Parte 3: Lana y Kitty
Lana y Kitty.
Era un guardapelo muy bonito, de forma ovalada, y con detalles florales
tallados sobre aquel oro brillante. La mujer en la foto que guardaba también lo
era. Denotaba cabello y ojos claros, así como una nariz muy fina.
Stephan: Es mi prometida, ella lo hizo. Su familia ha trabajado la
orfebrería por generaciones… dijo que me lo dio para no olvidarla… mientras
estoy en el servicio.
El muchacho miró a Anna con orgullo, un poco tímido. El ayudante del
sargento se veía muy joven para casarse.
Anna: Cuánto talento… de verdad de felicito, Stephan. ¿Cuándo
es la boda?
Stephan: La próxima semana, el coronel me concedió el permiso…
incluso unos días para la luna de miel.
Benjamin: ¡Sólo porque se ofreció a invitarnos a todos!
El resto de los infantes rieron a carcajadas. Anna se divertía con aquellos
soldados, desde que le fueron asignados en la capital se habían mostrado muy
amables con ella. No había existido la necesidad de forzar la fraternidad de
ninguna forma.
Fiquet: ¡Silencio, muchachos!
El sargento Fiquet era efectivo en imponer autoridad, sin embargo, solía
unirse a la tertulia cuando la ocasión lo ameritaba. Era un hombre guapo y
bastante alto, se decía que había combatido en las colonias orientales contra
la Alianza.
Florence: ¿Es usted casada, teniente Green?
Anna: No, Florence… soltera.
La chica estaba sentada a su lado, su inusual tamaño hacía que se
apretujara contra ella en el camión que los transportaba. No era para nada
agraciada, a diferencia de sus otras dos compañeras en el pelotón, que estaban
en el otro camión, detrás de ellos. Ellas 3 eran las únicas mujeres del grupo,
a parte de Anna.
Florence: ¿En serio? ¿una mujer como usted?
Florence la miraba con cierta admiración, no sabía si por la fijación
física, o por su rango militar. Aunque esto último no le causaba orgullo.
Anna: Tal vez el matrimonio no es para todas las personas ¿no
crees?
Ese tipo de pregunta podía ser irritante para ella, pero esta vez respondió
con una sonrisa amable.
La parte de atrás del camión, donde iba Anna, era descubierta, la brisa
nocturna penetraba en los cuerpos de todos los tripulantes. Pero las mantas
estaban para eso, no era la primera vez que el convoy se transportaba de noche.
Se arropó un poco más, el frío le había quitado las ganas de charlar. Esto de
por sí le resultaba un poco difícil, aún no se acostumbraba a la lengua de los
galos. Así que se limitó a escuchar a
sus compañeros de viaje.
Stephan: Este es el Bosque Oscuro ¿cierto?
Florence: Así es.
Stephan: Mi bisabuela decía que en su juventud le llamaban el
“bosque de Lyanna y Björn”.
Florence: ¿Como la leyenda?
Stephan: Así es, se supone que todos los relatos se dan en este
bosque.
Por un momento, Anna pensó en ponerse de pie para observar el bosque. Después
de todo, se trataba de una de las atracciones naturales de Galia. Luego lo
pensó mejor. Transitaban un sin número de curvas, y aunque lo hubiera hecho,
todo alrededor de los vehículos estaba en total oscuridad, excepto por lo que
iluminaban las farolas.
El viaje empezaba a resultarle incómodo, su manta empezaba a quedarse sin
efecto, y el hacinamiento de la cabina, con la incomodidad de los asientos, se
hacía notar. Por un momento, volvió a dimensionar la magnitud de lo que estaba
haciendo ahí, añorando volver a la simpleza de la vida en el Centro de
Acoplamiento. Pero esos eran años que hacía mucho habían pasado.
“¿Quién sabe? Tal vez algún día camine contigo en ese bosque”. Recordar
esas palabras le causó un vacío extraño en el pecho.
Adam: ¿Escuchaste ese discurso? El rey está furioso.
Stephan: Y tiene toda razón de estarlo, con la ocupación de
Sílica, los germanos demostraron que no tienen miedo de invadir nuestras tierras. Si me preguntas, el primer ministro nos hace ver
débiles al tratar de mediar en la situación.
Adam: Creo que sabe que, sin mediación, la guerra ya no sería
sólo en las colonias. Traerían el conflicto al continente, y los galos de a pie
pagarían las consecuencias.
Anna miró a Adam, como aprobando la sensatez de su comentario. Se decía que
la batalla por Sílica había sido una masacre, y ella sabía quién había estado
allá.
Adam le caía bien, el morterero era un tipo simplón, tanto en su físico
como en sus actitudes. Pero, siempre que abría la boca, lo hacía en un tono conciliador.
Descansó los ojos unos minutos, hasta cuando la despertó el freno oxidado
del camión, que empezaba a disminuir su velocidad, al igual que el resto del
convoy. Cuando frenó completamente, el conductor del carro de en frente salió
del vehículo para hablar con Fiquet.
Conductor: Sargento, creo que viene una nevada. Hay humedad y hielo
en el camino, y se pone cada vez más resbaladizo.
Fiquet: ¿En esta época del año?
Conductor: Sí, señor. Debemos ir despacio.
Fiquet: ¿Es absolutamente necesario? Tenemos prisa.
Conductor: Sí, señor. No hay otra forma.
Fiquet: Está bien. Feraud, comuníquese con el siguiente puesto de
control, notifique que vamos a demorar un poco.
Stephan: Sí, señor.
Stephan empezó a sacar la engorrosa caja de radio de su cobertura. Tras un
momento, el convoy reanudó su camino, a un paso muy lento. Mientras andaban, el
sargento sacó su linterna para iluminar mejor el suelo que iban dejando atrás.
Fiquet: ¿Qué mierda?
En efecto, parecía que venía una nevada, el frío ya era insoportable. Anna
tenía un mal presentimiento. Cuando el coronel Strauss le asignó un grupo tan
grande para su protección, pensó que era una exageración. Ahora empezaba a
sentirse agradecida. Eran dos camiones transportando 30 efectivos, incluyéndola
a ella. Además, en el frente y en la parte trasera del convoy iban dos carros
armados, con torretas puestas y operarios para las mismas. Lo habían hecho ver
como una movilización de tropas, pero todos los infantes tenían la misión de
protegerla.
Como medida de precaución, llevaba el mismo uniforme y equipo de infantería
de sus protectores. A pesar de que el campo de batalla no era frecuente para
ella, su entrenamiento previo evitó que esto fuera una molestia.
Stephan: Señor, no responden.
Fiquet: Intente de nuevo.
Stephan intentó comunicarse repetidas veces, pero no había respuesta
alguna. El frío parecía afectarlos a todos, incluso el capitán se sentó y
empezó a buscar una manta. Parecía haber olvidado que nadie respondía en el
puesto de control, pero Anna tenía eso muy presente. El frío era horrible, pero
no sentía nieve caer. Estaba asustada.
Un estruendo se escuchó adelante, y después debajo del camión, como si algo
hubiera roto una llanta. Inmediatamente el camión frenó, hasta que todos
sintieron el choque de éste con el carro de en frente. Anna terminó golpeándose
contra Florence.
Fiquet: ¿Qué mierda fue eso? ¡Todos abajo! ¡Legrand! ¡Garnier!
¡Ya saben qué hacer!
Todos empezaron a desocupar el camión, rifles en mano. Florence la tomó
bruscamente del brazo para sacarla del camión. Tuvieron que bajarse con
cuidado, pues el camión detrás de ellos también había frenado y chocado.
Florence y Adam se pegaron a ella, mientras toda la infantería que estaba
dentro del camión se formaba para protegerla. Anna buscó al sargento, estaba
mirando la llanta delantera izquierda, tenía una rasgadura enorme. Luego miró
adelante, algo similar pasaba con el carro en frente de ellos.
Fiquet: ¡Torretas, a sus puestos!
El ruido de carga se hizo escuchar, se encendieron reflectores desde las
torretas dirigidas por un par de infantes, encima de los carros armados.
Comenzaron a buscar por ambos lados de la carretera, pero no encontraban nada. Anna
examinó el suelo, la carretera estaba cubierta por una capa de hielo, los
vistazos que dejaban los reflectores le mostraron que venía siendo así desde
mucho atrás.
Fiquet: ¿Qué clase de animal puede hacer eso?
Un sonido cortó el aire, seguido de un estruendo contra el camión. El
conductor, que estaba parado frente a la puerta, había caído después de
tropezar contra ésta.
Florence: Eso es… ¿una flecha?
Fiquet: ¡Cúbranse!
Todos empezaron a disparar a ambos lados de la carretera, pero era obvio
que no sabían a qué le disparaban, excepto por los reflectores de las torretas,
todo estaba oscuro. Adam tomó a Anna del brazo para hacer que se agachara,
junto a Florence, se dirigieron lentamente a rodear el camión y buscar
cubierta. En el trayecto, todo era una mezcla de ruidos de disparos y gritos
ahogados. Gente estaba muriendo. Anna se deshizo de las manos de Adam y
Florence, y empuñó el rifle que llevaba colgado. Sin darse cuenta, ya estaba
del lado opuesto del camión.
Fiquet: ¡Alto al fuego!
Era cierto, había cuerpos en el piso con flechas clavadas. En los ojos, en
la frente, en el cuello… Los restantes se habían puesto a cubierto con los
vehículos, los tiradores parecían estar sólo del lado izquierdo de la vía. Anna
terminó sentada, poniendo su espalda sobre la llanta trasera del camión, junto
a sus protectores. Cerca de la llanta delantera estaban Stephan y el sargento.
Su corazón iba a mil. Miró alrededor, no eran muchas las bajas que los
arqueros habían causado, aún tenían posibilidad de salir de esa. Pero algo le
parecía extraño, si la idea era emboscarlos ¿por qué disparaban desde un solo
lado de la carretera? Luego estaban las llantas ¿cómo hicieron eso?
Stephan: Sargento, debemos salir del camino… re agruparnos en el
bosque, si nos rodean somos blanco fácil.
Fiquet y Stephan se arrastraron hacia ellos, y le habló a Florence en voz
baja.
Fiquet: Cuando dé la señal, tomas a la señorita Green y corren
hacia el bosque lo más rápido que puedan. ¿tienen sus linternas?
Florence: Sí, señor.
Fiquet: Corran hasta hallar una buena cubierta, luego
enciéndanlas y así nos encontraremos.
Florence: Sí, señor.
Fiquet: Feraud ¿escuchaste lo que dije?
Stephan: Sí, señor.
Fiquet: Cuando abra fuego, corre hacia los vehículos de atrás y
da el aviso, creo que ya no queda nadie en el carro de adelante.
Stephan asintió. Fiquet tomó una pausa para respirar, listo para dar un
grito.
Fiquet: Soldados ¡Fuego!... ¡Váyanse!
El ruido de las armas se reinició. Stephan inició su carrera, pero no dio
ni tres pasos cuando cayó al suelo con una flecha atravesándole de sien a sien.
Acababa de pasar frente a Anna, que no hizo nada más que mirar su cuerpo sin
vida.
Anna: ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!
Adam: ¡Teniente Green! ¡Teniente Green! ¡Vamos!
Entre ambos la levantaron para emprender la huida, no supo cómo la próxima
imagen que tenía era de sí misma corriendo en la oscuridad, ya ni siquiera
estaba empuñando su rifle. Estaba siendo arrastrada por una figura que no
soltaba su brazo. No sabía si era Adam, o Florence. No podía pensar en nada,
era presa del terror.
Finalmente se detuvieron, estaban ellos tres, pararon al pie de un grueso
árbol para encender las linternas. La luz que emanaban los vehículos ya estaba
fuera del alcance de su vista, pero el ruido del combate seguía escuchándose en
la distancia.
Anna: Apáguenlas, somos los más adelantados… es mejor si
esperamos a ver a los demás… si es que vienen.
Los dos infantes le hicieron caso. Anna se arrodilló frente al árbol,
necesitaba procesar lo que acababa de pasar. “No voy a morir aquí, no voy a
morir aquí”. Se lo repitió con los ojos cerrados, hasta que pudo volver a la
realidad. Los disparos a lo lejos tenían cada vez menos frecuencia, hasta que
cesaron completamente.
Adam: Salgamos de aquí, nadie va a venir… el puesto de control
está al noreste… a unos diez kilómetros… mi brújula está intacta.
Florence: En el puesto de control no respondía nadie, probablemente
les pasó lo mismo.
Adam estaba desesperado.
Adam: ¿Y qué más podemos hacer? Estamos en medio de un bosque, provisiones
y municiones se quedaron atrás… y ni siquiera sabemos quién nos está atacando.
En el puesto de control podemos al menos cubrirnos… y tenemos mejores
posibilidades de encontrar ayuda.
Anna: Esperen… una luz.
Florence y Adam apuntaron con sus rifles.
Anna: ¿Quién está ahí?
Fiquet: Soy yo… no disparen.
Florence: Sargento, q…
Fiquet: Esa cosa… los estaba despedazando a todos… salgamos de
aquí… ya.
Florence: ¿Y a dónde vamos?
Fiquet: El puesto de control… no se me ocurre nada más.
Florence: Pero… señor…
Fiquet: Vamos rápido y sin parar… no usamos la carretera bajo
ningún medio… usen sus linternas lo menos posible. Señorita Green, no se separe
de mí.
Y así lo hicieron, caminaron a paso acelerado, casi que trotando. Fiquet
usaba su linterna sólo para revisar la brújula, o hallar la salida de cualquier
matorral denso que se cruzaba. “Vaya forma de conocer el Bosque Oscuro” pensó
Ana. “Si salgo de ésta no vuelvo a pisar un bosque en mi puta vida”. El terror
se había convertido en frustración, y la frustración en cansancio. Demoraron lo
que le parecieron unas tres horas, sorteando caminos y evitando la carretera,
todo con rumbo al noreste. Por suerte, todo fue planicie en aquel tramo.
Estaba a punto de darse por vencida, esas botas prestadas de la infantería
gala empezaban a pasarle factura, y sólo pensaba en que necesitaba un poco de
agua. Finalmente, dieron con un atisbo de luz. Conforme se fueron acercando,
confirmaron que habían dado con su objetivo.
Fiquet: Bueno… ahí está… corremos hacia las paredes, necesitamos
cubrirnos de la torre de vigilancia, en caso de que esté en manos enemigas.
Todos asintieron.
Fiquet: Vamos.
Emprendieron la carrera, con armas en sus manos, Anna y el sargento
llevaban sus pistolas de dotación. Adam y Florence sus rifles. La oscuridad del
bosque empezaba a quedarse atrás, siendo reemplazada por la enorme luz de la
torre de vigilancia del puesto. Anna simplemente pensaba que tenía mucha sed,
luego se preguntó qué tan pertinente era esa necesidad en aquel momento, todo
en unos pequeños segundos.
Sus distracciones se fueron en un instante, con el rápido pasar de una
sombra negra en frente de ellos, seguido de otro terrorífico grito ahogado. La
figura de Florence, que encabezaba la carrera, había desaparecido.
Florence perfectamente medía más de 1,80 metros, tenía brazos y cuerpo más
fornidos que la mitad del pelotón ¿cómo era eso posible? Anna, Adam y el
sargento se detuvieron en seco. Anna miró hacia atrás, como buscándola. Una
flecha pasó justo por encima de su cabeza, y se clavó en un árbol que estaba
cercano a ella.
Anna: Nunca… nunca los perdimos… sólo estaban…
Fiquet: Jugando con nosotros.
Anna seguía mirando hacia la profundidad del bosque, buscando a quien
disparaba, y preguntándose cómo iba a convencerlo de dejarlos vivir. Adam salió
corriendo hacia el puesto de control, como si eso fuera a salvarlo de su
inminente destino. Una flecha detuvo sus aspiraciones.
???: Vamos… hacia la puerta.
Era una voz femenina, un poco grave, pero nada molesta. ¿por qué Anna
pensaba en eso, de todas las cosas?
Ella y el sargento se dispusieron a caminar lentamente hacia el puesto de
control. El sargento soltó su arma y alzó sus manos, Anna hizo lo mismo.
Abordaron la carretera, la capa de hielo era un espectáculo, como si alguien la
hubiera puesto ahí. Al verla, trató de recordar en qué momento dejó de sentir
frío.
Pasaron junto al cadáver de Adam, tenía una flecha clavada en el centro de
la nuca. Bastó con verlo por un par de segundos para saber que no había nada
que se pudiera hacer.
La capa de hielo terminaba casi en la entrada, donde había una niña sentada
en una silla, bebiendo de una botella. Los miraba desprevenida, era muy
pequeña, pálida y delgada. Estaba vestida completamente de uniforme militar
negro.
De nuevo, el sonido ciego de las flechas, esta vez cayó Fiquet, le habían
dado en la pierna. Soltó un quejido de dolor que estremeció a Anna, que volvió
a darse la vuelta para buscar al tirador. Divisó a alguien salir de entre los
árboles, llevaba una cabeza en las manos, era Florence.
Anna se paralizó, no pudo hacer más que observar, lo que creía, eran sus
últimos instantes. Era una chica, rubia y esbelta, de caderas anchas y busto
acorde al resto de su cuerpo. El cabello le daba a la altura de su cuello,
perfectamente podría tener su edad. En otro momento pudo haberse sentido
intimidada con su belleza, pero lo que de verdad le inspiraba miedo eran sus
ojos. De color entre verde y amarillo, definitivamente tenían un aire felino.
Vestida de negro, con un uniforme similar al de la niña, caminaba con
delicadeza. Esto contrastaba con el resto de la escena, tenía las manos
empapadas de sangre, y en la izquierda llevaba lo que Anna pensó, era una
extraña clase de machete. Mientras se dirigía hacia ella, se guardó su arma en
una funda colgada en su espalda, de forma diagonal.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca a ellos, tiró la cabeza de Florence
a los pies de Anna, y se agachó un poco para mirar a Fiquet. De su cara,
salpicada de sangre, salió un grito de ira.
???: ¡Ekaterina! ¡blin! ¡Eto bylo moye!
¿Ruso? ¿Separatistas
rusos? ¿Cómo habían llegado allí?
???:
No
te muevas.
Le hablaron en germano. Era
la niña, la había perdido completamente de vista. Estaba detrás suyo, le había
puesto una mano en el pecho, y desde ésta brotaron picos hasta su cuello. “¿Es
hielo?” pensó Anna. Los picos le rozaban la garganta. No sabía qué podía ser
peor, si su filo, o el frío.
???:
Lana
¿estás lamiendo sangre de tu mano? Qué asco.
La niña le hablaba a la
rubia.
Ahora salía alguien más
de los árboles, una figura completamente negra, tenía un arco en las manos, y
dos carcajes, uno sobre cada pierna. Estaba vestida igual que sus compañeros. Cuando
quedó al lado de la otra, soltó su arco, se quitó su boina y se bajó la máscara
de tela negra que cubría su boca. Era idéntica a la chica rubia que tenía al lado, la
única diferencia era la enorme trenza que dejó caer al liberar su cabello. Tras
un suspiro de cansancio, habló en germano, con acento ruso:
???:
Veintiséis
tripulantes, cuatro conductores, dos artilleros… quedan estos dos.
Miró a Fiquet, que seguía
retorciéndose, y continuó.
???:
Éste
dirigía el convoy, pero a quien protegían es a ella.
Se acercó a Anna y le
quitó su boina.
???:
Ese
cabello y esas uñas no son de un elemento de infantería, debe ser ella.
???:
Y
ese olor.
La complementó la rubia
de cabello corto.
???:
¿Seguras?
Ahora era una voz
masculina hablando germano, venía de atrás, de seguro salió de aquella puerta.
También tenía aquel uniforme negro, la parálisis no le permitió a Anna notar
antes su presencia. Las dos rubias se miraron a los ojos, y luego miraron a
aquel hombre para responder al unísono.
???:
Sí.
???:
Sí.
El hombre se acercó a
Fiquet, quien ahora empezaba a quedarse quieto, se estaba desangrando. Sacó una
pistola de su cinto y lo remató en la cabeza.
???:
Ahhh…
es una pena. ¿Se aseguraron de no dejar a ninguno vivo? Nadie puede saber que
estuvimos aquí… nadie.
Las gemelas, era obvio
que eran gemelas, hicieron el mismo gesto.
???:
Sí.
???:
Sí.
Anna se sentía mareada,
estaba segura de que seguía ella. Decidió cerrar los ojos, no lo soportaba más.
???:
Lana,
Kitty… Ruby. Buen trabajo… busquen algo con qué atar y donde poner a la chica.
Nos vamos al amanecer, entre más rápido nos encontremos con el capitán Brandt,
mejor.
Anna:
¿Brandt?
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