigió hacia su rehén para atar de nuevo sus manos. Se hallaba bastante distraída con la corriente del río.

Teniente Green: ¿Puedes dejar eso? Juro que no causaré problemas. Igual… si lo hago… creo que tus amigas no tendrían problemas para re capturarme.

Ruby se quedó perpleja, todos voltearon sus miradas a la chica, que hablaba por primera vez desde su captura.

Ruby miró a Kitty, que asintió. Continuaron su camino, sin perder de vista a su rehén. Era una chica linda, podría decirse que competía con Lana y Kitty. De cabellera cobriza y profundos ojos azules, en un rostro de expresión bastante pícara, si no estuviera diezmado por los recientes acontecimientos.

Avanzaron con Sven a la cabeza, las gemelas en medio, Ruby y Green detrás. Empezaban a ascender la última cuesta, al final de la cual se hallaba el refugio que buscaban.

Teniente Green: Tus amigas… para ser del Este tienen nombres bastante peculiares.

Ruby se sorprendió de nuevo, la rehén la miraba con cierta curiosidad, algo tierna para la ocasión.

Ruby señaló a Lana.

Ruby: Svetlana.

Y seguido a Kitty.

Ruby: Ekaterina… Lana y Kitty… para los amigos.

Teniente Green: Oh… entiendo.

Ruby le dedicó una sonrisa, por alguna razón resultaba gratificante hablar con ella después de tanto tiempo. Además, sentía algo de pena. Su misión consistía en la captura de un elemento importante para el ejército galo. Probablemente, lo que venía era un interrogatorio, lo cual no sería nada placentero.

Teniente Green: Debo sacarme esto… me cuesta creer cómo un par de niñas con un arco y un machete eliminaron a todo mi convoy… y que lo hicieran con una sonrisa en sus rostros.

Ruby no supo qué responder ante su tono ¿era ironía? ¿o de verdad les estaba increpando?

Teniente Green: Rubia… cualquiera de las dos… ¿de verdad era necesario acabar con todos? Esas personas tenían familia.

Lana se detuvo y se volteó hacia la rehén. Sven hizo lo mismo, pero sólo se hallaba expectante.

Kitty puso su brazo ante el camino que Lana iba a tomar. Y respondió por las dos.

Kitty: Todo soldado tiene familia… ellos estaban en nuestro camino… y nosotros en el de ellos. Su único error fue no ser mejores que nosotros, cariño… además… su deber era protegerte… tú, mejor que nadie, conoces la razón por la que murieron.

Sven: Chicas, vamos.

Kitty dio la vuelta a su hermana, y reanudaron la marcha, murmurando palabras en su idioma, mientras miraban ocasionalmente a la rehén. Y así continuaron el ascenso.

Teniente Green: Entonces… ésta es la famosa Decuria 44… Ruby, ese es tu nombre ¿cierto?

Ruby: Así es.

Teniente Green: Cariño… todos tienen cara de asesinos, menos tú. ¿cómo terminaste aquí?

Ruby: Eso no es de tu incumbencia.

Teniente Green: Oh vamos… las dos sabemos que, de donde sea que me estén llevando, no voy a salir con vida…. dame el placer de una conversación casual.

Ruby se preguntaba qué tanto sabía Green de ellos.

Teniente Green: Ehmmm… a ver ¿qué edad tienes?

Ruby: Diecisiete.

Teniente Green: Wow… entonces Brandt está reclutando niños.

Ruby: ¿Conoces al capitán?

La rehén soltó una risa pícara.

Teniente Green: Si eres militar estás obligado a conocer al capitán Brandt, y a su famosa compañía de mercenarios. Apuesto a que en tu Centro de Acoplamiento te contaban historias sobre ellos.

Ruby:

Teniente Green: ¿Sabes? No quiero sonar molesta… pero creo que tuviste tu primera baja antes que el primer hombre dentro de ti… eso se me hace un poco triste… y sombrío.

La rehén logró sonrojar a Ruby, que no supo cómo responder. Green soltó una risa estrepitosa, que incluso compartieron las gemelas que iban delante.

Teniente Green: Oh vamos… supongo que son las consecuencias de nacer para la guerra.

Ruby:

Teniente Green: Igual… no creo que estés lejos de lograrlo… con ese rostro, ese cabello y esa piel… ni siquiera tendrás que esforzarte… es más, tendrás para escoger. Piensa en cuando los chicos sepan de la niña de la Decuria 44… se matarán por ti… bueno, si tú no los matas primero.

La vergüenza de Ruby se convirtió en diversión. La sonrisa de Green le dio comodidad para reír con ella. Aquella mujer pasó de su silencio sombrío, a proyectar un aura amena a la caminata.

Teniente Green: Vamos, princesa de hielo. No seas tímida… cuéntame más sobre ti.

Ruby: Princesa de…

En adelante, la marcha por aquella ladera se trató de una conversación casi social, cuyo centro era la rehén. Contaba historias de sus viajes y experiencias, de sus gustos, e incluso tristezas y vergüenzas. Lana y Kitty daban sus aportes cada cuando, e incluso Sven se acercaba un poco más para escuchar la tertulia. Era como si el inminente destino de Green hubiera sido olvidado por un buen rato.

Cerca del anochecer, arribaron a su objetivo, ya no era una marcha en fila, sino que llegaron como cualquier grupo de amigos.

El refugio de varillas de hierro que Mark había construido seguía en pie. Se hallaba en un espacio relativamente plano, sobre la ladera de aquella montaña. Al lado del refugio, estaban sentados en la fogata el capitán Brandt, Mark y John Towers. Sven condujo al grupo hacia allá para avisar su llegada.

Mark parecía atento al hervir de una olla sobre la fogata. Brandt miraba el fuego mientras fumaba un cigarrillo, al igual que Towers, que se veía tenso, como siempre.

Al acercarse lo suficiente, el aire de camaradería se disipó, junto con la charla de Green. El capitán se levantó lentamente de su lugar, con la mirada fija en el grupo. Al seguir la dirección de aquellos ojos vacíos, Ruby se encontró con Green, que devolvía la misma mirada fija y perpleja.

El piso resonó con las alforjas que Sven dejó caer.

Sven: Buenas noches, capitán.

Brandt: Sven… justo a tiempo.

El capitán respondió el saludo de Sven, sin quitar la mirada de la rehén.

Sven: Me temo que el premio nos tocó a nosotros… le presento a la teniente Gr-

Brandt: Oohhh mierda.

Teniente Green: Jürgen… te ves acabado.

Todos dirigieron su mirada a Green, que se hallaba, extrañamente, entre la angustia y la diversión. Soltó una risilla ante el silencio de los demás.

Brandt: Átenla y amordácenla… y cúbranle la cara con algo.

 


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